HISTÓRICAS     

Práctica Empírica y Legitimidad Social: El caso de la Odontología (no textual)

Marta V. Schapira y Cecilia Pinto (Investigación en Salud, Rosario)

 

Introducción: aspectos teóricos y metodológicos

 

Se plantearán reflexiones vinculadas al proceso histórico de profesionalización de la odontología, y su legitimación social. A partir de la «construcción social» se dará cuenta de la compleja articulación entre actores, procesos y prácticas y de la manera en que éstos se enlazan, perduran o se transforman en el tiempo.

Se cuestionará el concepto de profesión, entendida como un conjunto de individuos que bajo una misma denominación comparten una serie de atributos. En este sentido, el «enfoque de rasgos» que ha predominado en el estudio de las profesiones recoge el concepto cotidiano de ellas hasta la década del '70.

La concepción de una profesión como suma de características supuestamente perceptibles está ligada al funcionalismo y reduce el análisis a una tarea descriptiva y taxonómica, que imposibilita toda perspectiva que incluya el proceso de construcción histórica.

Se rescatará el carácter histórico del concepto, y se descartará una definición analítica general. Se abandona la idea de profesión como realidad `evidente' y `auténtica' para remitirse al trabajo social y político de construcción de un grupo, de cómo ese grupo se representa a sí mismo y sus relaciones con otros.. Se dará  cuenta del problema y de los procesos específicos por los cuales las ocupaciones son profesionalizadas (odontología).

Significará reconstruir las relaciones entre los actores y también las dimensiones  políticas, gremiales, académicas y económicas, para establecer criterios de demarcación, diferenciación, exclusión e intervención en un campo (la salud bucal).

Comenzamos por búscar, clasificar y análizar – desde fines del s. XIX hasta los años '30, aproximadamente – un conjunto de fuentes secundarias: por un lado, publicaciones especializadas gremiales («La Tribuna Odontológica»), y, por otro, publicaciones científicas con diversas concepciones sobre el campo de intervención del odontólogo, las relaciones con el Estado y el perfil profesional vinculado a la captación de clientela («Revista del Círculo Odontológico», «Boletín de la Asociación Odontológica Argentina»). Asimismo analizamos las primeras normativas en la legislación nacional y provincial relativas al ejercicio legal de la profesión.

Se incluyó la lectura, además, de textos de odontólogos de la época, identificando las principales preocupaciones para avanzar en la reconstrucción de representaciones de su campo de intervención.

 

Prácticas de la cura y primeras regulaciones

 

Las primeras formas de control para regular y definir campos de intervención legitimados son del siglo XIII. Están representadas por la «policía sanitaria de las profesiones de la salud», expresada en España por el Protomedicato, por las universidades europeas dependientes del poder papal, o por entidades completamente descentralizadas en forma de corporaciones de oficios que ejercían un poder delegado por el rey o por las autoridades municipales.

La legitimación de las actividades e intereses profesionales, según esa policía sanitaria, erige un complejo aparato de protección jurídica y política, e implementa su control en entidades y asociaciones autorizadas a la enseñanza. Interviene también en las facultades médicas y gremios de cirujanos y boticarios; normatiza la penalización de los «no legitimados», y controla las juntas de examen que otorgan el permiso de ejercicio profesional.

El Estatuto del Arte de los Médicos en Florencia, en el siglo XIV, incluye los curadores físicos (el phisician de los ingleses. médico medieval) y los de cirugía, los arregladores de huesos y los barberos entre los que se incluían a los «maestros dentistas», como miembros del gremio de los boticarios, con reconocimiento de cierta especificidad de los «dentispices» o «sacamuelas», que se incluían o competían con los barberos.

Por una Real Pragmática del los Reyes Católicos, a principios del siglo XVI, se concentran en manos de los sangradores, quienes monopolizan una serie de prácticas ligadas a curas especializadas, que sean examinados en el arte sacar muelas.

A principios del siglo XVI, el Colegio de Cirujanos de París, exigía exámenes a los «dentistas», lo mismo que a hernisarios, litotomistas u otros que ejerzan parte de la cirugía. La existencia de exámenes específicos indicaría una etapa de valorización y jerarquización de varios oficios paramédicos, en especial cirugía, odontología y farmacia. Esto desemboca, a fines del siglo XVII, en una reglamentación específica y en el otorgamiento de títulos acordes con la práctica. Los odontólogos a partir del siglo XVIII, avalados por la obra de Fauchard, son denominados «Operadores de los dientes» [y según el título de la obra de Fauchard, cirujanos dentistas].

