http://4.bp.blogspot.com/-Gtfh6BcV0ZU/US-L9te8A6I/AAAAAAAAJlw/pADz1ZrFttA/s320/LaPrincesaDeHielo.jpgLa princesa de hielo

    Novela negra por Camilla Läckberg.

La primera de sus 415 páginas comienza así:

La casa estaba desierta y vacía. El frío penetraba por todos los rincones. En la bañera se había formado una fina membrana de hielo. Y ella había empezado a adquirir un ligero tono azulado. Pensó que, así tumbada, como estaba, parecía una princesa. Una princesa de hielo.

Cuando la joven escritora Erica vuelve a su pueblo natal tras el fallecimiento de sus padres, no se puede ni imaginar que se verá envuelta en la truculenta historia de un crimen cuyos protagonistas no son otros que sus propios amigos de la infancia. Cuando su amiga Alex es encontrada muerta, aparentemente suicidada, se descubre que no sólo fue asesinada sino que además estaba embarazada, lo que multiplica así las conjeturas de Erica y de la policía, que detiene al principal sospechoso, Anders, un artista fracasado que mantenía una relación especial con la víctima. El policía encargado del caso es el detective Patrik Hedström, para quien Erica siente algo más que mero interés profesional.

Erica es una escritora biográfica que se traslada a Fjällbacka, su pueblo natal, para recoger las pertenencias de sus padres de la casa familiar, fallecidos en un accidente. Allí se encuentra con el terrible asesinato de su mejor amiga de la infancia, y la familia le pide que se encargue de escribir el panegírico. Ella lo acepta a regañadientes, pero así es como comienza su investigación particular, el cual va dando forma a un libro el cual tal vez no se atreva a publicar. 
Patrick, policía, lleva ya varios años trabajando en la comisaria que quedó al mando del repugnante comisario Mellberg, divorciado recientemente no ha conseguido deshacerse de la sensación de traición sufrido por su esposa,  está terriblemente cansado de su exceso de trabajo y la vida de soltero no parece gustarle demasiado. Cuando el caso de Alex llega a la comisaria, lo único que no esperaba era que su antiguo amor, Erika, llegara con él. 

Tras este primer libro de la autora han aparecido otros no menos buenos, pero éste me conquistó. Es una novela con un gran poder adictivo, que te hace estar pegado al libro durante horas y apenas notar el paso de sus pocos y extensos capítulos. La narración, los detalles, los personajes y la gran trama te atrapan desde el principio. 

Engancha una barbaridad, con miles de incógnitas, de interrogantes. Hasta llegar a un final impactante, sin que haya quedado ningún cabo suelto
Se disfruta mucho la relación de los dos claros protagonistas, Erica y Patrick,  que abre el apetito para saber qué pasará en las siguientes novelas con ellos. 

Esta novela no solo presenta un misterio, un asesinato por resolver, también abre las puertas a un pequeño pueblo costero con muchos misterios y a unos personajes muy completos. 
Todos los habitantes del pueblo, así como los policías tienen una personalidad, con detalles muy propios. Como el comisario Mellberg, prepotente,   vanidoso y aun repulsivo. Son muy completos y prometen seguir siéndolo en los siguientes libros de la trilogía, que se lee muy bien cada uno por separado, si uno logra reprimir la impaciencia.

Quien no les tenga miedo a las letras sobre papel (no sobre pantallas), no se la pierda.

 

 

 

 

 

 

Hacer el bien, de Matt Sumell                 hacerelbien

Por primera vez, U. O. incluye un libro sin haberlo leído. Hacemos una excepción por el tema que trata y, sobre todo, por lo que dice su crítico: Este es uno de los libros más vivos y potentes y tremebundos e increíbles que he leído. Este es un libro perfecto. Este libro es la monda lironda. Favorito TOTAL. Si no les gusta les juro que les meto un puñetazo en la sienKiko Amat

Lo leí en un día. Eso para empezar, y encima es mentira: estaba a punto de terminarlo, y me detuve a veinte páginas del final. Porque quería que durara más, porque no quería que nos separáramos tan pronto, él y yo. Hacer el bien, de Matt Sumell, es ya mi libro favorito del 2015, y estamos apenas en febrero.

