CUENTO DEL MES

 

La historia del reflejo perdido16

[Conclusión del cuento de E.T.A. Hoffmann, comenzado en diciembre.]

Por fin había llegado el momento en que Erasmo Spikher pudo cumplir el deseo que había abrigado durante toda su vida. Con el corazón contento y la bolsa llena de dinero se metió en el coche para abandonar la patria del norte en dirección a la bella, a la cálida Italia.

Su esposa santa y buena lloraba sin consuelo; le limpió cuidadosamente la nariz y la boca al pequeño Erasmito y lo metió en el coche para que el padre le diera un beso de despedida.

"¡Que te vaya bien, mi querido Erasmo Spikher !", le dijo su esposa entre sollozos. "Yo cuidaré bien la casa. Piensa en mi, no me olvides; y no pierdas tu linda gorra de viaje al sacar la cabeza por la ventana, como sueles hacer cuando duermes." Spikher le prometió todo eso.

En la bella Florencia encontró Erasmo a algunos compatriotas que desbordantes de alegría de vivir y de ánimos juveniles se abandonaban a los voluptuosos placeres que les ofrecía aquel maravilloso país.

Él demostró ser un notable compañero de aventuras y en todas las fiestas divertidas que se organizaban, su espíritu especialmente alegre y su ingenio travieso daban a todo aquello un aire peculiar.

Así sucedió pues que una noche los jóvenes (entre los que se contaba Erasmo con sus veintisiete años) participaban de una fiesta entretenida en el bosquecillo iluminado y fragante de un hermoso parque. Cada uno de ellos había llevado a una encantadora donna, salvo Erasmo. Los hombres lucían primorosos atuendos teutónicos; las mujeres, magníficos vestidos de colores brillantes, todos diferentes, y parecían así deliciosas flores en movimiento. Y cuando ésta o aquélla terminaba de cantar alguna canción de amor italiana al son de las mandolinas, los hombres, entre el alegre tintineo de los vasos llenos de vino de Siracusa, emprendían una ronda alemana a toda voz.

Italia es el país del amor. La brisa nocturna susurraba como suspirando nostálgica, y las fragancias de azahares y jazmines cruzaban el bosquecito como melodías de amor mezclándose entre los juegos frívolos y deliciosos que habían iniciado las mujeres recurriendo a todas las gracias delicadas de que solamente son dueñas las mujeres de Italia.

El aire iba animándose más y más, se iba llenando de sonidos. Federico, que era el más ardiente, se puso de pie; con un brazo había tomado a su donna y levantando con la otra mano el vaso lleno de vino perlado, exclamó: "¿En qué otro sitio podría hallarse la felicidad y el placer celestial? Sólo entre ustedes, dulces y maravillosas mujeres italianas. ¡Ustedes son el amor mismo! Pero tú, Erasmo" continuó dirigiéndose ahora a Spikher, "no pareces sentir lo mismo, porque no solamente no has traído a ninguna donna a nuestra fiesta, contra todo uso y costumbre, sino que además pareces triste y ensimismado y no has cantado ni has bebido... ¡casi estoy por creer que de repente te has vuelto un aburrido melancólico." ,

"Debo confesarte, Federico", le replicó Erasmo, "que no puedo ser feliz de esa manera. Bien sabes que he dejado en casa a una esposa buena y santa a la que amo con toda el alma y a quien traicionaría abiertamente si eligiera a una donna aunque sólo fuera para el juego de una noche. Ustedes que son solteros pueden hacerlo, pero yo, como padre de familia..."

Los jóvenes se echaron a reír, porque al decir padre de familia Erasmo había procurado dar a su semblante afable y juvenil una expresión señera que resultó muy cómica.

La donna de Federico tradujo al italiano lo que Erasmo había dicho en alemán, y después se volvió a éste con una mirada seria y le dijo, amenazándolo ligeramente con el dedo: "¡Eres un alemán frío, muy frío! ¡Cuídate bien, que todavía no has visto a Giulietta!"

En ese momento se oyó un rumor de hojas que llegaba del bosquecito y de la noche oscura surgió a la clara luz de los faroles una mujer maravillosa. El vestido blanco que sólo ocultaba a medias su seno, sus hombros y su nuca, con mangas amplias hasta los codos, caía en abundantes pliegues; llevaba el cabello partido desde la frente y recogido con, trenzas por detrás. Collares dorados en el cuello y ricas pulseras que ceñían sus brazos completaban el atuendo algo antiguo de la joven que parecía una imagen salida de algún cuadro de Rubens o del delicado Mieris.