Era obligatorio instalar un médico y un cirujano en América, durante la conquista, según la capitulación del Rey de España con los Adelantados del Río de la Plata. En el período colonial, las Leyes de Indias de1541 establecían que Virreyes, Audiencias y Gobernadores debían prever la fundación de hospitales «donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana».

Una característica de la colonización hispánica fue la temprana fundación de Universidades: el primer grupo de egresados médicos en México fue de mediados del siglo XVI. En el siglo XVII, una Real Pragmática disponía la persecución del curanderismo. Fue de difícil de implementar, ya que la poblacion acudía a una gama de curadores legitimados, denominados ejercientes irregulares  (curanderos, sangradores, etc), quienes ya habían pasado la prueba de  resolver problemas de la gente.

Paralelamente, algunos autores consultados recogen insistentemente la figura de «médico aventurero» que incorporaba la experiencia de los barberos-cirujanos españoles

Hasta entrado el siglo XIX, la práctica dental pertenecía a un conjunto abigarrado de otras prácticas consideradas «irregulares» y en tal sentido subordinadas. Eso condicionó, históricamente, su lugar subsidiario en el proceso conducente a práctica científica y profesión autónoma. El conjunto de «curadores ejercientes» reviste una especificidad tal en las funciones desempeñadas por cada uno, que se le ha atribuido ser un verdadero «gremio», donde las funciones de cada grupo de prácticos  eran respetadas por los otros.

A fines del siglo XVI, particulares adinerados acuden ante la autoridad municipal, pleitean con requerimiento de secuestros de bienes y exigencias de exhibición de títulos a quienes siendo barberos y cirujanos se hacen llamar licenciados. La denuncia de títulos extranjeros fraguados y el cuestionamiento a las simulaciones profesionales presionan sobre los Cabildos para lograr el reconocimiento exclusivo del ejercicio profesional a quienes poseen un título académico.

Se legitima en cierta medida el oficio de barbero, en la misma época, al establecer un salario anual con obligación de prestar determinado tipo de prácticas (sangrar, afeitar, aplicar ventosas, sacar muelas). Lo que es fiel expresión del conjunto de prácticas cotidianas, de ocupaciones inestables, polivalentes, itinerantes, pero de amplio reconocimiento social. El Cabildo de Córdoba había implementado, a mitad del siglo XVII registros de inscripción de sangradores y «sacadores de muelas» y estaba bien documentada la escasez de médicos.

La autorización legal, más allá de las diferencias entre médicos, barberos o curanderos, la determinó el limitado número de oficiantes. En 1770 se registra en esa jurisdicción un médico diplomado, dos con documentación incompleta y dos curanderos con experiencia. Esto se corrobora en la documentación de jesuitas que advertían sobre los confusos límites de la medicina «científica» y la «popular» y sobre la difusión de prácticas curativas domésticas debido a la escasez de especialistas.

El conjunto de prácticas vinculadas al cuidado de la salud, entre los siglos XVI y entrado el XIX, configuraron un espacio peculiar que transcurría por la automedicación, remedios caseros y la consulta al curandero, «charlatán» y menos frecuentemente al médico diplomado. El saber médico legitimado oficialmente, ocupó un lugar secundario restringido a las élites locales. En los hechos, tanto el período prehispánico, como el de la conquista y colonización no se diferencian demasiado en cuamto a quiénes curaban, cómo lo hacían y cómo se legalizaba su saber.

La escasa eficacia de la medicina oficial frente a enfermedades epidémicas y endémicas no permitió a médicos diplomados alcanzar una mayor reconocimiento social, y eso los colocó en una situación de semejanza a otros curadores. Esta conflictiva convivencia no se resolvió exclusivamente en el terreno del conocimiento, ni en la legitimación que el poder institucionalizado otorgó al grupo de diplomados, sino merced a la eficacia social alcanzada por las incipientes asociaciones gremiales y sus presiones.

