Teatro del mes (noviembre 2012)

 

El otro Judas, de Aberlado Castillo

 

Ante el feliz reestreno de El otro Judas, de Abelardo Castillo,  me pregunto si tiene algún sentido agregar a una encendida recomendación del espectáculo un comentario más sobre la notable calidad de esta tragedia primogénita que fue ya bendecida por premios como el  del Festival de Teatro de Nancy (1964) o de Festivales Mundiales de Teatro Universitario de Varsovia y Cracovia,(1965), o rememorar la notable puesta en el mítico Teatro de los Independientes, del incomparable Onofre Lovero,

Sartreano de alma, Abelardo Castillo no acepta que Judas no haya tenido la libertad de no señalar a Jesús. Pero juega con nosotros, juega con las ideas que tenemos de Jesús y de Judas y de Dios, y nos plantea “si Dios existiera”(de Quien descreyó en la adolescencia, tras pensar en ordenarse sacerdote), ¿cómo podría interpretar lo que dicen los Evangelios desde mi perspectiva existencialista, kafkiana,  y borgeana, más una mirada con los poéticos ojos de Poe o Baudelaire?

Es decir, si Dios existe, si es omnisapiente, si le encomienda una supuesta traición a Judas, y se lo ordena pese a haberlo hecho dueño de su albedrío, ¿acaso no sabe que va a cumplir el mandato? Sartreanamente hablando, cuando Judas pasó a ser un “ser en sí”, cuando ya no pudo dejar de ser lo que era en el momento de su muerte, ¿murió como el judío traidor y avaro de los antisemitas o como un títere más en las manos del Señor o como un hombre auténtico que eligió cumplir con su papel de apóstol y ser el otro Judas, el que desconocen los conocedores de textos, el cumplidor de una meta por algún camino?

La libertad se ejerce en acto, nunca fuimos más libres que bajo la fuerza (¿divina?) (casi Sartre). Es gibt ein Ziel, aber keinen Weg (Kafka). También yo he sentido la inclinación a obligarme, casi de una manera demoníaca, a ser más fuerte de lo que en realidad soy. Sören Kierkegaard

 

 

Veamos palabras del mismo Castillo, recogidas aquí y allá.

 “La primera obra de teatro que vi completa en un escenario fue El otro Judas, mi propia obra, debido a que la provinciana San Pedro no contaba con salas ni recibía compañías teatrales “que valiera la pena ver.”

“Me siento muy cristiano, aunque no creo en Dios. El cristianismo es una ética, una manera de comportarse en el mundo. El Jesús que descubrí en mi infancia era un ser apasionado y subversivo, que entraba en el templo y les sacudía unos buenos latigazos a los mercaderes que comerciaban en la casa de su Padre, y que si una higuera no le daba higos la maldecía y la secaba. Un muchacho de carácter medio atravesado, digamos. Después me lo transformaron en una especie de flor azteca rodeado de pajaritos y buenas maneras. De aquella remota época viene seguramente la idea de El otro Judas. A los veinte años ya había anotado en mi diario que sentía que no podía estar en la Iglesia porque no encontraba cristianos allí dentro, y que no podía estar en el Partido Comunista porque no había comunistas allí dentro.”

 

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“Siempre he tenido una interpretación particular del papel de Judas en el desenlace de la muerte de Jesús. Creo que a través de la historia y de acuerdo al interés que ha tenido la Iglesia Católica en los distintos momentos históricos, se le ha adjudicado el papel de traidor que, según mi modesta opinión, no tuvo.”

No hacía falta que hubiera alguien que lo identificara [a Jesús], ya que todos lo conocían. Nadie podría confundirlo, ya que siempre era el orador y se mostraba en forma pública. Si el Sanedrín lo hubiese querido detener, no necesitaba de alguien que lo señalara, no tenían que recurrir a un traidor que lo entregara.”

 “Este tribunal mantenía sus privilegios y poco y nada tenía que ver con las necesidades de la gente de pueblo, cosa que sí hacía Jesús, que recorriendo todo el territorio de las distintas provincias estaba permanentemente en contacto con la gente; de ahí su popularidad.

 

“Quizás Judas, escuchando las palabras de su maestro en la forma que quería oírlas, interpretó que el mensaje de Jesús era de liberación terrena y no espiritual. Quizás pensó que si convencía a la jerarquía de los sacerdotes judíos de que Jesús podía dirigir el movimiento independentista, éstos lo seguirían, obviando el hecho que tanto el sumo sacerdote como los del Sanedrín estaban en ese momento cómodos con su estatus y se ubicaban más cerca de Roma que de Dios en esos momentos.”

“Creo que Judas no fue traidor, fue más bien un iluso al que engañaron y usaron para resguardar la posición de jerarquía y privilegio que tenían los poderosos de Jerusalén. Las treinta monedas de plata que quizás si fueron dadas en forma insultante por el servicio que les acababa de brindar fueron lo que seguramente abrieron los ojos de Judas, que al ver que su plan de conciliación había sido utilizado para atrapar a su líder y maestro, entra en tal desesperación que se suicida, no por arrepentimiento de una traición, sino más bien por la impotencia ante el fin seguro de Jesús, que había sido apresado por su ingenuidad y tozudez.”