"¡Giulietta!", exclamaron sorprendidas las otras jóvenes. Giulietta, que superaba a todas por su belleza angelical, dijo con una voz dulce y encantadora: "¿Me dejan participar de la linda fiesta, bizarros jóvenes alemanes? Quiero ser la compañera de aquél que entre ustedes vive triste y sin amor". Y diciendo esto se dirigió graciosamente, hacia Erasmo y se sentó en el sillón que había quedado libre a su lado porque se había previsto que traería a una donna.

Las jóvenes murmuraban entre ellas: "¡Miren qué linda está también hoy Giulietta !", y los jóvenes decían: "Miren un poco a este Erasmo ! Se quedó con la más linda. ¡Buena broma nos ha hecho!"

Al mirar a Giulietta por primera vez, Erasmo había sentido una intensa sensación de bienestar y ni él mismo sabía por qué estaba tan poderosamente conmovido. Cuando ella se acercó, algo extraño se apoderó de él y oprimió su pecho cortándole la respiración. Con la mirada fija en Giulietta y los labios inmóviles estaba allí sin poder decir una sola palabra, mientras los otros jóvenes alababan entusiasmados la elegancia y la belleza de Giulietta.

Ella levantó una copa y se la ofreció a Erasmo; él la tomó acariciando levemente la delicada mano de Giulietta. Bebió y un ardor intenso recorrió sus venas. Entonces se arrojó como delirante a sus pies, estrechó las dos manos de ella contra su pecho y exclamó: "¡Sí, tú eres mi donna, siempre te he amado, criatura angelical! ¡A ti, a ti te he visto en mis sueños; tú eres mi alegría, mi felicidad, mi vida superior!"

Todos pensaron que el vino se le había subido a la cabeza porque nunca antes lo habían visto así; parecía otro. "¡SI, tú eres mi vida; ardes dentro de mi como un fuego abrasador! Quiero perderme, perderme en ti solamente; quiero ser sólo para ti!", exclamó Erasmo; pero Giulietta lo abrazó suavemente; cuando estuvo sereno se sentó a su lado y de inmediato recomenzó aquel alegre juego del amor con divertidas bromas y canciones, que Giulietta y Erasmo habían interrumpido.

Cuando cantó Giulietta fue como si de lo hondo de su pecho surgieran melodías celestiales despertando en todos un placer que nunca habían conocido, aunque tal vez hubieran presentido. Su maravillosa voz plena y cristalina poseía un fuego misterioso que se apoderaba de todos los espíritus. Cada uno de los jóvenes abrazó con pasión a su donna y las miradas ardieron con mayor intensidad.

Un resplandor rosado anunciaba ya la llegada del amanecer y Giulietta aconsejó entonces poner fin a la fiesta. Así se hizo. Erasmo se ofreció a acompañarla; ella se negó, pero le indicó dónde podría volver a encontrarla. Mientras los jóvenes cantaban una última ronda alemana para poner fin a la fiesta, Giulietta desapareció del bosquecito; se la vio caminar por una alameda lejana detrás de dos criados que portaban antorchas. Erasmo no se atrevió a seguirla. Cada uno de los jóvenes tomó entonces a su donna del brazo y todos se marcharon contentos.

Trastornado, interiormente desgarrado por el dolor de la pasión y la nostalgia, también Erasmo los siguió con su pequeño criado, que con una antorcha le alumbraba el camino.

Después de separarse de sus amigos iba Erasmo caminando por una calle apartada que conducía a su casa. El sol iluminaba ya la mañana y el criado apagó la antorcha golpeándola sobre el pavimento. Entre las chispas que saltaron surgió de pronto una extraña

figura ante Erasmo : un hombre alto y delgado, de nariz puntiaguda y aguileña, ojos centelleantes y labios de trazo maligno, vestido con una capa roja como fuego y brillantes botones de metal. Lanzó una carcajada y chilló: "¡ Ho, ho ! Usted debe haber salido de algún libro de estampas, con esa capa, ese jubón acuchillado y ese birrete de plumas. Tiene un aspecto cómico, señor Erasmo, ¿acaso quiere que la gente se ría de usted por la calle?

¡Vuélvase rápido a su tomo de pergamino!"

"¿Qué le importan a usted mis vestidos?", le dijo Erasmo bastante molesto, y estaba por seguir de largo haciendo a un lado al hombre de rojo cuando éste le gritó: "Bueno, bueno, no se apure tanto, a Giulietta, de todos modos no la puede ver ahora".

Erasmo se dio vuelta instantáneamente. "¿Qué dice usted de Giulietta?", exclamó con voz desaforada, agarrando al hombre rojo de la solapa. Pero éste se dio vuelta con la velocidad de un rayo y antes de que Erasmo se hubiera dado cuenta ya había desaparecido.

Erasmo se quedó allí, perplejo, con el botón de metal que le había arrancado de la capa roja en la mano.

"Era el curandero, el signor Dapertutto17, ¿qué habrá querido de usted?", dijo el criado.