En la práctica odontológica esto es particularmente notorio, ya que, al no existir profesionales diplomados, fue indispensable la presencia de sangradores y barberos en los hospitales coloniales

La tarea del odontólogo era ejercida por los llamados «medicastros», adivinos, flebotómos, barberos y hasta herreros. Su accionar se limitaba a calmar el dolor y a la extracción dentaria. El auge del curanderismo, especialmente fuera de la ciudad de Buenos Aires, se vincula no sólo a la ineficacia de la terapéutica médica sino al éxodo de los médicos a zonas urbanas: en las pequeñas ciudades rioplatenses y en la campaña sentían como amenaza la presencia de los grupos indígenas. Por esto, en Santa Fe los curanderos llegaron a constituir una necesidad.

Cervera establece tipologías de curanderos: un primer grupo, reconocido y legitimado por sectores del poder político: otro, denominado «criminal» - con el que los médicos competían vigorosamente, y, por último, el llamado «curanderismo criollo», de extendida vigencia, que gozaba de mayor tolerancia y que manejaba prácticas curativas europeas e indígenas, y cuyo herbolario no era ajeno al Hospital ni a las los médicos en sus consultas.

Médicos, barberos y sangradores insistían en reclamos de honorarios más elevados y en lo individual solicitan el uso privativo de sus oficios. Es interesante la respuesta del Cabildo de Santa Fe, que concedió el permiso de exclusividad a condición de que se cobrara por cada sangría determinada suma y a los pobres «con equidad». En Córdoba, a fines del siglo XVIII, el Cabildo delimita la práctica de barberos y sangradores y deslinda campos específicos de acción, reglamenta prácticas y detalla atribuciones que precisan las jerarquías internas de la medicina llamada «sabia».

El mundo de médicos y barberos diplomados y el de curanderos reconocidos se penetran mutuamente en la práctica cotidiana, lo que tiene que ver con la limitada eficacia curativa de ambos. Es más, las estrategias son coincidentes en la mayoría de los casos y la población los suele consultar indistintamente.

La «dentistería» constituye una práctica de difícil reconstrucción, ya que al estar en manos de los barberos con mayor o menor reconocimiento oficial, pierde especificidad en la documentación de la época.

En la «La Gaceta Ministerial» del Gobierno de Buenos Aires (nº 130, año 1814), aparecen anuncios que indican la incipiente presencia de dentistas:

 

«Profesional de la Facultad, dentista de delicadeza y finura quita dientes, muelas y raigones con muy poca incomodidad del paciente»

 

«Limpia dientes, sarro o tártaro con un específico»

«Emploma y corrige caries»

«Pone dientes originales»

«Específicos para el mal olor»

«Se preservan las encías del escorbuto»

 

En estos anuncios se vislumbra cierta especificidad de una práctica que aparece confundida entre los denominados «curanderos». Aparecen alí prótesis, extracciones y «correcciones» con énfasis en los «dientes artificiales» y en 1819 otros avisos dan cuenta de la diversidad de las prácticas, de los conocimientos alcanzados y posiblemente algo puedan decir también acerca de la naturaleza de la demanda , cuando enuncian «Elixir contra el dolor ahorrará de arrancarlos» o «Se recomienda el uso de polvos blanqueadores»

 

Siglo XIX: el difícil proceso de profesionalización y consenso social

 

Hasta las últimas décadas del siglo XVIII los escasos médicos graduados, licenciados en medicina o cirugía y una serie de especialistas que oficiaban de paramédicos (sangradores, barberos, sacamuelas, hernistas o ventoseros) integraron el mundo de la medicina “sabia”.

La oferta de atención a diversos trastornos, malestares y patologías desbordó los intentos de control y se configuró en las primeras décadas del siglo al modo de un mercado, una especie de zoco colorido, donde las destrezas requeridas circulaban entre estos curadores-artesanos «irregulares» en su mayoría, con inserción en la población.

Este pasado artesanal ha dejado huellas en la memoria de una identidad profesional colectiva que constituyó una verdadera y «fuerte» tradición en el modo en que los odontólogos se identifican con lo que consideran «nuclear» en su práctica. Hasta la actualidad puede establecerse una línea casi sin rupturas, ejemplificada en este testimonio de uno de los primeros egresados de la FOR:«La odontología es todo un arte, yo siempre tuve mucha habilidad manual, esa escultura que Ud. ve (indicando la figura de un caballo en bronce) la hice yo,...» (E1, 1995)

Pululaban barberos y sangradores, confundidos con los cirujanos, y entre sus prácticas incluían la extracción de piezas dentales. Vale la pena aclarar que sólo en el siglo XIX los médicos incorporaron a la cirugía como una práctica jerarquizada, ya que hasta entonces era considerada una actividad menor. Por esta razón, se relegaba en barberos y sangradores la práctica de la «baja cirugía». que incluía la práctica «dental», sangrías y ventosas.

