HISTÓRICAS     

     EL SEXO DÉBIL

                                                            

Lo de sexo débil es un decir ya casi tan viejo e inútil como la tecnología previa al CD (CD no es sigla de cexo débil), como que una colega argentina demostró tener más agallas que el resto de la profesión al enfrentar a la odontología organizada y corrupta. Pero aquí se trata de otra historia, que demuestra que poco hay tan perimido como creer que existe ámbito alguno donde la mujer no pueda lucir las mismas antiguas medallas.

Ya en 1292 pagaban impuestos mujeres barberas y hasta a algunas doctoras o cirujanas les habían hecho juicios de mala praxis. Sin embargo, siguieron ejerciendo y hasta podría decirse con mayor caridad, pues cobraban menos, aceptaban pacientes más pobres y hasta atendían sin cobrar. Que no se lo prohibía entonces su gremio (guild). Al llegar el siglo XV, ya eran tantas que los hombres, viendo amenazado su lucro (todo se conserva), obtuvieron que en 1485 Carlos VIII de Francia emitieron un decreto para retirarles el derecho de ser cirujanas.

En el siglo siguiente, según José de Paiva Boleo, se confirma específicamente la presencia en París de una mujer dentista con una imagen de un paciente siendo atendido por ella y el siguiente texto al pie: “No me toques. Es mi último diente y yo, con mis encías vacías, con un gran pesar. No me sacarás más dinero. ¿Cómo harás, vieja astuta? ¡Vete al infierno, arrancadora de dientes malos!”

Hay referencias muy indirectas y dudables de mujeres que extrajeron dientes en los tiempos más antiguos. Quién sabe. No se escribe ni se deja constancia de quien no llama la atención por malas razones. Me suena, en cambio, absurdo hablar de Santa Apolonia, patrona de dentistas y pacientes, quien murió en el año 259 en Alejandría, como si hubiera sido dentista. Más bien fue resignada mártir, torturada con arrancarle todo los dientes (sin anestesia). A esta virgen de avanzada edad, en el s. XIV se la entronizó en el altar y se le asignó el 9 de febrero para recordarla, el siguiente al de Apolo, patrono griego de la medicina, dios del sol.

A la Sra. Dawson, viuda del Cirujano Barbero John Bryckett, se le prohibió justo a mediados del s. XVI que siguiera exhibiendo la tela con dientes cosidos como muestra de que continuaba el oficio  de su difunto marido. Un siglo más tarde, Whitlock, ensayista inglés, las maldecía y calificaba de “afroditas charlatanas” y de “profesionales de enaguas”. El también inglés y escritor Henry Fielding, cuando estaba por partir hacia Portugal, en 1754, se encontró con que su esposa estaba sufriendo tremendo dolor de muelas y debió acudir a “una mujer de gran eminencia en el arte” de curar estos problemas, según su sirvienta local. Según el historiador Menzies Campbell, por ese entonces practicaban la odontología unas 14 mujeres en Gran Bretaña y con mucho éxito algunas.

Una hacía hasta trasplantes, la Sra. de St. Raymond, quien les quitaba los dientes a menesterosos de York y se los colocaba a damas y caballeros. De sto dejó constancia el famoso caricaturista Thomas Rolandson, en 1787. Una Sra. Levis, cuyo marido también era dentista (y no usaba Levis, pero creo que llevaba los pantalones), ejercía a domicilio: “Realizaré el tratamiento dental en el propio hogar de las damas que lo soliciten, con la debida anticipación.”

Mucha agua ha corrido desde entonces, pero ya es casi historia contemporánea, hasta llegar al momento en que en la FOUBA son más las mujeres que estudian odontología que los varones. Y nada débiles, aunque sí hermosas.

 

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