Pero Erasmo se estremeció y empezó a caminar rápido para llegar a su casa.

Giulietta recibía a Erasmo con aquella gracia y amabilidad que le eran propias. Oponía a la pasión sin medida que arrebataba a Erasmo una conducta tranquila y apacible. Sólo de vez en cuando centelleaban un poco sus ojos y Erasmo sentía que de su interior brotaban ligeros escalofríos cuando ella le dirigía alguna vez una mirada realmente extraña.

Nunca le dijo que lo amara, pero el modo de comportarse con él, se lo dejaba intuir y de ese modo Erasmo fue quedando atrapado en una red cada vez más fuerte. Comenzó para él una vida realmente luminosa; veía poco a los amigos porque Giulietta le presentó a otras personas desconocidas.

Una vez se encontró con Federico; éste lo retuvo y cuando Erasmo se puso tierno y sensible al recordar su patria .y su hogar, Federico le dijo: "¿Sabes, Spikher, que andas en compañías peligrosas? Ya debes haber comprendido que la bella Giulietta es una de las cortesanas más astutas que ha habido jamás. Se cuentan de ella muchas historias raras y misteriosas que la pintan de un modo muy peculiar. Que ejerce sobre los hombres un poder irresistible cuando se lo propone y los atrapa en redes indisolubles es algo que puedo comprobar en ti. Eres otro, estás totalmente entregado a la seducción de Giulietta, ya no piensas en tu buena esposa."

Entonces Erasmo se llevó las manos a la cara y sollozando pronunció el nombre de su esposa. Federico comprendió que se había desatado en su amigo una difícil lucha interior.

"Spikher", continuó, "vayámonos hoy mismo." "Sí, Federico", exclamó Erasmo violentamente, "tienes razón. A veces presiento cosas tan horribles y sombrías, ¡tengo que irme, tengo que irme hoy mismo!"

Los dos amigos cruzaron la calle corriendo; se encontraron con el signor Dapertutto, que riéndosele en la cara a Erasmo exclamó: "¡Ah, apúrese, apúrese! Giulietta lo está esperando con el corazón anhelante y los ojos llenos de lágrimas. ¡Apúrese, apúrese!" Erasmo se sintió como herido por un rayo. "Ese tipo", le dijo Federico, "ese ciarlatano me resulta repugnante, y el hecho de que entre y salga de la casa de Giulietta y le venda, sus polvitos milagrosos..." "¡¿Qué?!", exclamó Erasmo, "¿ese tipo asqueroso en casa de Giulietta?"

"¿Dónde ha estado durante todo este tiempo? Lo estoy esperando...¿ Acaso se ha olvidado de mí?", así exclamó una suave voz desde el balcón. Era Giulietta ; sin haberse dado cuenta, los dos amigos habían llegado hasta su casa. Erasmo entró precipitadamente.

"Está perdido; ya nada lo puede salvar", murmuró Federico, y se alejó de allí cruzando la calle.

Giulietta no había lucido nunca tan adorable; llevaba el mismo vestido que la noche del parque y brillaba con toda su belleza y su gracia juvenil.  Erasmo había olvidado por completo su conversación con Federico. El placer más intenso, el éxtasis más absoluto lo arrebataban irresistiblemente como nunca antes, pero tampoco nunca le había dejado ver Giulietta tan sin reservas su amor más apasionado; sólo a él parecía verlo, sólo parecía existir para él.

En una villa que Giulietta había arrendado para la temporada de verano iba a realizarse

una fiesta. Allá fueron. Entre la concurrencia había un italiano de aspecto muy desagradable y modos todavía peores. Rondaba constantemente a Giulietta y despertó así los celos de Erasmo, que se alejó de la fiesta con reconcentrada furia y se puso a caminar de un lado a otro ,por una de las alamedas laterales del parque. Giulietta fue a buscarlo "¿Qué te pasa?", le dijo. "¿Acaso no eres absolutamente mío?" Lo rodeó con sus brazos delicados y lo besó en los labios. Llamas de intenso fuego ardieron en su interior. Estrechó a la amada con delirante frenesí y exclamó: "¡No, no te dejaré! ¡No te dejaré aunque me pierda, aunque me destruya de manera denigrante!" Giulietta esbozó una rara sonrisa al oír esas palabras y lo miró con aquella mirada extraña que siempre estremecía profundamente a Erasmo.

Volvieron a la reunión. El italiano repugnante adoptó ahora el papel anterior de Erasmo; llevado por los celos comenzó a decir todo tipo de 'cosas ofensivas contra los alemanes y en particular contra Spikher. Éste no pudo soportarlo durante mucho tiempo y se abalanzó sobre el italiano: "Termine con sus pullas contra los alemanes y contra mi, porque de lo contrario voy a arrojarlo a aquella laguna para que aprenda a nadar".