Todos ellos ejercían su «arte» de modo trashumante con importante influencia y demanda en las poblaciones, y motivaron largas disputas por el mercado con los médicos, quienes utilizaron la acreditación como una bandera de legitimidad de unos y descrédito de otros.

Los médicos se reservaban «lo interno» del cuerpo y quedaba a su exclusivo cargo la prescripción de medicamentos y otras terapéuticas. Barberos y sangradores se limitarían a «lo externo» y en lo formal no podrían prescribir medicamentos, ni transmitir «secretos» terapéuticos.

En este proceso de delimitación territorial, la boca representa una zona de competencia, con límites confusos entre lo interior y lo exterior, donde lo «sabio» legitimado y lo «popular» excluído se intersectan y se confunden. Esta intersección impulsa a los dentistas acreditados a intentar desvincularse del sangrador y el barbero, difundiendo en medios gráficos y de prensa el conocimiento de la época vinculado al uso de materiales y a la fabricación de dentaduras.

Algunos anuncios, como el que sigue, publicado en el «Diario de la tarde», Bs As. 1832, reafirman el lugar de «facultativo», garantizador de la cura.

«Ocurran al facultativo Carvalho los señores enfermos de dentaduras, donde corre la fama de su trabajo y se encuentra perfecta cura»

Para captar pacientes, difundían un conjunto de prácticas:

«Se ponen dientes, se fabrican nuevas dentaduras, hacen emplomaduras, soldaduras, limpieza, cauterizaciones, composturas»

Algunos términos utilizados podrían corresponder a cualquier actividad artesanal, lo que contribuiría a explicar, al menos parcialmente, la intensa desubjetivación [neologismo, no figura en el DRAE] con que esta práctica ha construído históricamente su objeto de trabajo.

La lectura de periódicos de la época constituye una fuente fecunda para conocer diversos aspectos de la vida urbana y de cómo la odontología aparece ambigua, confundida y dispersa en un abanico de prácticas y ocupaciones.

«A los cirujanos y dentistas, en la botica de Bevans, se vende una bolsa de instrumentos para dentistas, todos recientemente llegados de Europa de la primera calidad y del mejor fabricante de Londres» ...» en el almacén de G. y Nutall hay varios instrumentos médicos y lancetas para dientes y para sangrar, llaves para sacar muelas...»

Pululaban diversos ofertantes, algunos se autotitulaban «dentistas norteamericanos», que fueron llamados «charlatanes» por los que reconstruyeron la historia de la odontología, en su mayoría odontólogos.

Dentistas llegados al país circulaban en el Río de la Plata, en el Litoral y en los países limítrofes, recorrían las ciudades y se establecían en ellas algunos meses. Si tenían suerte se asentaban en alguna localidad, si no, regresaban a Europa o a EEUU.

La búsqueda de clientes era intensa y variada, de lo que dan testimonio sus pintorescos anuncios, recopilados por diversos autores:

«...Dentista cirujano ofrece sus servicios al público en su profesión»...«la entrada a su habitación es subiendo por el pasadizo que cae al segundo patio. Esta adbvertencia es esencial para las personas que deseosas de ocuparse eviten la incomodidad de preguntar a los que habitan abajo, por algunos inconvenientes»

«Aviso al público, José F. Hill, dentista recién llegado de Norte América, con el mayor respeto informa a los habitantes de Montevideo que permanecerá en esta ciudad por tres semanas y se propone asistir a cualquier operación de su facultad. Se lo hallará en la calle de S. Luis , n° 18. »

