HISTÓRICAS     

  Su Majestad, 

                           Jean Thomas, Rey de Marketineros

No se crea nadie que se inventó ahora la mercadotecnia dental. Se adelantó  en París, s. XVIII, el increíble Jean Thomas, un personaje del que ya hemos hablado         en U. O., el rey de los sacamuelas, graduado como expert pour les dents y doctorado  como charlatán, fascinante prócer, objeto de múltiples homenajes. Sebastián Mercier (1740-1814), en sus Tableaux de Paris, “El Puente Nuevo” (T. II, C 50), lo describe: “… En otro tiempo el gran Thomas, el corifeo de los operadores, tenía su escenario sobre el Puente Nuevo. He aquí su retrato fielmente trazado para satisfacción de   aquellos que no le vieron:

Se le reconocía de lejos por su talla gigantesca y la amplitud de su vestimenta; subido sobre un carro de acero, su cabeza levantada y tocada con un penacho centelleante competía en el Puente Nuevo con la estatua de Enrique IV.

Su voz de macho se hacía oír en las dos extremidades del puente a un lado y al  otro del Sena. La confianza pública le rodeaba y la furia de los dientes parecía expirar     a sus pies.

La muchedumbre apiñada de sus admiradores, como un torrente que no cesa y siempre sigue igual, no podía dejar de contemplarlo. Las manos, levantadas en todo momento, imploraban sus remedios y se veía huir por las calles a los médicos  envidiosos de su éxito …”

El Puente Nuevo, uno de los más antiguos de París, fue uno de los lugares          elegidos por la sociedad parisiense para pasearse y, por lo tanto, atrajo a charlatanes       y sacamuelas varios, incluido desde 1715 el gros Thomas (por el tamaño) o grand Thomas(por los méritos). Fauchard no habría visto con buenos ojos que un             diplomado de San Cosme fuera un saltimbanqui más, alguien dispuesto a “saltar a       un banco” para desde allí promover su profesión: “La virtud de mi brazo hace  maravillas; jamás sobre la tierra se ha visto nada igual.” Ese gran hombre tenía           también un gran corazón y se iba algunos días al Hôtel Dieu a sacar gratis las muelas       a los enfermos pobres. No obstante, cuando se retiró, disfrutó de una no desdeñable renta de 12.000 libras anuales, calculándose en 50.000 el monto de su fortuna.

Y si tiraba de una muela demasiado firme, era capaz de levantar al pobre hombre   del suelo, tanta era su fuerza. Y el perro ladraba, y el criado sonaba la campana y los músicos ensordecían con sus instrumentos. Finalmente, enviaba al desdichado a         hacerse buches de vino a la taberna de Madame Rogomme, que tenía fama de vender     un aguardiente que levantaba los muertos. Todo gracias a su precursor sentido del marketing que lo llevaba a colmar París de innumerables octavillas y carteles.

Quizá las mismas cuestiones de marketing lo incitaron a participar esplendorosamente en los festejos por el nacimiento del Delfín, el 4 de septiembre de 1729 (ver Fauchard enamorado y U. O.). Aunque no pudo cumplir con su promesa        de alimentar en un gran banquete a todos los pobres, pues le fue prohibido por la  policía.

Un extenso poema, con permiso de publicación de 1736, pleno de ditirambos, concluye      con esta frase: “En fin, todo el universo le admira y le bendice, y mi musa de cantar,  faltándole la voz, termina.” Y hasta le dedicaron o se hizo componer un himno de once  coplas a modo de apoteosis, quizá como digno epitafio.

¡Meritorio ejemplo profesional! ¡Válido precedente marketinero!

                               Horacio Martínez

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