HISTÓRICAS     

   Sexo y dientes

                           

En este mundo loco, loco, loco en que habitamos, y cada día más loco, y menos habitable, en áreas muy distantes entre sí, en algún momento se vinculó la relación sexual con las enfermedades dentarias. ¿Qué tal si averiguamos qué hay de cierto en ese vínculo?

Los chinos ya hablaban de esto, según cuenta P. P. Dabry, en su libro La médecine chez les chinois, y llamaban ya-tong al dolor de dientes, con nueve  variedades (fong-je-tong, fong-la-tong, ye-tong, han-tong, tou-tan-tong, yn-hiue-tong, tchong-che-tong), con las dos restantes atribuibles a una debilidad general, consecuencia del abuso del coito. Se cura con aplicaciones locales sobre el lugar dolorido. También da remedios para el caso de que el exceso coital haya aflojado los dientes.

Lo citado ocurría ya en tiempos del Emperador Shen Nung (3700 a.C.), quien en su libro Pen Tsao aconsejó gran variedad de tratamientos dentales. Siglos más tarde, un francés cuyo nombre prefiero olvidar llevó una peregrina tesis al Brasil, en tiempos previos al V Congreso Paulista, y declaró a la prensa local que las extracciones dentarias disminuyen la virilidad. “Lo cual fue acogido con gran protesta por los desdentados y con gran aplauso por los freudianos que ven una castración en cada extracción. El revuelo fue tal que en defensa de los castrados (quiero decir, extraídos), las autoridades del Congreso formularon fuertes desmentidas en el diario O Estado de Sao Paulo.

Francisco de Quevedo escribió: ¡Oh, capón, nave sin velas, / medio hombre, medio mujer! / Muy bien tenéis de comer, / pero fáltante las muelas.

Para no abundar, remito al lector a igual título en la sección Digresivas.

 

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