Las aspiraciones de los practicantes de dentistería en las barberías - como el caso de Coquet - era la de adquirir pericia suficiente y alcanzar la autonomía profesional. Logra independizarse y publica en la «Gaceta Mercantil» del 27 de febrero de 1837, un aviso en el que se anuncia como «dentista», y denomina «taller» a su lugar de trabajo: «DENTISTA- Tomás Coquet tiene el honor de ofrecer al público sus servicios en la parte mecánica de esta facultad: labra, injerta y coloca dientes artificiales; limpia y emploma los naturales. Posee un elixir (agua de Boto), tan admirable por sus efectos, como agradable por su aromatico olor y buen gusto, su uso unido al de unos polvos preparados al efecto, mantienen perfectamente limpias las dentaduras, las preserva de corrupción: destruye la carie y fortifica las encías comprimiendo su esponjosidad. Promete a los Sres. que quieran favorecerlo con sus órdenes, servirles con la mayor puntualidad, perfección y aseo, a precios más moderados que los que acostumbran cargarse, haciendo aún mayor equidad a las personas de escasas facultades. Asistirá a casas particulares o en la de su taller, calle del 25 de Mayo N° 24.»

Sin embargo todavía no estaba del todo claro el alcance de cada práctica y hubo quienes obtuvieron reconocimiento para ejercer indistintamente en el ramo de la medicina, cirugía, partos y dentistería.

Los límites de lo legal y lo irregular eran amplios y flexibles, y permitían la coexistencia de múltiples prácticas bajo la protección del clientelismo político. De hecho, Coquet, dentista de Rosas, se encontró entre los primeros en utilizar cloroformo como anestésico, lo que estaba reservado según el reglamento del Tribunal exclusivamente a los médicos.

A mediados del siglo XIX comienza a diferenciarse la práctica del dentista de aquellos que se anuncian como fabricantes de dientes, que son considerados charlatanes. Sin embargo da la impresión –  por la lectura de los documentos – que también en estos casos, el examen - convertido en muchas ocasiones en una tramitación meramente formal - salvaba rápidamente la situación de irregular. Demostrada la pericia, encontramos anuncios como éstos:

«Napoleón Aubanel profesor Dentista, aprobado por la Junta de Higiene Pública de esta capital, renueva al respetable público y particularmente a sus amigos sus servicios en todo lo que concierne su facultad. Un riquísimo surtido de dientes sacados de las mejores fábricas de Francia y América, y un estudio todo particular en la parte mecánica de la dentadura, me asegura la ejecución de cualquier trabajo con toda perfección y solidez.

Para facilitar el pago de su trabajo tomará cualquier alhaja y chafalonía de oro o plata por su valor, calle Misiones n° 118 esquina que sigue a la Ancla Dorada»

Estos son los primeros indicios de un largo conflicto entre mecánicos y dentistas que pugnaron por obtener ya la desautorización de los primeros, y a subordinarlos al dentista.

Es reiterada la descripción de los «dentistas norteamericanos», que ofrecían sacar muelas en su carruaje estableciendo distintos precios según el grado de dolor que el cliente pudiera soportar «$20.- sin dolor, $10.- con un poco de dolor, $5.- con un dolor bárbaro». El manejo del dolor tenía que ver con el espectáculo simultáneo que brindaba una banda de músicos con instrumentos de cobre al momento de la extracción, suponiéndose que el sonido distraía a los pacientes o mitigaba los quejidos de los atendidos. Estos verdaderos espectáculos populares provocaron numerosas reacciones de los diplomados, que reclamaban formas de control, pero los esfuerzos no se concretaban: los almaceneros continuaban vendiendo medicinas y los barberos atraían a los clientes exhibiendo como enseña una muela colgante en el exterior.

Durante los primeros años del gobierno de Rosas, en los anuncios se hace patente cómo también los barberos y sangradores se introducen en el ejercicio de la odontología o dentistería ambulatoria. Esta trashumancia les permitía de paso por la ciudad utilizar en beneficio propio la crónica carencia de dentistas diplomados. Esta situación no sólo se da en la campaña o ciudades poco pobladas sino que también en Buenos Aires en el periódico «La Confederación « del 15/11/1851, se anuncia la apertura de la «Barbería Nacional» que entre su publicidad difunde «se afeita, se corta el pelo a la moderna, se aplican sangrías, sanguijuelas, y se quitan muelas sin dolor, con destreza, prontitud y aseo»

Hasta las primeras décadas del siglo XX, abundaron los curanderos. Heterogéneos, incluían ocupaciones diversas aunque ninguno poseía una habilitación específica, como tenían los dentistas. De todos modos, para los médicos representaban una competencia unificada que contribuye a definir - por oposición - su propio campo.

