El perfeccionista en la cocina (The Pedant in the Kitchen) Por Julián Barnes, 2003

                    O verdurita en la cabeza del dentista

Los artículos que  Julián Barnes publicó varias semanas sobre la ordalía de la cocina hogareña exploraban un  territorio familiar para el dentista que haya intentado por lo menos  producir un huevo duro -- la duda, el temor, la brecha entre lo previsto y la realidad, esos momentos de  pánico en que las recetas de pronto abandonan al cocinero aprensivo por la mitad de un plato y lo dejan preguntándose si es ése u otro el momento de añadir un ingrediente y los mil terrores de los que el ego del cocinero hogareño es heredero. Estamos más acostumbrados los dentistas a técnicas minuciosamente descritas paso por paso

Barnes hizo esto con ingenio, gracia, información e inteligencia que mostraban cuán anodino es la mayor parte de lo que se escribe sobre cocina contemporánea. Este libro es una recopilación ordenada de aquellos artículos. Que no han de ser ingeridos de una sentada, como una gran comilona, sino que es preferible leerlo como fue publicado: un capítulo por semana… si la ansiedad no domina.

Aunque suene algo pedestre, el odontólogo que encare este libro recordará las “recetas” minuciosas para confeccionar una prótesis o para cortar a un paciente. Pero, ojo, no es un libro de recetas, sino de consejos y comentarios divertidos sobre los libros de recetas.

El perfeccionista en la cocina no se ocupa de si cocinar es una ciencia o un arte; se conforma con que sea una artesanía, como la carpintería o la soldadura casera [o la odontología]. Tampoco es un cocinero competitivo. Le sorprendió descubrir que la jardinería, no obstante su aire de serenidad anterior al pecado original, es ferozmente competitiva y con frecuencia una actividad practicada por los envidiosos, los embusteros y los delincuentes sigilosos. Sin duda hay cocineros competitivos, pero el perfeccionista no pertenece a ese grupo. Se contenta con cocinar alimentos sabrosos y nutritivos; sólo pretende no envenenar a sus amigos; sólo desea ampliar poco a poco su repertorio.

¡Ah, que pathos el de esos «sólo»! Con estas aspiraciones de artesano, nunca va a inventar sus propios platos. Podría cometer de vez en cuando algún acto venial de desobediencia, pero es, en esencia, un esclavo del recetario, un seguidor de las palabras ajenas. Así pues, está siempre atado a la roca del perfeccionismo: no donde el come hígado, sino donde le comen el suyo.

El perfeccionista aborda una nueva receta, por sencilla que sea, con inquietudes antiguas: las palabras destellan ante él como señales de «¡alto!». ¿Esta receta está descrita de un modo tan impreciso porque hay un feliz margen —o, más bien, una libertad temible— de interpretación, o porque el autor o la autora es incapaz de expresarse con mayor exactitud?

 

Para terminar de tentarse con este plato (libro), vea su párrafo inicial  en para la odontóloga.

 

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