En ese mismo instante brilló un puñal en la mano de aquel hombre; entonces Erasmo lo agarró con furia del cuello y lo arrojó al suelo dándole un puntapié en la nuca con todas sus fuerzas. El italiano expiró con un hondo suspiro. Todos se precipitaron sobre Erasmo. Él estaba aturdido; sintió que lo tomaban del brazo y se lo llevaban.

Cuando despertó como de un profundo desmayo yacía a los pies de Giulietta en un pequeño gabinete y ella, con la cabeza inclinada sobre él, lo sostenía con ambos brazos.

"Eres un alemán malo, muy malo", dijo por fin con dulzura y suavidad. "¡Qué angustia he padecido por ti! Te he salvado del peligro inmediato pero ya no estás seguro en Florencia ni en Italia: Tienes que irte; tienes que dejarme."

La idea de la separación provocó en Erasmo un dolor indescriptible. "¡Quiero quedarme!", gritó. "¡Quiero morir! ¿Acaso no es preferible morir a vivir sin ti?" Sintió entonces como si una voz suave pronunciara dolorosamente su nombre. ¡Ay! Era la voz de su esposa en Alemania. Erasmo se quedó mudo y Giulietta le preguntó con una voz muy extraña: "¿Piensas en tu esposa? ¡Ay, Erasmo, me olvidarás demasiado pronto!" "¡Si pudiera ser eternamente tuyo, para siempre!", dijo Erasmo.

Estaban de pie ante el hermoso espejo colgado en la pared del gabinete a cuyos lados ardían claras velas. Más apasionadamente estrechó a Erasmo contra su pecho mientras le susurraba: "¡Déjame tu reflejo, amado mío; que sea él eternamente mío, para siempre!"

"¡Giulietta!", exclamó Erasmo sorprendido, "¿cómo se te ocurre? ¿Mi reflejo?" Al decir esto miró el espejo que lo reflejaba a él y a Giulietta en amoroso abrazo. "¿Cómo podrías retener mi reflejo", continuó, "que me acompaña a todas partes y me sale al encuentro desde el agua clara o desde cualquier superficie bruñida?"

"¿Ni siquiera vas a concederme ese sueño de tu yo que brilla en el espejo? ¿Y querías ser mío de cuerpo y alma?", le reprochó Giulietta. "¿Ni siquiera tu imagen errante ha de quedarse conmigo y acompañarme en esta vida sin amor y sin placer que habrá de rodearme cuando te hayas ido?" Lágrimas ardientes brotaron de los bellos ojos oscuros de Giulietta. Entonces Erasmo, en el delirio de su dolor innombrable, exclamó: "¿Tengo que alejarme de ti? Si tengo que hacerlo, que mi reflejo quede eternamente contigo. Que ningún poder extraño, ni el mismo diablo, pueda arrebatártelo hasta que me tengas a mí mismo en cuerpo y alma".

Los besos de Giulietta le quemaron los labios como fuego cuando pronunció esas palabras. Luego ella lo soltó y tendió anhelante los brazos hacia el espejo. Erasmo vio entonces que su imagen avanzaba con independencia de sus propios movimientos, se deslizaba en los brazos de Giulietta y desaparecía con ella dejando una misteriosa fragancia.

Se escucharon entonces horribles chillidos y risas demoníacas. Dominado por un terror pánico Erasmo cayó desvanecido, pero el espanto mismo lo despertó de su aturdimiento. En la negra y densa oscuridad salió tambaleándose y bajó la escalera.

En la calle, ante la puerta, lo tomaron de un brazo y lo metieron en un coche que se alejó velozmente.

"Está usted un poco alterado, según parece", dijo en alemán el hombre que iba sentado al lado de él, "pero todo va a salir muy bien si quiere dejarlo en mis manos. Giulietta ya hizo lo suyo y me ha recomendado su persona muy especialmente. Además, es usted un joven muy simpático, con una notable inclinación hacia los placeres que tanto le gustan a Giulietta y a mí. Aquél sí fue un puntapié realmente certero, un puntapié alemán en la nuca.

Fue muy gracioso ver cómo aquel amoroso sacaba la lengua azulada y cómo graznaba y gemía sin poder morirse de una buena vez. Ja ja ja."

La voz de aquel hombre era tan sarcástica, tan horrible era lo que decía que sus palabras se clavaron como puñaladas en el pecho de Erasmo.

"Quienquiera que usted sea", dijo Erasmo, "¡cállese, no siga hablando de aquel horrible crimen del que tanto me arrepiento!"

"Arrepentirse, arrepentirse", replicó el hombre. "¿También se arrepiente de haber conocido a su amada Giulietta y de haber ganado su dulce amor?"