Judas no traicionó a Jesús.

Si fuera así,  el Iscariote desempeña una función imprescindible para el cumplimiento de la misión de Cristo y no se descubre como un traidor.

 

“Yo tuve, por decirlo de algún modo, una sólida formación religiosa. Estudié en el colegio Wilfrid Baron de la orden de Don Bosco, un colegio salesiano de Ramos Mejía. Hasta alrededor de los quince años, yo quería ser sacerdote. Iba a terminar la primaria en el Don Bosco y cuando me fui a San Pedro pensaba entrar en el seminario. La vida me llevó por otros caminos, pero además la fe se retiró de mí, o yo la abandoné cuando leí a Descartes, el Discurso del método, algo que hice siendo un adolescente. Cuando llegué a la prueba ontológica de la existencia de Dios tuve una especie de revelación al revés: sentí que el Dios en el que yo creía no era ése, que mi Dios era absolutamente indemostrable (una teoría que le pasé a mi personaje) y que, si había que demostrarlo, era porque había un gran malentendido. El argumento ontológico de San Anselmo, tan matemáticamente perfecto, terminó de destruir mi fe. Mi Dios era el de la infancia: uno que no estaba muy preocupado por cómo se comportaba la gente, y que no estaba al alcance de nosotros”.

 

“En cambio yo simplemente sentí un día que Dios no existe, y al mismo tiempo me di cuenta que eso no tenía la menor importancia.

Crea si quiere y, si no, no crea. ¿Qué le va a pasar a Dios si usted no cree? ¿Qué le va a pasar a usted si no cree en Dios?”.

El colegio religioso le dio también un contacto muy estrecho con los textos bíblicos. “En el colegio teníamos una materia que era Historia Sagrada, una lectura profunda de la Biblia. Aparte, tenía un director espiritual que era una inteligencia muy avanzada y, como yo tenía un carácter más bien agresivo, me daba a leer vidas de sacerdotes aventureros, esos que se iban a curar leprosos, para ganarme por el lado más salvaje de la fe”.

 

Casi todos mis profesores durante la educación religiosa eran personas de esa clase de formación. Yo era muy chico pero recuerdo que mi director espiritual era una persona así. Yo le planteaba determinados problemas y él me explicaba que eso excedía mi comprensión, pero al mismo tiempo me tiraba una cantidad de libros por la cabeza. Pero eran tipos de una enorme amplitud, formados en la tradición jesuita. La educación religiosa daba esa posibilidad de una formación erudita y extraordinaria.

 

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Sobre la actual puesta

 

El otro Judas se inicia con un diálogo entre Judas y Juan cuando falta poco tiempo para la muerte de Jesús. Los apóstoles refieren los sucesos de la noche anterior. Juan descubre el cambio operado en la actitud del Iscariote tras la entrega de Jesús, pues exterioriza su tormento por la tarea de traicionarlo que le encomendó el Nazareno. Asimismo, expone sus dudas sobre el carácter divino del Maestro y por esta razón se enfrenta a Juan, Pedro y Santiago. Estos insistirán, a lo largo de toda la obra, en considerar a Jesús como hijo de Dios. Se evidencia así la existencia de dos fuerzas irreconciliables en disputa.

En la escena cuarta aparecen los soldados que habían arrestado al Maestro, quienes reconocen la complicidad del Iscariote. Pedro y Santiago descubren lo sucedido, repudian por ello a Judas y lo abandonan. A partir de ese momento, se observa el hundimiento moral del personaje, quien en la última escena reclama con angustia: “¡Una señal, Elí! ¡No dejes que me pierda en la noche! Dime que él era inocente, que no jugó con su hermano; dime que padeció dolor, que lloró lágrimas saladas (mostrando sus manos), que su sangre era sangre como la mía... ¡Contesta!” 

Judas no obtiene respuesta a sus demandas; sin embargo, un trozo de cuerda a un lado del escenario llama su atención. Se sugiere de esta forma la muerte del protagonista, quien concluye con una risa extraviada: “¡He comprendido!”

El autor recurre al ‘teatro de la cuarta pared’, estrategia que enfatiza el trabajo del actor destacando el empleo del cuerpo, la voz y la psiquis del mismo. Tarea que cumplen con precisión Walter Quiroz, como Judas, y Talo Silveyra, Manuel Vignau, Gabriel Serenelli, Alejandro Falchini, Rodrigo Mujico y Livia Koppman/Graciela Clusó, bajo la Dirección de Mariano Dossena.

Con este procedimiento se halla una comunicación estrecha con el espectador,  incitado a aceptar un contacto más esencial e íntimo, con los actos que ve y en los que así, de alguna forma, participa.

Abelardo Castillo nació en San Pedro (Prov. de Buenos Aires) el 27 de marzo de 1935.  

 

 


Todos los viernes 20:30 hs en el Centro Cultural de la Cooperación, Avda Corrientes 1543, Buenos Aires Tel 5070-8000 Entrada $70

 


 

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