HISTÓRICAS     

   ¡Nos quisimos tanto… en el XVIII!

Nos queríamos, nos llevábamos bien y hacíamos lo mejor que sabíamos por nuestros pacientes… en el XVIII. Todos aportamos algo a las futuraciones generaciones de expertos de los dientes, quizá siguiendo el ejemplo precursor (1728) de mi buen amigo Pierre Fauchard (cuya vida conté noveladamente en mi Fauchard enamorado, ed. Museo de la FOUBA – copias en la Biblioteca de la AOA). Fueron buenos tiempos aquéllos. Por esa época, más o menos 1740, el Parlamento autorizó como experte pour les dents a la primera mujer, Mlle Marie Madeleine Calais. Y los cirujanos dentistas comenzamos a disfrutar de la compañía femenina de nuestras colegas.

Contemporáneo nuestro fue Robert Bunon (1702-1748), autor de cuatro tratados dentales publicados entre 1741 y 1744 y que gozó un tiempito del honor de ser el dentista de las princesas reales (al año del nombramiento falleció). Sus trabajos fueron algunos dirigidos a la Academia de Cirugía, pero en su mayor parte estuvieron consagrados a la etiopatogenia de las caries. Bunon se opuso a la idea entonces predominante de que a las mujeres embarazadas no se les podría practicar extracciones. Indicó el uso de prótesis bucales para el tratamiento de las fracturas de la mandíbula.  "A través de dos agujeros ligaba a la arcadas" un bloque de marfil. Creo que entre nosotros fue el más grande, después de Fauchard, y el primero que se interesó por conocer el desarrollo embriológico de los dientes, con audaces estudios sobre vivos y sobre cadáveres.

Aunque su obra "Expériences et démonstrations faites à l’hôpital de la Salpétrière..." no es exactamente autobiográfica, constituye un testimonio importante sobre el ejercicio de la odontología en aquel tiempo; sobre todo, el capítulo preliminar. El dentista curioso, el lego inquieto encontrará detalles después un breve esbozo de la vida de mi contemporáneo (¡a fe de Highlander que soy!).

Robert Bunon nació hace poco más de 300 años en Châlon, en Champagne. Châlon era una ciudad importante, con vocación hospitalaria, en medio de batallas y repleta de heridos. Al respecto, él escribiría que de muy joven lo atrajeron los aspectos de la cirugía que conciernen al dentista. De ahí que buscara profundizar sus conocimientos recorriendo ciudades y acudiendo al extranjero. En todas partes vivió la necesidad de obrar contra la insuficiencia de un arte que no iba a las fuentes del mal y extraía los dientes cariados y flojos.  Sus estudios le aportaron poco, hasta que se encontró con la obra recién aparecida de Pierre Fauchard (1728). Le Chirurgien Dentiste reforzó su deseo de prevenir en vez de destruir, de encontrar el origen del mal gracias a “la experiencia y a la reflexión, el hábito de reflexionar y el genio observador que conducen a los descubrimientos.”

Estimulado por la lectura de Fauchard, que admira, se formula el plan de seguir el desarrollo de los dientes, desde el germen en el feto hasta la edad más avanzada para sorprender cualquier relación significativa. Tras todos estos estudios, hechos con rigor actual, en 1737 rinde examen en San Cosme y se recibe de cirujano dentista de París.

Se casó y tuvo una hija en 1741, un varón en 1742 y otro más en 1744. A modo de marketing, en 1741 publicó en el Mercurio de Francia dos “disertaciones”, con la ayuda de un gramático:

·         "Dissertation sur un préjugé très pernicieux concernant les maux des dents qui surviennent aux femmes grosses."

·         "Dissertation sur un préjugé concernant les dents œillères."

Ambos, evidentemente, contra dos prejuicios (que subsisten) en relación con el embarazo y con el “diente del ojo”.

Su obra principal (Essay sur les maladies des dents, où l'on propose les moyens de leur procurer une bonne conformation dès la plus tendre enfance, & d'en assurer la conservation pendant tout le cours de la vie. Avec une lettre où l'on discute quelques opinions particulières de l'auteur sur l'orthopédie (Paris: Briasson, 1743) la entregó para una primera lectura de M de la Peyronie, que permitió su publicación, y a M Caperon, dentista del rey. Mereció comentarios de una página entera en periódicos de la época.

El apoyo para confirmar el contenido de su trabajo habría de obtenerlo en el Hospital de la Salpetrière, una verdadera ciudad dentro de la ciudad; con su iglesia, talleres, negocios, fábricas, escuela y prisión, con entre 10 y 15000 personas. Ejercía, además, la profesión en su propio domicilio.

Escribió que temblaba ante la proximidad de sus pacientes por los males contagiosos de gente que debía tocar una y otra vez para reconocer el estado de sus bocas. Gente que mentía su nombre por temor o que desaparecía sin avisar.

Pero logró por fin, en 1744, que M de la Peyronie acudiera al hospital para supervisar en persona sus afirmaciones, una especie de lo que llamaríamos presentación y demostración de casos. Algo similar debió hacer después ante la Academia de Cirugía, la cual declaró su aprobación, firmada por Quesnay y recibida por Bunon en 1745. Este éxito derivó en el trabajo mencionado sobre el Hospital y en su nombramiento como dentista de Mesdames (1747).

Falleció al año siguiente, quizá víctima de las enfermedades que temía contagiarse, cortada en plena madurez una vida que pudo dar mucho más a nuestra profesión.

Fue un precursor de la paidodoncia, un estudioso de las causas primeras de las malformaciones y de las técnicas de la prevención. Como homenaje tricentenario, estos aspectos serán considerados en las secciones de ESENCIAS dedicadas a caries, y prevención (HAGA CLIC).

La Asociación para la Salud Bucal moderna podría adoptar unas palabras de Bunon para transmitirlas a padres y dentistas. A aquéllos les aconseja inspirar a sus hijos “desde muy pequeños el gusto por la limpieza de la boca y la aversión a los dientes sucios y mal acomodados.” Y a éstos les insiste en la necesidad de brindar el mejor de los cuidados a la boca de los niños.

                       Horacio Martínez

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