"¡Ah, Giulietta !", suspiró Erasmo.

"Bueno, bueno", continuó el hombre, "¡qué infantil es usted! Lo quiere todo pero sin problemas. Claro que fue una fatalidad la que ha motivado que deba abandonar a Giulietta; pero el usted se quedara yo podría salvarlo de los puñales de sus perseguidores y de la venerada justicia."

La idea de poder permanecer junto a Giulietta lo entusiasmó poderosamente. "¿Cómo seria eso posible?", preguntó.

"Conozco un recurso mágico que cegará a sus perseguidores", continuó el hombre; "en pocas palabras, hace que usted se les aparezca siempre con un rostro distinto, de manera que nunca podrían reconocerlo. Cuando sea de día será usted tan amable de mirarse durante un rato largo en algún espejo; yo efectúo entonces algunas operaciones en su reflejo sin dañarlo en lo más mínimo y ya está a salvo. Así podría quedarse a vivir con Giulietta sin peligro, gozando de todos los placeres y toda la felicidad."

"¡Qué espantoso!", gritó Erasmo. "¿Qué es lo espantoso, mi estimado amigo?", le preguntó burlonamente el hombre. "¡ Yo... yo...!", empezó a decir Erasmo. "¿Dejó su reflejo en lo de Giulietta?", lo interrumpió el hombre rápidamente. "¡Ja, ja, ja; bravissimo, amigo! Entonces podrá atravesar campos y bosques, pueblos y ciudades hasta llegar otra vez al lado de su esposa y del pequeño Erasmo y volver a ser un padre de familia, aunque sin reflejo, lo que seguramente no le va a importar a su esposa, porque lo tendrá a usted físicamente. En cambio. Giulietta sólo ha de tener para siempre el yo de sus sueños."

"¡Basta, basta!", exclamó Erasmo. En ese mismo momento, mientras pasaba un grupo de gente cantando alegremente, las antorchas que llevaban iluminaron por un instante el interior del coche. Erasmo pudo ver la cara de su acompañante y reconoció al horrible doctor Dapertutto. Salió del carruaje de un salto y se precipitó tras aquellos hombres cuando reconoció desde lejos la armoniosa voz de Federico. Los amigos volvían de un paseo campestre.

Erasmo le conté rápidamente a Federico todo lo sucedido, salvo lo de la pérdida del reflejo. El amigo lo acompañó presuroso hasta la ciudad, donde hicieron todo -1o necesario con tanta prisa que a la madrugada siguiente Erasmo, montado en un caballo veloz, se hallaba lejos de Florencia.

Spikher anotó algunas de las aventuras que le sucedieron durante su viaje. La más notable es la que le hizo sentir por primera vez de manera singular la pérdida de su reflejo.

Había hecho alto en una gran ciudad porque su caballo necesitaba descanso y se había sentado ingenuamente a la mesa de una taberna, ocupada ya por muchas personas, sin notar el hermoso espejo que se hallaba frente a él. Un camarero diabólico que estaba detrás de su silla observó que en el espejo la silla permanecía vacía y no reflejaba en absoluto a la persona allí sentada. Se lo hizo notar al vecino de Erasmo, éste a su vecino inmediato y un murmullo corrió por toda la mesa, mientras los comensales miraban primero a Erasmo y después al espejo.

Erasmo no se dio cuenta de que era el centro de todo aquel rumor, hasta que un hombre de expresión seria se levantó de la mesa, colocó el espejo frente a Erasmo, miró al espejo y luego, dirigiéndose a la concurrencia, exclamó en voz alta: "¡Es cierto, no tiene reflejo!"

"¡No tiene reflejo! ¡No tiene reflejo!", empezaron a gritar todos. "¡Es un mauvais sujet, un homo nefas, sáquenlo de aquí!"

Furioso y avergonzado se refugió Erasmo en su cuarto; pero apenas había llegado allí cuando se le informó que la policía le ordenaba presentarse en una hora con su reflejo entero e idéntico ante las autoridades; en caso contrario debería abandonar la ciudad. Huyó de allí seguido por la gentuza ociosa y los pillos que gritaban: "¡Ahí va el que le vendió su reflejo al diablo!" Por fin* llegó al campo raso.

Desde entonces, pretextando un horror natural hacia cualquier imagen reflejada, hacía cubrir enseguida todos los espejos y por eso se lo llamó en son de burla General Suwarow, quien también había tenido la misma costumbre. Su esposa y su hijito lo recibieron muy contentos cuando llegó a su patria y a su casa,_y pronto le pareció que en el ambiente tranquilo y sereno de su hogar no tardaría en olvidar la pérdida del reflejo.

