La página de la odontóloga

El papel cada vez más preponderante de la mujer dentro de la odontología nos lleva a considerar la creación de esta sección exclusiva por y para las colegas

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       agosto 2011  

Aventuras y matrimonio

 

Conceptos bastante actuales sobre el matrimonio y aventuras prenupciales prueban que quizá eran menos pacatos en tiempos de Pierre Fauchard que en los nuestros, como se expresa Moliere en Las preciosas ridículas:

 Padre mío, aquí está mi prima, que os dirá igual que yo: que el matrimonio no debe nunca llegar sino después de las otras aventuras. Es preciso que un amante, para ser agradable, sepa declamar los bellos sentimientos, exhalar lo tierno, lo delicado y lo ardiente, y que su esmero consista en las formas. Primero, debe ver en el templo o en el paseo, o en alguna ceremonia pública, a la persona de la que esté enamorado, o si no, ser llevado fatalmente a casa de ella por un pariente o un amigo y salir de allí todo soñador o melancólico. Esconderá cierto tiempo su pasión hacia el objeto amado, haciéndole, sin embargo, varias visitas, donde no deje de sacar a colación un tema galante que espolee a las personas de la reunión. Llegado el día, la declaración debe hacerse generalmente en la avenida de algún jardín, mientras la compañía se ha alejado un poco, y esta declaración ha de ir seguida de un pronto enojo, que se revele en nuestro rubor y que aleje durante un rato al amante de nuestra presencia. Luego, encuentra medios de apaciguarnos, de acostumbrarnos insensiblemente al discurso de su pasión, de obtener de nosotras esa confesión tan desagradable. Después de esto vienen las aventuras, los rivales que se atraviesan ante una inclinación arraigada, las persecuciones de los padres, los celos cimentados en falsas apariencias, las quejas, las desesperaciones, los raptos y todo lo demás. He aquí cómo se ejecutan las cosas dentro de las maneras elegantes, y con esas reglas, de las que no se podría prescindir en buena galantería. Mas el llegar de buenas a primeras a la unión conyugal, hacer al amor tan solo al concertar el contrato matrimonial y empezar justamente la novela por la cola, os repito, padre mío, que no hay nada más vulgar que ese proceder, y me dan náuseas sólo de pensar en eso..

 

 

 

 

 

La primera cita de una colega

 

Cuenta una colega, cuyo nombre piadosamente me reservo, cómo fue de inusual y cómica su primera cita en los EE.UU. Había ido en pleno invierno y un conocido de la familia la invitó a esquiar ahí cerca, en las montañas próximas a Salt Lake City , Utah . Era para volver en el mismo día, nada de quedarse a dormir, que no daba para más con un casi extraño.

Lo pasaron muy bien y sin mayores inconvenientes, hasta que se hizo la hora de volver a la casa de sus familiares. Estaban bajando la montaña, con ella preocupada porque nunca había andado en coche por un camino así, cuando entre el susto y el frío y algunos cafés y chocolates que había tomado, le sobrevinieron unas ganas enormes de hacer aguas (pis, bah).

Allí, en medio de la nada, el muchacho le informó que estaban como a una hora del primer baño, que aguantara un poco. Lo hizo, pero llegó un momento en que tuvo que pedirle al chico que parara si no quería que le mojara el asiento, que le parecía preferible hacerlo en el camino.

Así fue. Pararon, se fue detrás del coche, se bajó los pantalones y, para no resbalarse en cuclillas, que le era difícil hacer equilibrio, se apoyó en los paragolpes traseros, mientras él hacía guardia a un lado de la 4 x4.  Como buen caballero, no intentó curiosear ni un poquito. Ella sólo pensaba en aliviarse, no en lo embarazoso de la cuestión.

¡Súper embarazosa! Al pretender levantarse, se dio cuenta de que la cola se le había quedado pegada al metal y no podía desprenderse por más que aun castigada por el intenso frío procuró soltarse.

Horrorizada, y comprendiendo lo cómico de la situación, no le quedó más remedio que pedir ayuda a su compañero. Precisamente, en ese momento, él le preguntó qué le pasaba que tardaba tanto… y se lo tuvo que contar. Ella se tapó como pudo con el abrigo y él se acercó y evaluó la situación…y no pudo evitar la risa. Al ratito, ella también tuvo que reírse, hasta que se tranquilizaron y pensaron en cómo resolver el problema.

Sin duda, hacía falta calor, pero de dónde sacarlo para echarlo en sus congeladas y adheridas mejillas. No tardaron en darse cuenta de que había una sola solución, se miraron y se comprendieron: ¡él se bajó el cierre relámpago del pantalón y orinó entre los  cachetes y el paragolpes!

Si se preguntan cómo terminó la cuestión, baste decir que se casaron y ella vive en USA y viene cada tanto a visitar a su familia, en cuya casa escuché esta divertida anécdota.

 

 

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