Les diré unas cuantas cosas que no son mentira: que leí la novela con un nudo en la garganta, un doble nudo, los que anudan bastardos con mala leche (o niños patosos) para que te dejes ahí los dedos deshaciéndolos. Que me sorprendí carcajeándome y al cabo de dos minutos tenía los ojos acuosos y una pena tremendota en el costalar. Una pena anaeróbica, como dice el protagonista. Que vi al instante que Sumell era de los míos, y que pertenecía a la Honorable Tradición. Que me recordó a todas estas cosas y a algunas más: … hasta la demencia salvaje de JP Donleavy.
Y sobretodo, déjenme decirles que me emocioné que no veas.

Estas son las historias de Alby, un adolescente a la deriva que va a convertirse en adulto semicalvo sin anclaje. Medio indeseable, violento, bocazas y semichiflado, pero a la vez capaz de sentir gran emoción y confusión y devastación. Un niño asustado y molesto - como el Johnny Rotten que erigió su sarcasmo como muralla- incapaz de superar la muerte por cáncer de su madre, la rendición vital del pasmado e incapaz de su padre, las peleas a golpes con su hermana (el libro empieza con Alby y ella sacudiéndose de lo lindo) o el dolor compartido con su hermano pequeño.

Hacer el bien es una colección de historias que se leen como una novela. Son cuentos terribles y gloriosos con un hilo conductor (mayormente: Alby y su familia, perdiendo los papeles allá en el vasto mundo), llenos de ternura, puñetazos en la sien, momentos de inmensa belleza y recuerdos de lo más putrefactos. Hay humor pero es bien negruzco, como el de Algo ha pasado, de Joseph Heller. Hay hermosura pero nada cursi ni melindrosa. Está escrito con pelotas, sin melodrama gratuito ni autocompasión ni ese estoy loquísimo víctima y solemne del que hacen gala algunas abazofiadas obras de la primera persona reciente.

Lo que le sucede a Alby es “todo lateral, nada vertical”. Las cosas no parecen mejorar de forma tremenda, pero hay fulgurantes instantes de iluminación, de cariño e incluso ocasional redención. A pesar de los curros infames, los tranquilizantes que Alby engulle, las borracheras cataclísmicas y la nostalgia. Hay gatos, perros, pájaros y pulgas. Hay rabia corrosiva y violencia insensata. Soledad y desorientación. Tíos gilipollas y tíos guays. Patios llenos de malas hierbas y lanchas descuidadas, novias pésimas y aburrimiento y cáncer de color marrón y un montón de drogas. Birra barata y lagos congelados, “esa combinación idónea de miedo y ausencia de miedo”, basura y círculos concéntricos de gasóleo en el muelle. Ansia de partir caras (“mi mal genio es como una inclemente oleada de armamento”) y terror abyecto. Al futuro y al pasado.

Un trozo favorito de los muchos que tengo: “Ya tenía edad suficiente para empezar a tener entradas (sin salida) en el pelo y algún que otro problema de polla. Mi madre se había muerto, mi padre estaba hecho un lío, yo llevaba desde los diecinueve años sin dormir ni cagar en condiciones, y al parecer todo aquello había pasado de la noche a la mañana. Era joven y, zas, luego ya no lo era. Y con todo el tiempo libre que tenía para estar repantigado en el muelle, no podía evitar pasarle revista a toda mi vida de vez en cuando y pensar “¿esto es todo? ¿Ocho dólares la hora y siempre con sueño? ¿No me convendría ingresar en la Marina o algo así?”. Y no porque me creyera todos los eslóganes que repiten en los anuncios de reclutamiento, sino solo porque pensé que acabaría siendo un tío con un seguro de salud al que se le daba bien hacer flexiones. Y desde mi silla del muelle, eso parecía un avance. Casi cualquier cosa lo parecía”.

 

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