Sucedió un día que Spikher estaba jugando con el pequeño Erasmo sin acordarse en absoluto de la bella Giulietta. El pequeño tenía las manos sucias de hollín y acarició con ellas a su padre: "¡Ay papá, papá, mira cómo te ensucié la cara!", exclamó el pequeño y antes de que Spikher pudiera evitarlo sostenía un espejo delante de la cara del padre. Pero lo dejó caer en seguida llorando y se fue corriendo a su cuarto. Al momento entró la señora con expresión de asombro y de miedo. "¿Qué es lo que me ha dicho Erasmo de ti?", le dijo.

"Que no tengo reflejo, ¿no es así, querida?", la interrumpió Spikher con una sonrisa forzada, y trató de probarle que era absurdo creer que uno pudiera perder su reflejo, pero que aun así no se habría perdido mucho, ya que todo reflejo no es más que una ilusión; que la contemplación de si mismo conduce al envanecimiento, y que además esa imagen dividía al propio yo en sueño y realidad.

Mientras decía esto, la señora quitó de repente el paño qué cubría el espejo de la sala y al mirarlo cayó desvanecida, como tocada por un rayo.

Spikher la levantó, pero apenas su esposa hubo recuperado el conocimiento lo apartó con horror de su lado. "¡ Vete! -le gritó; "¡ déjame en paz, hombre espantoso! No eres tú, no, tú no eres mi esposo; eres un espíritu diabólico que quieres empañar mi felicidad, que quieres destruirme. ¡Vete, déjame, no tienes poder sobre mí, condenado!"

Sus gritos resonaron en la habitación y llegaron a la sala; los criados corrieron despavoridos y Erasmo salió apresuradamente de la casa, furioso y desesperado.

Como un enloquecido andaba por los solitarios caminos del parque cercano a la ciudad.

La imagen de Giulietta surgió ante él con toda su angelical belleza y entonces le gritó: "¡Te vengas, Giulietta ! Te vengas porque te abandoné y te dejé mi reflejo en lugar de mi propia persona. Ah, Giulietta, seré tuyo de cuerpo y alma! Ella me echó; ella, por quien te sacrifiqué. ¡Giulietta, Giulietta, seré tuyo de cuerpo y alma!"

"Eso puede hacerse todavía, mi estimado amigo", le dijo el signor Dapertutto, que de repente estaba allí, junto a él, con su capa escarlata de brillantes botones metálicos. Eran palabras consoladoras para el desgraciado Erasmo y por eso no se fijó en la expresión maligna y pavorosa de Dapertutto. Se detuvo y le preguntó con voz lastimera: "¿Cómo podría volver a encontrarla si la he perdido para siempre?"

"¡No, no!% replicó Dapertutto. "¡No está lejos de aquí y anhela con ansias su cara persona, estimado señor, ya que como usted mismo comprenderá, un reflejo no es más que una ilusión. Además, cuando esté segura de que será dueña de su valiosa persona -de su cuerpo, su vida y su alma- entonces le devolverá inmediatamente su reflejo sano y salvo con profundo agradecimiento."

"¡Lléveme hasta ella! ¡Lléveme! -exclamó Erasmo. "¿Dónde está?"

"¡Un momento!", lo interrumpió Dapertutto. "Todavía es necesario efectuar un pequeño trámite antes de que vea a Giulietta y pueda entregarse a ella con todo su ser, contra reintegro de su reflejo. Usted no puede disponer totalmente de su valiosa persona porque todavía está ligado por ciertos vínculos que primero deben ser disueltos. Su amada esposa y su prometedor hijito."

"¿Qué quiere decir con eso?", exclamó Erasmo furioso. "Una disolución de esos vínculos sin que quede vestigio alguno", continuó Dapertutto, "podría efectuarse fácilmente por medios humanos. Usted sabe bien que preparo con bastante habilidad remedios mágicos y así da la casualidad que tengo a mano un brebaje casero. Bastará que aquéllos que se interponen entre usted y la adorable Giulietta tomen sólo un par de gotitas y acabarán silenciosamente y sin ningún sufrimiento. A eso se le llama morir, y dicen que la muerte es amarga; pero ¿no es acaso delicioso el sabor amargo de las almendras? Y ésa es la amargura de la muerte que sobreviene con estas gotas. Apenas hayan desaparecido con alegría, difundirá sobre la amada familia una deliciosa fragancia de almendras amargas.

¡Tome usted, estimado amigo!", y le tendió a Erasmo una pequeña redoma18.

"¡Qué horror!", exclamó éste. "¿Pretende que envenene a mi esposa y a mi hijita?"

"¿Quién habla de veneno?", lo interrumpió el hombre de rojo. "En la redoma sólo hay, un remedio casero de rico sabor. Tengo otros recursos para dejarlo a usted en absoluta libertad, pero quiero actuar humanamente, por cierto, no quiero molestarlo, en fin, es un capricho. ¡Tómelo con confianza, amigo!"

