HISTÓRICAS     

  Voltaire, el desdentado filósofo  

 

El mordisco de Voltaire podía ser tan venenoso como el de una yarará, tan destructor como el de un cocodrilo, tan mortal como el de un tiburón. ¡Cómo habría sido si hubiera tenido dientes!

El filósofo, novelista y poeta que satirizó como nadie las costumbres y creencias, expulsado de París por la Iglesia Católica, era un recalcitrante hipocondríaco que durante toda su vida se quejó de trastornos gastrointestinales, gota, escorbuto, reumatismo, fiebres, bronquitis, constipación y problemas dentarios, para todo lo cual se automedicó profusamente y despreció las indicaciones de los mejores médicos de su época. Y no consultó con nuestro Padre, Pierre Fauchard, ni aun teniéndolo a mano.

En la colección de 21.000 cartas de él hay referencias a su estado de salud.Tuvo sus enfermedades reales: padeció viruela, gripe, erisipela, pulmonía, hipertrofia prostática, ataques apoplécticos… y murió, siempre quejoso, a los 84 años, en 1778. Un secretario suyo escribió: “Tenía una constitución extremadamente fuerte, no obstante lo cual padecía diariamente problemas intestinales, que lo ponían de un humor tremendo. Tomaba purgantes dos a tres veces por semana y enemas de jabón. Él quería que lo trataran como enfermo y se ofendía si le señalaban su buena salud. “Es inconcebible que un hombre tan fuerte y tan filósofo tenga tales temores sobre su salud, tales ridículas preocupaciones de hipocondríaco y afeminado. A la menor molestia, ya se está purgando.” Se jactaba de haber estudiado a Sydenham, Friend y Boerhave entre otros grandes médicos , pues no confiaba en ninguno. Los satirizó en todos sus obras, como en la novela Zadig, por su pedantería de latinajos.

Hasta los 53 años no aparece en sus cartas queja algunas por dolencias dentarias, pero en 1752, tres años después, declara explícitamente que llegó a la corte del rey de Prusia con 20 dientes, lo cual haría suponer que los perdió en Francia, habiendo sido tratado sólo con jarabe de pelícano. En carta de 1749, escribe al rey Federico que una enfermedad que lo postró seis meses había dañado sus dientes, que lo torturaban, y que sus encías no habían mejorado nada. Lo trataron antiescorbúticos y extracciones. Y siguió perdiendo dientes hasta quedar tan desdentado como se lo aprecia en el famoso busto de él, reproducido persistentemente, que realizó Houdon. Menos conocidos son los muy abundantes dibujos que trazó Huber durante los últimos años del filósofo, en Suiza, donde a lo sumo conservaría algunos dientes anteroinferiores.

El Dr. Philias R. Garant, pese a ser notable especialista en periodoncia y decano de la Facultad de Odontología De Stony Brook, N. Y., no desdeña la historia y se entrega entusiasta y capacitadamente a ella y dice, en un docto trabajo:

“La estomatitis mercurial era corriente en los siglos XVI y XVII. Hemard, en su tratado primigenio sobre odontología, de 1582, dedicó un capítulo entero al aflojamiento de los dientes por la ingestión de mercurio empleado para el tratamiento de la sífilis y, en forma más crónica, por la absorción de mercurio de cosméticos que lo contenían y eran populares entonces. Mejor conocido como agente de elección para tratar la sífilis,  el mercurio era masajeado o ingerido. El sulfuro de mercurio, aunque considerado menos tóxico, no sería totalmente inofensivo.” Otros autores hablan directamente de periodontitis crónica como culpable de que Voltaire pasara de ser el buen mozo de 24 años del cuadro de Largillière a la escultura de Cyffle, casi 15 años posterior, donde se aprecia la pérdida de varios dientes su periores.

La verdad de sus padecimientos bucales podría estar entre un problema escorbútico y consecuencias locales dentarias (tal como lo describió Pierre Fauchard y lo ignoraron los médicos y dentistas de Voltaire) y los problemas estrictamente periodontales, tratados ya por nuestro Padre y discípulos y colegas como Lécluze, quien conoció al satírico escritor demasiado tarde para ayudarlo. Afirma Garant que bien pudo agravar el cuadro, además, una intoxicación mercurial.

 

                                             Horacio Martínez

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