Justicia, por Friedrich Dürrenmatt

 

A lo Gracián, seré breve, aunque no espero ser dos veces bueno, sino homenajear a un autor no muy conocido  popularmente que es dos veces excelente y, en general, sus obras tienen dimensiones humanas de lector de tiempos apresurados.

Este escritor suizo, hijo de un pastor protestante, transmite su moralismo sin abrumar, atrapando al buen lector y al que sólo espera pasar un rato. Su conciencia del mal, del mal que todos tendríamos en algún sector de la conciencia y que sólo hay que develarlo (como en El desperfecto, que es perfecta como novela breve), así como en sus originales novelas policíacas, imposibles de dejar, e igualmente en el teatro al que contribuyó obras espléndidas muy conocidas y representadas en Buenos Aires, como La visita de la anciana dama.

Justicia es una obra maestra acerca de un delirio irreal, pero totalmente lógico, posible, realizable. ¿Cuál? El de un prestigioso consejero cantonal suizo, por todos respetado, que un día entra a un restaurante, saluda a un viejo conocido y lo mata de un tiro a la vista de todos los comensales. Inmediatamente juzgado y condenado, el asesino encarga una investigación que parta de la premisa de que él no es culpable. La novela funciona como un exacto revés kafkiano, en el que desde el comienzo el lector y el protagonista saben lo que va a ocurrir y prácticamente el por qué. Sólo que la angustia, la desesperación y los conflictos éticos se suceden con un vértigo implacable que se sostiene hasta el final.

Prometí ser breve: no se pierdan el centenar y medio de inolvidables páginas que conforman su última novela publicada en castellano. Se van a sorprender ante la habilidad y el arte con que dice lo suyo, nos lleva de escena en escena, y terminamos la novela (Justicia) deleitados e incrédulos, casi filosofando.

 

 

 

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