HISTÓRICAS     

  Historia de la sonrisa dientosa

La sonrisa de la Gioconda ha merecido muchos comentarios de los 

críticos de arte. Como que alguno hasta llegó a decir que en verdad 

era un joven amigo íntimo del pintor o él mismo travestido. Lo que 

no puedo entender es cómo hasta Colin Jones nadie observó si algún 

pintor había plasmado en la tela sonrisas con dientes.

Dice el Prof. Jones que debían llegar los tiempos de Fauchard para 

que se posara con sonrisas dientosas... ¡A ver si todavía el artista las 

representaba destruidas por las caries! Poco después de la merte de 

nuestro Padre y poco antes de la Revolución, en el Salón de París de 

1787, se exhibió un autorretrato de Mme Elisabeth Louise Vigée-Lebrun, 

con su hija en brazos y ella con una discreta sonrisa de labios separados

 y exhibición de dientes. Charles Lebrun, pintor del s. XVII, había 

puesto en palabras la silenciosa convención adientosa que regía desde 

la antigüedad; quizá porque la boca abierta en el arte occidental 

significaba exhibir dientes en mal estado y esto revelaba al plebeyo, 

insano, grotesco o sujeto a pasiones extremadas, con la razón y la 

seriedad dejadas circunstancialmente de lado.

El Profesor Colin Jones, quien se propone escribir un libro sobre la 

historia de la sonrisa (quede constancia aquí de que hablamos de 

sonrisas, no de mera exposición de dientes o de su ausencia), comentó 

hace un tiempo que sería interesante preguntarse por qué cambiaron 

estas convenciones artísticas en cierto momento y si estaba ello 

vinculado con los cambios sociales y culturales. Por cierto, no puede 

ser casualidad que el cuadro se exhibiera dos años antes de la 

Revolución Francesa y tras la aparición de dentistas dedicados a su 

profesión y a la divulgación de sus conocimientos y de la prevención. 

(Como el crítico Leo Steinberg lo refutó con una lista de cuadros 

dentados anteriores, el Prof. Jones se pregunta cuántos de los dientes 

que señala aquél se corresponden con las convenciones mencionadas 

de Charles Lebrun. Quienes tengan una curiosidad al respecto pueden 

ver el apéndice de esta nota.)

Aun de la emperatriz Josefina se dice que pasaba horas ante el espejo 

aprendiendo a sonreír sin mostrar los dientes. Y si eso le fallaba, era 

toda una maestra en el arte de usar el pañuelo para taparse la boca y 

ocultar las fallas dentarias. Bueno, gracias a ella prosperó la industria 

textil, pues las mujeres volvieron a adoptar la moda del pañuelo que 

había fenecido.

¡Cómo cambian las costumbres! Los más preclaros nobles, hasta muy 

poco antes de Fauchard, no consideraban mala educación escupir en 

el suelo... Siempre que después aplastaran el esputo con el pie. Fauchard, 

sus contemporáneos, discípulos y descendientes cuidaron la belleza y les 

quitaron a los dientes el tuf, como decían ellos, o la toba, como decía 

Quevedo. Y como seguimos haciendo nosotros. Y seguiríamos, si no 

aprendiéramos de la historia. ¿O no es historia útil saber que la famosa 

Reina Isabel de Inglaterra tenía la boca a la miseria por estar todo el 

tiempo con golosinas al alcance de la mano y de la boca?

Apéndice

Afirma Leo Steinberg que Antonio Pisanello (1395-1455) –de cuya obra quedan pocas muestras, como dos frescos en Verona (un San Jorge) y otro en el palacio ducal de Mantua y unos cuatro paneles pintados – habría registrado bocas dentadas. Conozco solamente su retrato del emperador Segismundo, en cuya boca abierta se ven los dientes, pero el feúcho ese no sonríe ni por casualidad. Y agrega que de Mantegna registró 23 casos dentados, de los que recuerdo un Niño Cristo en brazos, desdentado, unos cuantos ángeles cantores no mucho mejores ni sonrientes (como que están cantando, ver fig.), unos dioses en guerra, que seguramente no sonríen y menos los dos Sebastianes (que si sonriera les dolerían las flechas clavadas), un Jerónimo demasiado ocupado con los leones y un Jesús resurrecto que muestra beatíficamente los dientes, que no pertenece a la historia de la sonrisa. Así como dice muy bien este crítico, se ven dientes a carradas en dibujos de Leonardo, en la Sibila de Miguel Ángel, pero es como el caso que cita de Lucas van Leyden con una extracción dental en escena, donde no es por cierto una sonrisa lo que se ve, o el de Brueghel, con una vieja ni simpática ni sonriente, con mala dentadura (ver fig.).

En cambio, sí se puede ver una sonrisa en el Niño Cristo de Domenico Beccafumi (1486–1551), dos siglos antes de la pintora francesa, o tres lustros en la encantadora joven de William Hogarth (ilustradas ambas aquí). Como no se trata de tomar partido, que se rompan ellos los cuernos y dediquémonos nosotros (sin olvidar los sufrimientos y su prevención) a la creación de nuevas sonrisas resplandecientes.

                               Horacio Martínez

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