Poe escribe cada vez mejor 

Por Silvia Hopenhayn  | Para LA NACION

 

Otra vez los cuentos de Edgar Allan Poe vuelven con su maldito frescor. Se leen como pan caliente, sobre todo en la traducción de Julio Cortázar, tan exquisita y llevadera, ahora reeditada por Edhasa con el título Cuentos completos . Son asombrosos el poder de su prosa y la indagación que llevó adelante con la palabra para desbrozar la condición humana en un amplísimo espectro. El amor, la codicia, la angustia; el desenfreno, la pasión por el saber, la humildad, el engaño. Los mitos, las supercherías; la cábala, la frenología, las ciencias naturales, la filosofía, etc.

 

Cabe de todo en sus relatos, o más bien sus relatos abarcan pequeñas partes de un todo: los declives de la existencia. Poe dio vuelta una página de la literatura, así como luego lo hizo Joyce, o antes, Shakespeare. Es la escritura del enigma, en la que luego tantos autores abrevaron. Borges, a la cabeza. ¿Acaso no parece del autor argentino esta frase del cuento "Berenice"?: "Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante". O la insistencia del recuerdo, tantas veces enunciado por el Funes de Borges, repetición que aparece como ingrediente del delirio en varios cuentos de Poe, o la apelación a la creencia -trampa para adentrarnos en el género fantástico-, como en el comienzo de "El gato negro": "No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir".

 

Poe combinaba la inteligencia con las pasiones. "En lo más hondo y secreto de mi inteligencia se iluminaba algo así como una luciérnaga mental, una noción de verdad", dice el protagonista de "El escarabajo de oro". Pero como la revelación se asemeja a la locura, Legrand, el iluminado de este cuento, percibe ciertas sospechas del narrador acerca de su salud mental. Por eso no le brinda su descubrimiento así nomás y decide castigarlo por su falta de credibilidad, "con un poquitín de mistificación en frío". ¿No es maravilloso? ¿Y qué hace entonces? Le cuenta su hallazgo al tiempo que lo asusta.

 

Sí, el abanico de estas ficciones es inmenso. Hay cuentos que sorprenden incluso por la originalidad de sus títulos, como "El ángel de lo singular". O por la trama amorosa, tan intensa e inesperada; en "Los anteojos", juega con un clisé: "Hace años estaba de moda ridiculizar la noción de amor a primera vista? los descubrimientos modernos en el campo que cabe llamar magnetismo ético o estética magnética permiten suponer que los grilletes psíquicos más brillantes y duraderos son aquellos que quedan remachados por una mirada". O por sofisticadas intervenciones del narrador, como en "Berenice" (uno de mis favoritos, se habrá notado): "Las agonías que son surgieron de los éxtasis que pudieron haber sido". O por diálogos como el que entablan Oinos y Agathos en "El poder de las palabras", que consideran a las palabras "impulsos en el aire" capaces de crear nuevas constelaciones de estrellas. Sin duda, estos Cuentos completos crean una de esas constelaciones.

 

 

 

 

 

 

Y a Neruda lo confunden

 

 La muerte lenta es un texto que ha sido falsamente adjudicado a Pablo Neruda con el título de Muere lentamente. Sin embargo, su autora es la brasileña Martha Medeiros, que trabaja en el periódico Zero Hora, de Porto Alegre, en el que publicó “A Morte Devagar” a mediados del 2000.

 

La muerte lenta

 

Muere lentamente quien no cambia de ideas, ni cambia de discurso, evita las propias contradicciones.

 

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos y las mismas compras en el supermercado. Quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo, no da algo a quien no conoce.

 

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú y su pareja diaria.

Muchos no pueden comprar un libro o una entrada de cine, pero muchos pueden, y aún así se alienan delante de un tubo de imágenes que trae la información y el entretenimiento, pero que no debería, pues con sólo 14 pulgadas, ocupa tanto espacio en una vida.

 

Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones indomables, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas e hipos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

 

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

 

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.

 

Muere lentamente quien destruye su amor propio. Puede ser la depresión, enfermedad grave y que requiere ayuda profesional. Sucumbe cada día quien no se deja ayudar.

 

Muere lentamente quien no trabaja y quien no estudia, y la mayoría de las veces es una opción y, sí, destino: entonces un gobierno en silencio puede matar lentamente una buena parte de la población.

 

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante, desistiendo de un proyecto antes de empezarlo, el que no pregunta acerca de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

 

Muchas personas mueren lentamente, y esta muerte es muy ingrata y traicionera, porque cuando viene de verdad, ya estamos muy destrozados para caminar el corto tiempo que resta.

 

Qué mañana, por tanto, demore mucho en llegar nuestro día. Dado que no podemos evitar un final repentino, por lo menos evitar la muerte en suaves prestaciones, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que simplemente respirar

 

Martha Medeiros

 

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