“Dublineses”, del dublinés que cepilló  dientes con nuez de areca

 

 

En los quince cuentos de Dublineses se refleja la sociedad del Dublín y la Irlanda de su autor, James Joyce.     Narran historias que se encuadran en un marco temporal y espacial muy similar y detalles sutiles  remiten de unos a otros.

Joyce presenta escenas varias, calles y lugares cerrados (bares, casas y hoteles), que en conjunto dan a la ciudad de Dublín tanta presencia y tanta fuerza que podrían ser consideradas el personaje principal.

Escasean las descripciones psicológicas explícitas de los personajes, pero se captan del texto. Abundan las descripciones físicas, en los más de los casos para referirse a rasgos feos o desagradables. Sin ser  personajes arquetípicos, que no fue la intención de Joyce,  representan a personas en situaciones y problemas muy presentes en aquella época. Tienen la finalidad de generalizar, de hacer ver que eran muy habituales para los habitantes de Dublín.

Todos y cada uno de los protagonistas de los cuentos viven una epifanía, una situación de revelación, que en prácticamente en todos los casos está teñida de desencanto, frustración, desesperanza.

Joyce, con sus 23 años, quiere transmitir cómo era la sociedad dublinesa: el estilo es objetivo, cuenta lo que pasa, como una cámara. Sus cuentos, sin remate, por sus  finales abiertos, ambiguos, parecen tener cierres un poco abruptos. Sin embargo, nadie podría imaginar un final mejor para The dead, uno de los mejores cuentos de la literatura inglesa y mundial. Son instantes de la vida dublinesa y sus protagonistas experimentan un punto de inflexión en sus vidas. De fondo, casi en toda la obra, está la religión católica, a la que se alude continuamente.

Pinta su ciudad y pinta el mundo de temas comunes en nuestras vidas: la religión católica, el sexo, el amor, el alcohol, el dinero (por codicia y por carencia), el exilio (desde donde Joyce escribió casi todo) y la muerte, entre muchos más.

Joyce veía en Dublín “el centro de la parálisis” de su país. Sin embargo, en la esencia de los cuentos, surge que tales historias podían vivirse en muchas otras ciudades o pueblos del mundo.

En estos cuentos, que los Lectores leerán con gusto, sumergidos en las mil y una sutilezas del autor, se pueden percibir dos hilos conductores. Por un lado, un esquema de búsqueda y aventura. Por otro, una línea de infancia-adolescencia-vida pública.

Los primeros relatos están protagonizados por niños, luego por jóvenes, más tarde por adultos con presencia de ancianos y, finalmente, la muerte en al cuento que cierra el libro, Los muertos, que habla de la muerte y resalta la influencia de los muertos en los vivos.

Los tres primeros cuentos son los protagonizados por niños, contados en primera persona. En ellos está muy presente la sensación de incomprensión ante un mundo turbio y decepcionante.

Son los siguientes:

Las hermanas, (The sisters), donde un niño cuenta la muerte del padre Flynn, del que era amigo. Se le presenta como incomprensible y no es capaz de estar triste por la pérdida.

Un encuentro (An encounter), donde dos niños se hacen la rabona una mañana y se van de excursión a la costa. Allí ven a un hombre que se puede interpretar como un pervertido sexual por la visión que da el niño de él.

Arabia (Araby) cuenta la desilusión del protagonista por llegar tarde a una feria de objetos exóticos por culpa de su tío. Ya están cerrando, y el niño quería comprarle un regalo a la hermana de un amigo, de la que se había enamorado.

En los cuatro relatos siguientes, con  protagonistas jóvenes, está presente, en mayor o menor medida, el tema del amor.

En Eveline, Eveline está a punto de fugarse con su novio, un marinero, a Buenos Aires, pero en el último momento decide quedarse en Dublín. A pesar de que concebía esta escapada como una liberación, al final prefiere la cotidianeidad segura al amor y a la aventura.

Después de la carrera (After the race) trata sobre la tarde y la noche de esparcimiento que pasan unos jóvenes. Carrera de coches, cena y  cartas. El personaje quizá protagónico pierde mucho dinero, pero “aunque sabe que al día siguiente se arrepentirá de ello, no le importa”.