Erasmo no podía explicarse cómo tenía la redoma en la mano. Corrió irreflexivamente a su casa y se encerró en su cuarto. La mujer había pasado toda aquella noche entre angustias y lamentos. Aseguraba una y otra vez que quien había vuelto no era su marido sino un espíritu diabólico que había adoptado el aspecto de su esposo. No bien Spikher entró a la casa todos salieron corriendo asustados y solamente el pequeño Erasmo se atrevió a acercarse a él y a preguntarle ingenuamente por qué no había traído de vuelta su reflejo, añadiendo que eso haría morir de pena a la madre. Erasmo miró al pequeño con furia.

Todavía tenía en la mano la redoma de Dapertutto. El niño llevaba en brazos a su paloma predilecta. Ésta acercó el piquito a la redoma y bebió unas gotas; inmediatamente dejó caer la cabeza: estaba muerta. Espantado, Erasmo se levantó de un salto: "¡Traidor!% exclamó, "¡no me vas a convencer de que cometa un crimen infernal!", y arrojó por la ventana la redoma, que se rompió en mil pedazos contra las piedras del patio. Por la habitación se difundió un delicioso aroma de almendras. El pequeño Erasmo había huido asustado.

Spikher pasó todo aquel día acosado por infinitos sufrimientos. Hacia la medianoche la imagen de Giulietta fue haciéndose más y más viva en su interior. Una vez, estando él presente, se le había desprendido a ella una gargantilla de esas pequeñas cuentas rojas con que se adornan las mujeres. Al recoger las cuentas Erasmo se había guardado una y la conservaba con cuidado fiel. La sacó ahora y mirándola se puso a pensar con toda su alma en la amada perdida. Entonces fue como si de la perla emanara aquel mágico perfume que lo envolvía cuando estaba cerca de Giulietta. "¡Ah, Giulietta ! Verte una vez más y luego morir, terminar de la manera más infame."

Acababa de pronunciar estas palabras cuando comenzó a escucharse un suave rumor en el pasillo delante de la puerta. Oyó pisadas, luego alguien llamó levemente a la puerta del cuarto. Embargado de angustia y esperanza, Erasmo no podía respirar. Abrió. Giulietta entró en la habitación, resplandeciente de gracia y belleza. Delirante, él la estrechó en sus brazos.

"¡Aquí estoy, amado mío!", le dijo ella con ternura. "Mira con cuánta fidelidad con servo tu reflejo." Sacó entonces el paño que cubría el espejo y Erasmo vio extasiado su imagen junto a la de Giulietta. Pero era independiente de él, no reflejaba sus movimientos. Se estremeció.

"¡Giulietta !", exclamó. "Mi amor por ti va a volverme loco. Devuélveme el reflejo y tómame a mí, con mi cuerpo, con mi vida, con mi alma."

"Todavía hay algo entre nosotros, querido Erasmo", le dijo Giulietta. "Tú lo sabes.

¿Acaso no te lo ha dicho Dapertutto?”

"¡Por Dios, Giulietta !", la interrumpió Erasmo, "si sólo así puedo ser tuyo prefiero morir."

"Dapertutto no debe incitarte de ninguna manera", continuó Giulietta. "Por supuesto, es espantoso que una promesa y una bendición tengan tanto poder; pero eres tú el que tiene que deshacer el vínculo que te ata porque, de lo contrario, nunca serás totalmente mío. Y para eso hay un recurso más conveniente que el que te propuso Dapertutto."

"¿En qué consiste?", le preguntó ansiosamente Erasmo. Giulietta pasó entonces su brazo por la nuca de Erasmo y con la cabeza reclinada sobre su pecho le susurró levemente:

"Escribe en un papel tu nombre, Erasmo Spikher, debajo de las siguientes palabras:

Concedo a mi buen amigo Dapertutto poder sobre mi esposa y sobre mi hijo para que haga con ellos lo que quiera, y disuelvo el vínculo que me liga a ellos porque quiero de aquí en más pertenecer con mi cuerpo y mi alma inmortal a Giulietta, a quien he elegido como mujer y a la que me ligaré para siempre mediante un voto especial".

Erasmo sintió una conmoción y un escalofrío recorrió todos sus miembros. Besos de fuego le quemaban los labios; tenía en la mano la hoja de papel que le había dado Giulietta.

De pronto, detrás de ella, inmenso, Dapertutto le tendía una pluma de metal. En ese momento se le reventó a Erasmo una venita de la mano izquierda y empezó a salir sangre.

"Moja la pluma, moja la pluma. ¡Escribe, escribe!", graznó el hombre de rojo.

