La página de la odontóloga

El papel cada vez más preponderante de la mujer dentro de la odontología nos lleva a considerar la creación de esta sección exclusiva para las colegas

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        septiembre 2012  

Para crear neologismos mujeriles

 

Es un hecho que, cuando un hablante necesita una palabra que todavía no existe en la lengua ordinaria, su tendencia natural le lleva a crear un neologismo actuando por analogía con otras palabras parecidas. [Que sería un hapax (ver digresiones, hasta ser adoptado por las siguientes generaciones.] En el caso, muy común hoy día, en que se necesita un neologismo para expresar un oficio, profesión, etc que hasta ahora han desempeñado tan sólo los varones (y que, por consiguiente, no dispone todavía de una etiqueta lingüística propia de la mujer) hay una tendencia general a feminizar la forma masculina. Pero esto es tan sólo una posibilidad de entre tres, ya que la lengua nos ofrece tres modelos distintos entre los cuales podemos escoger. Un ejemplo.

 

Supongamos que se trata de crear un neologismo para mujer de las tres palabras siguientes: obispo, piloto, sobrecargo. La primera posibilidad es feminizar la forma masculina, siguiendo el modelo amigo-amiga, pintor-pintora que es, ciertamente, el más frecuente en nuestra lengua. El resultado sería obispa, pilota, sobrecarga. La primera, obispa, parece aceptable, a diferencia de las otras dos que no lo parecen. En efecto, pilota suena mal y sobrecarga es algo que le puede pasar a nuestras prótesis..

 

La segunda posibilidad es comunizar la forma masculina, tomando como modelo palabras de género común, como periodista, testigo, amante. El resultado sería la obispo, la piloto, la sobrecargo palabras que podrán gustar más o menos pero que parecen aceptables todas ellas.

 

La tercera posibilidad es androginizar la forma masculina, tomando como modelo palabras de género masculino pero que no comportan marca de sexo, al estilo de bebé, personaje, ser. El resultado sería el obispo, el piloto, el sobrecargo que podría decirse por igual de un varón o de una mujer. Esta tercera posibilidad parece que tendría menos probabilidades de arraigar en el habla.

 

Como los tres tipos de palabras modelo que acabamos de mencionar tienen una frecuencia distinta en nuestra lengua (alta para el primer caso, media para el segundo, baja para el tercero) es lógico pensar que los hablantes, para cada caso particular de neologismo, tantearán la posible solución siguiendo precisamente el orden indicado. Es decir, sólo en el caso de que el primer modelo no satisfaga por cualquier razón se pasará al segundo, y análogamente, sólo si este no satisface se pasará al tercero. Dicho en términos lingüísticos, el primer modelo es más productivo que el segundo y éste lo es más que el tercero.

 

Ninguna de las tres soluciones es sexista, por lo que cada hablante puede escoger la que prefiera. Ya el tiempo se encargará de fijar aquella forma que esté destinada a permanecer, en tanto que la otra u otras irá desapareciendo.

 

Ahora bien, antes de ponerse a crear un neologismo el hablante debe consultar un diccionario, mejor el de la Real Academia, para asegurarse de que, efectivamente, no hay palabra para resolver su problema. Y sólo en el caso de que no la haya estará (al menos moralmente) autorizado a inventar el neologismo.

Desgraciadamente esto no sucede en todos los casos, como demuestra el hecho de que muchas personas utilicen el neologismo la jueza, en lugar de utilizar la juez como indica claramente el DRAE. Ante esta realidad sólo cabe lamentarse, ya que no puede dejarse de reconocer el derecho que a todos nos asiste de hablar como a cada uno le venga en gana. Si los partidarios de jueza consiguen imponerse, cosa que dirá el tiempo, la Academia tendrá que acabar rectificándose a sí misma.

 

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