Los dos galanes (Two gallants) son dos jóvenes que llevan una vida de conquistadores y que viven a expensas del dinero que les sacan a las mujeres. En esta historia, uno de ellos consigue que una joven le dé una guinea.

En La casa de huéspedes (The boarding hause) la hija de la regente de la casa de huéspedes mantiene relaciones con uno de los hombres allí alojados. La madre de la chica busca la manera de conseguir que ellos dos se casen.

Luego, el mundo adulto, en cuatro cuentos. En Una nubecilla (A little cloud), su protagonista –un escritor frustrado-, se encuentra con un antiguo amigo que ha vuelto a Irlanda. Al ver el éxito de su amigo, tiene la sensación de que su vida ha sido un fracaso a pesar de tener más talento.

En Contrapartes (Counterparts) un oficinista hastiado se va de su puesto de trabajo sin haber cumplido con lo que tenía que hacer para ese día y se va a emborrachar con sus amigos. Cuando llega a casa, le pega a su hijo para desahogar sus frustraciones.

La protagonista de Polvo y ceniza (Clay) va a comprar unos pasteles para celebrar la víspera de Todos los Santos con la familia de un hombre al que ha cuidado y que considera su hijo. Un hombre que se encuentra en el tranvía se los roba.

En Un triste caso (A painful case) un hombre y una mujer se conocen en un concierto y entablan una amistad íntima. Ella se enamora de él, quien la rechaza por considerar ridícula la relación. Años después, ella se ha vuelto alcohólica y se suicida, y él se arrepiente de haberla rechazado.

En las tres historias siguientes, el tema es la vida política y pública. Efemérides en el comité (Ivy Day in the Committee Room) donde en la política de Irlanda se deja ver lo vacío de la conmemoración de Charles Stewart Parnell, que resulta un fracaso.

En Una madre (A mother) la mujer organiza un recital de piano de su hija para su lucimiento, con la pretensión de que triunfe. Al final, los conciertos son un desastre y la hija no llega a cantar porque no le van a pagar.

En La gracia [de Dios] (The grace) se capta  un cierto proselitismo católico, con los amigos del protagonista, que borracho tuvo un accidente, que intentan reconducirle a la senda católica.

 Por último, Los muertos (The dead), el más extenso, llevado al cine magníficamente por John Huston, con su hija Angélica.

En este relato, con el que  culmina Dublineses, considerado el mejor relato de toda la obra y uno de los mejores de toda la historia del cuento.

No podía este relato que remata Dublineses ser menos que las otras historias de amor,  frustradas o ensombrecidas de alguna manera. Joyce presenta a una pareja al parecer feliz. Él representa a la sociedad dublinesa, de ciudad, con delirios de grandeza. Sabe comportarse en las reuniones sociales. Greta, su mujer, proviene del mundo del campo y representa la ingenuidad, la humildad original.

Finalizada la fiesta, la pareja vuelve de la casa de las tías de Gabriel hacia el hotel en el que se aloja. Por el camino, en los pensamientos de Gabriel, hay una alusión al sexo, la primera en toda la obra sobre el único que la sociedad del momento consideraba lícito, el sexo conyugal.

Pero cuando llegan al hotel, todas las expectativas de Gabriel se ven truncadas cuando, poseída por una melancolía, ella le revela el secreto de un joven del que estuvo enamorada y su muerte.

En Las hermanas y en este último cuento, la muerte está presente. En aquél, la muerte es algo de escasa importancia vista por un niño que realmente no entiende nada. En el final, toma mucha importancia, está presente en todo  momento, y concluye con la imposibilidad de librarse de su presencia. Desde el principio la nieve no para de caer, está de fondo en todo momento, como una amenaza, hasta el dramático desenlace.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor.

Joyce empezó a elaborar Dublineses en 1904, estando todavía en Dublín. El escritor irlandés George William Russell leyó Stephen Hero  y se quedó admirado. Consiguió un cierto éxito con Las hermanas, el primero que escribió y publicó bajo el seudónimo de Stephen Daedalus. El editor T. G. Keller le pagó para que escribiera dos historias más, que fueron Eveline y Después de la carrera.

Richard Ellmann, en su biografía de James Joyce, cuenta que en 1912 Joyce presentó Dublineses a un editor aconsejado por William Butler Yeats, pero no logró que lo publicaran hasta 1914.

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