"¡Escribe, escribe, mi eterno, mi único amor!", susurró Giulietta.

Erasmo había mojado la pluma y se sentó dispuesto a escribir. En ese momento se abrió la puerta y apareció en el cuarto una figura blanca que luego de mirar a Erasmo con ojos fijos, fantasmales, exclamó dolorosa y lúgubremente: "; ¡Por amor del cielo, Erasmo, no cometas ese horrible crimen!"

Al reconocer a su esposa en aquella figura que le prevenía, Spikher arrojó lejos de sí el papel y la pluma. Relámpagos centelleantes salieron de los ojos de Giulietta; su rostro se deformó convulsivamente; su cuerpo era una llama.

"¡Vete de aquí, criatura del demonio! ¡Mi alma no ha de pertenecerte jamás ! En nombre del Señor, apártate de mí. ¡Víbora! En ti arde el infierno." Así gritó Erasmo y empujó violentamente a Giulietta, que todavía permanecía abrazado a él. Se escucharon entonces salvajes alaridos y lamentos y un rumor como de alas de cuervo. Giulietta y Dapertutto desaparecieron entre un humo espeso y hediondo que parecía brotar de las paredes velando las luces.

Por fin entraron por la ventana los rayos de luz del amanecer. Erasmo se dirigió en seguida a ver a su esposa. La encontró serena y afable. El pequeño Erasmo estaba sentado en la cama muy contento. Ella le tendió la mano a su agotado esposo y le dijo:

"Sé de todo lo malo que te ha sucedido en Italia y lo siento por ti, de todo corazón. El poder del enemigo es muy grande y, como tiene todos los vicios, también se dedica a robar y no puede resistir la tentación de apoderarse de tu hermoso reflejo valiéndose de medios realmente malignos. Mírate en ese espejo, esposo mío."

Spikher lo hizo, temblando de pies a cabeza, con expresión verdaderamente desgraciada.

El espejo permaneció liso y transparente. Ningún Erasmo Spikher se reflejaba en él.

"Por esta vez es mejor que el espejo no devuelva tu imagen porque pareces en verdad un tonto, querido Erasmo. Seguramente tú mismo comprenderás que sin reflejo siempre serás objeto de burla para todo el mundo y, por lo tanto, no podrás ser un padre de familia correcto y cabal, respetado por su esposa y sus hijos. El pequeño Erasmo ya se ríe de ti y dice que va, a pintarte un gran bigote de carbón porque no podrás verlo. Vete, pues, a recorrer el mundo y trata de sacarle al diablo tu reflejo. Cuando lo hayas recuperado vuelve y te recibiré de todo corazón. Bésame (Spikher lo hizo), y ¡buen viaje! Mándale al pequeño Erasmo un par de pantalones de vez en cuando, porque siempre anda por el suelo y los gasta mucho. Y si vas a Nuremberg entonces envíale también un soldadito de colores y un bizcocho de especias, como un buen padre. ¡Que te vaya bien, querido Erasmo!"

La mujer se dio vuelta y siguió durmiendo. Spikher levantó al pequeño Erasmo y lo estrechó contra su corazón; pero el niño empezó a gritar y entonces el padre volvió a ponerlo en el suelo y se fue por el ancho mundo.

Una vez se encontró con un tal Peter Schlemihl, que había vendido su sombra; quisieron asociarse de manera que Erasmo Spikher proyectara la sombra y Peter Schlemihl el reflejo, pero no dio resultado.

 

Postdata del viajero entusiasta

 

¿Qué es lo que me mira desde ese espejo? ¿Soy yo, realmente? ¡Oh, Julia, Giulietta, imagen celestial, espíritu diabólico, éxtasis y dolor, anhelo y desesperación!

Ya ves, mi querido amigo Teodoro Amadeo Hoffmann, que muchas veces penetra en mi vida una oscura fuerza que seduce mi sueño con las más hermosas visiones y pone extraños personajes en mi camino. Encantado por las visiones de la noche de San Silvestre, casi estoy por creer que aquel Consejero de Justicia era realmente de azúcar; su reunión un adorno de Navidad o Año Nuevo, y la deliciosa Julia, aquella seductora imagen femenina de Rembrandt o de Callot que estafó al desdichado Erasmo Spikher apoderándose de su bello reflejo. ¡Perdóname!

 

Más notas del autor

16 La historia del reflejo perdido fue concluida el 6 de enero de 1815.

17 Dapertutto. Su significado es por todas partes.

18 La redoma de Dapertutto contenía seguramente ácido prúsico o cianhídrico. La ingestión de una mínima dosis de este líquido (inferior a una onza) provoca los efectos descriptos. Hora, "Archiv für mediz. Erfahr.", 1813, mayo-dic., pág. 10.

 

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