HISTÓRICAS     

 

El mal aliento de Voltaire

 

Voltaire, pobre, tuvo mal aliento, pero se le pasó cuando perdió todos los dientes. Muertos los dientes, muerta la halitosis. Cierto, aunque no sea la solución ideal.

Gran parte de su vida sufrió de los dientes, obvias caries y una enfermedad periodontal de aquellas que se reconocen por el olfato a varios pasos prudentes de distancia. Veamos la historia odontológica de ese notorio hipocondríaco que fue François Marie Arouet (o sea, Voltaire) nacido en París el 21de noviembre de 1694..

En su Dicicionario Filosófico, escribió: Se cree que el rey Amasias hizo arrancar todos los dientes del profeta Amos para impedirle hablar. No es que no pudiera hablar para nada sin dientes, se han visto viejas desdentadas muy parlanchinas, pero una profecía debe ser enunciada muy claramente, y un profeta desdentado no es escuchado con el respeto debido.

 

No ofenderé al lector ni a Voltaire rememorando aquí quién fue. Como introducción, sólo diré que con punzante ingenio en su novela Zadig manifestó su desdén por la pedantería médica de la época. Actitud crítica acorde con su espíritu cuestionador de la vida misma, que no aceptaba absolutamente nada sin reconsiderarlo. Había leído mucho de medicina y había tenido trato con los médicos y dentistas más destacados de su época Esto lo condujo paulatinamente a pensar que podía tratar sus padecimientos menores por sí mismo. Hay evidencias sobradas de que más de una vez consultó sus volúmenes fisiátricos para medicarse.

Voltaire, que a los 24 años era bastante buen mozo, a mediados de su vida padeció el deterioro de la pérdida de los dientes, por lo que entonces llamaban condición escorbútica crónica. Hoy diríamos “enfermedad periodontal avanzada.” En el s XVIII podía estar  complicada con escorbuto y terminar con todos los dientes flojos. La frecuentada imagen de Voltaire según la escultura de Houdon reproducida en grabados, muestra un anciano enflaquecido con obvio colapso facial resultado de la pronunciada reabsorción alveolar y la permanencia de quizá un solo diente inferior. Su edentulismo es evidente en los dibujos hechos por su amigo y compañero constante, el artista Huber, quien lo dibujó del natural en su retiro de Ferney.

La primera mención que hace Voltaire de sus problemas dentarios aparece en una carta dirigida a Federico II, en 1752: “Padecí una enfermedad que me dejó sordo de un oído y me hizo perder los dientes.” “Me está matando,” dice dos años más tarde. Se puede suponer que era otro ataque de origen dentario, pues añadió en esa carta a Berlín que tanto La Mettrie como Codenius, médicos de la corte de Federico II  le recetaban antiescorbúticos. Poco después se queja de la cruel enfermedad que roe mis mandíbulas y no me deja masticar la comida..” A la semana, da la clave: “mis encías  no mejoran.”  Y  agrega, con su usual sarcasmo, que tiene gran fe en La Mettrie, por ser “quien ha escrito mejor de su profesión.” En verdad, La Mettrie había sido un duro crítico de sus colegas [como vimos en otra sección histórica, en U.O.] En agosto de ese 1752, Voltaire escribió a su sobrina: “... después de haber pasado por las manos de médicos, charlatanes y cocineros.... he llegado a vivir confortablemente   seis meses con mi rey, comiendo como un demonio y tomando, como él, un poco de ruibarbo y un polvo, cada tres días.”El rey me hace feliz siendo el hombre que padeció seis meses la cruel enfermedad que me hizo perder casi todos los dientes. Apenas se me entiende cuando hablo.” La referencia a charlatanes indica una visita a un sacamuelas, la medicación y una dieta especial tras las extracciones.

La Mettrie, tan materialista [ver en U. O.], que había publicado en 1751 su más escandalosa obra, “Discurso sobre el  placer,” murió por intoxicación alimentaria. Voltaire y otros atribuyeron su muerte a una indigestión por haberse comido un pastel entero de faisán y trufas. Voltaire, amante de las ironías, no  pudo omitir el tema de los dientes y en una carta al  Duque de Richelieu puso que el embajador de Francia en Berlín era el segundo glotón, después de La Mettrie, y que se habían muerto ambos convencidos de que dios hizo al hombre para comer y beber... tenían los más perfectos dientes del mundo, que usaron algunas veces para mofarse de los demás, pero demasiado a menudo para masticar de más...

