Neblina del ayer,  de Leonardo Padura                                                https://encrypted-tbn1.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTuI4wYKdpQEa83ht7KNiXKgbkGEM7X8EH7Jru8f3Qz_Fd6xT8pKQ

El ex policía Mario Conde es un detective peculiar. A diferencia de la gran mayoría de sus colegas en la literatura policial, le dio por envejecer, y desaparecer. Pero, como confiesa el propio Padura, una invitación para volcar en cine las aventuras de Mario Conde lo lanzó de cabeza a los cajones donde había arrumado al polvoriento personaje que así volvió a las andadas. Así Mario Conde sale a patear de nuevo las calles de La Habana en esta nueva novela, La neblina del ayer.

Mario Conde envejece y madura. Lo que remite a la madurez de Padura como novelista.      Ya la violencia, por ejemplo, no se reparte de manera gratuita por cualquier quítame estas pajas, ahora se administra y hasta se medita, lo que la reduce a escasos, mínimos momentos por parte del Conde. Ya no hay apuros por llegar (¿a dónde, si ya salió de la policía?), ahora sólo se espera con calma —lenta, reflexivamente— a que comience el regreso.

La acción, el ímpetu por el porvenir ya no están en él sino en su nuevo socio, el irreverente y siempre sorprendente Yoyi el Palomo, el cubano que siguió a aquél "hombre nuevo" del cual, ahora más que nunca, Mario Conde se descubre como una melancólica y desconcertada evocación. Es el Palomo el que constantemente le muestra una "nueva Cuba" que el propio Conde, con todos sus años en la policía y en la vida, jamás conoció y, por lo visto, ni siquiera sospechó. Y esas reflexiones y descubrimientos, ciertamente duros y a contracorriente, sólo son posibles para alguien que se tomó una pausa en la madurez.

     Creo que esto es lo que permite un capítulo tan sublime como el de la cena pantagruélica que, ¡por fin!, después de tantos años de hambre y penuria, se regalan junto a todos sus amigos. Una manera de festejar y celebrar lo vivido aunque, como en este caso, la abundancia momentánea (porque todos, aunque no lo dicen en alto, tienen la terrible certeza de que están ante algo pasajero) suponga el cruel inventario de infinitas carencias. Toda esta primera parte de la novela, donde se da cuenta de esa inclemente relación entre el cubano y el hambre, es de los textos más elocuentes y desgarrados sobre la cotidianidad en la isla en estos últimos tiempos.

     Pero, regresando al tema de la madurez, el verdadero alarde de Padura radica en la fractura que plantea ante lo que podríamos llamar el esquema convencional de la novela policial: ha ocurrido un crimen, sobre la sangre todavía fresca del cadáver comienza la pesquisa, un asesino anda suelto y es perentorio atraparlo de inmediato. Pero si el crimen no ocurrió en las primeras páginas, sino hace ya muchos años en la vida de los personajes, ¿cuál es la urgencia en buscar a un asesino que quizá también ya esté muerto? Y si esa "urgencia" no existe en la pesquisa, es extraordinario cómo el lector es cautivado por una lectura ya no necesariamente marcada por la emoción y el suspenso.Hay ahí una novela cautivadora y de mucho interés. https://encrypted-tbn1.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcRwkSAoBrke529jejkplQF8ci90s9GdKjBchFcKn-ZEwhhvUZTF9w Padura va hondo. Hasta donde tengo entendido, casi todo es ficción. Sobre lospersonajes que despliega la novela, está el maduro Conde abriendo una obstinada pesquisa, absurda y apasionante, que le permite al lector trazar hilos, sutiles pero sólidos, entre la Cuba pre y post revolucionaria. Ello sin dejar de lado el marco magnífico que supone una biblioteca donde los libros más caros (para el crimen y la novela) van dejando referencialmente hitos reveladores de la historia de la isla, con las víctimas y los victimarios, los testigos, las costumbres desu país Se logra una novela que, tanto para sus personajes "actuales" como para el lector, siempre va a mayores, incrementando el interés, el vértigo que supone la intriga, como lo exige el canon más riguroso del género: la necesidad de saber qué pasó, qué va a pasar ahora...

Si la primera parte, "Vete de mí", es la parte del hambre (inevitable referirla así después de todas las penurias del Conde y la culminación en el festín); la segunda, "Me recordarás", es la del infierno: escalofriante, sencillamente, el descenso que suponen los anillos a partir del barrio chino.

(Tomado de César Miguel Rondón)

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