La página de la odontóloga

El papel cada vez más preponderante de la mujer dentro de la odontología nos lleva a considerar la creación de esta sección exclusiva por y para las colegas

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       junio 2011  

La gata transformada en mujer

 

 La gata transformada en mujer, escultura de Ferdinand Faivre

 

Hubo un hombre que quería con locura a su gata: la encontraba hermosa, elegante, aristocrática: sus maullidos lo extasiaban: estaba del tomate. A fuerza de ruegos y llantos, de magias y brujerías, consiguió de los dioses que su gata se transformara en mujer, y loco de amor, se casó con ella. Nunca mujer más hermosa ejerció tal poder sobre su amante, como aquella aparecida esposa sobre su estrafalario marido. Él la mimaba, y ella le correspondía. Olvidó así el esposo la índole gatuna original de su esposa y, ciego de pasión, hasta el colmo, la juzgó una mujer perfecta, y así hasta que unos ratoncitos, que roían las carpetas, destruyeron la felicidad de ese matrimonio. Al verlos, la pobre mujer no pudo reprimirse, se levantó para perseguirlos y los ratones echaron a correr. Pero volvieron, y ella, a tiempo esta vez, pudo atraparlos. Y así se traslució su naturaleza real. ¡Demasiada tentación para una gata! A cierta edad no caben ya mudanzas: lo que se mamó en la cuna, se deja en la tumba. No podréis desprenderos jamás de lo que está en vuestro carácter: si le cerráis la puerta, entrara por la ventana.

¿Alguna moraleja, estimadas colegas?

Para Jean de la Fontaine sería ésta:

Tanta es la fuerza de la naturaleza,

Que, desmintiendo el cambio,

Los viejos conservarán el impulso juvenil.

Como en la tela queda  el pliegue,

Y en el perfumero resta el aroma,

Vanos serán los esfuerzos

Por diferenciase de lo que fue.

Elija el cambio que le parezca,

El viejo hábito será siempre el mismo hábito

A mí se me ocurre pensar en la inutilidad de creer que se pueden cambiar los hábitos del marido o de la esposa; tal como llegaron al matrimonio, así lo dejarán, para bien o para mal. La tercera esposa de Pierre Fauchard, la de su vejez, llegó al hogar cargada de viejas malas costumbres; no duró mucho la pareja.

 

                                                                                  H. M.

                                                                         

 

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