 El hipocondríaco Voltaire tomó muy a mal su desdicha. “He perdido mis dientes. Estoy muriéndome por partes..” En 1754 escribió a la duquesa de Saxe-Gotha: “¡Qué bella figura haría yo en su corte! Parezco el autómata exhibido en París; sabe pronunciar el alfabeto y articula unas pocas  palabras; suficiente para un maniquí de cuero, pero no para un ser pensante.” Y, nuevamente, en 1757, sobre su  retrato para la Academia Francesa, pide que le pongan dientes y mejillas.

Raspail, en la Revue Complimentaire des Sciences Appliquées (1855—1856), habría sido el primero en sugerir que el edentulismo de Voltaire era el resultado de envenenamiento mercurial crónico por el uso de las píldoras de Stahl, de sulfato de potasio. nitrato de potasio y sulfuro de mercurio, o cinabrio. Hay quienes piensan que no es suficiente la evidencia para la teoría mercurial, y que se trataría sólo del problema escorbútico que sugirieron sus médicos. Quizá, considerando que Voltaire perdió sus dientes entre 1749 y 1751, y en sus cartas manifiesta que estuvo tomando las píldoras de Stahl desde como mínimo  1747 hasta la década de 1750, al menos sería un factor agravante.

La estomatitis mercurial, común en los s. XVI y XVII, resultado del tratamiento de la sífilis, ingerido el mercurio para su tratamiento o aplicado en cremas cosméticas. Si bien el sulfuro de mercurio es menos tóxico que otros compuestos mercuriales, de ningún modo es inofensivo.

Sobre la base de algunos cuadros, hay autores que suponen que fue entre 1736 y 1749 cuando Voltaire perdió varios dientes, víctima de periodontitis crónica, pero él en la correspondencia nada dijo de su dentadura hasta 1749. Si a Voltaire le extrajeron los dientes, pudo ser por esa periodontitis avanzada o porque nunca recibió la atención debida. La destrucción de sus tejidos periodontales pudo agravarse por la intoxicación mercurial, situación irreparable.

Si quienes lo atendieron hubieran leído con  atención el libro de Fauchard, Le Chirurgien Dentiste, habrían visto el capítulo dedicado a los efectos del escorbuto, común en marinos y zonas costeras. Pero, en particular, donde dice; “Hay una clase de escorbuto de la que ningún autor se ha tomado el trabajo de hablar y que, sin afectar otras partes del cuerpo, ataca las encías, alvéolos y dientes.” Y agrega que esta forma local no mejora con la medicación interna, pues tiene un origen local en los dientes.

El notable texto de Fauchard no estaba en su biblioteca privada de más de 3000 títulos, de los cuales 60 eran libros de medicina. Voltaire fue el “enfermo imaginario” por antonomasia, quejoso toda su vida de sus problemas de gota, trastornos intestinales, reumatismo, fiebres y constipación. Por las marcas y notas marginales que contienen, está claro que consultó sus libros médicos y que se medicó a sí mismo, al tiempo que ignoraba las prescripciones de algunos de los médicos más notables de su tiempo. De todos modos, los textos de entonces, previos al de Fauchard, sólo repetían viejos conceptos desde la época de Aristóteles hasta allí.

Lecluze podría haberlo ayudado, pero no hay evidencias de que lo haya conocido antes de 1760 [ver en Universo, y en Fauchard enamorado, novela de quien esto escribe (H.M.)] Y en esa época, Voltaire estaba casi completamente  desdentado. No habría contado, por tanto, en el momento necesario con un buen cirujano dentista, sólo médicos.

Y así va la historia.

[No me detengo más en las enfermedades generales que no nos atañen. Pero se pueden encontrar en el valioso trabajo del  erudito Garant PR (Quintessence Int, 1991: Voltaire, medicine, and dentistry.mayo;22(5):405), que abunda en detalles.]  

                                                                      H. M.

 

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