La prohibición del ejercicio ilegal de la medicina no era reconocida ni internalizada por vastos sectores de la población, a lo que se agregaba la escasez de médicos diplomados. Éstos, por el contario incluían entre los «ilegales» a barberos y sangradores. En el discurso médico de la época, sobresalió la cuestión del curanderismo, ya que se disputaba un mercado potencial.

Es notoria la presión de los médicos diplomados por obtener una clara delimitación de sus competencias y legitimidad política, dado que constituían un grupo escaso y precario en cuanto a su eficacia, en tensión con un conjunto heterogéneo curadores con una fuerte presencia en las representaciones y prácticas colectivas de una población no demasiado numerosa.

En este enfrentamiento con los curanderos, los médicos fueron definiendo no sin dificultades su jurisdicción, pero el caso de los odontólogos fue más complejo. Estos debieron transitar por una doble disputa que obstaculizó y complejizó la construcción de su propia identidad. Por un lado, carecían de legitimidad formal e institucional, y, por otro, cuando quedaron incluidos dentro del saber médico, en la segunda mitad del siglo XIX, iniciaron un proceso con nuevos problemas: ¿especialidad de la medicina o campo autónomo?.

Fuentes citadas por Cignoli (1955) señalan que el número de dentistas comienza a aumentar a partir de 1852 con la creación de la Escuela de Odontología de Buenos Aires. Contaban con elementos de trabajo rudimentarios, pero fundamentalmente el odontólogo dependía sólo de su destreza manual para aliviar sufrimientos.

Los  relatos incluyen una descripción minuciosa del clima de inquietud reinante en las antesalas, a donde llegaban gritos que aumentaban el temor. El arte ha dejado muestras, entre las que se destacan obras de Carlos Pellegrini, que documentó con  la pintura diversos aspectos de la vida cotidiana.

 

Carlos Pellegrini: Minué

En su obra «Minuet», que pinta una reunión danzante, la dueña de casa disimula su cara hinchada con un pañuelo doblado al sesgo con un lazo. En otras litografías, el artista recreó esa costumbre “terapéutica” y son visibles rostros hinchados con emplastos caseros.

A partir de estas expresiones y de otras vinculadas a la literatura, puede pensarse que a mediados del S. XIX el «dolor de muelas», en tanto síntoma, era reconocida la existencia extendida de patologías bucales, en Brasil y Buenos Aires.

 

Legalidad política y legitimidad social: la lucha contra el intrusismo

 

Desde fines del siglo XIX, la profesión vive una lucha permanente contra el intrusismo, lo que convoca y promueve el accionar de las incipientes organizaciones gremiales y científicas. Los odontólogos pelean por el reconocimiento de un espacio profesional propio, apelando incluso a la implementación de medidas represivas contra el intrusismo. Este está representado, por un lado por barberos, sacamuelas, idóneos y más adelante, mecánicos.

Por otra parte, en el debate con la medicina le costaba  a nuestra profesión delimitar un campo propio. A la vez, con ambivalencias y contradicciones, la práctica médica era un obstáculo para que la población reconociera a la odontología una jurisdicción específica, por ser poco claras las condiciones para lograrlo.

El reclamo al Estado de formas regulatorias del ejercicio profesional es permanente hasta los años '40 aproximadamente, ya que fueron múltiples las dificultades para obtener una definitiva legitimidad formal y para consolidar un mercado «evasivo» por razones culturales y de accesibilidad económica.

La ética profesional fue un tema permanentemente invocado en la lucha contra el curanderismo y frente al accionar de los mecánicos, y se dirigía centralmente a la protección de los odontólogos.

Esta situación y la creación de la Escuela de Odontología de Bs. As. movilizan un conjunto de actividades tendientes a afianzar la profesión.

Atendiendo a esta necesidad aparecen las primeras publicaciones periódicas. De 1898 data la primera publicación editada por la Sociedad Odontológica del Río de la Plata, que con una línea de difusión científica perdura hasta 1928. Durante 1910-1912 se edita el Boletín de la Sociedad Odontológica Argentina, organización que impulsa la creación del Círculo Odontológico Argentino. Éste edita en 1911 la «Revista Odontológica», que se continúa en la actualidad en la «Revista de la Asociación Odontológica Argentina», con objetivos docentes e informativos.

Revistas de trascendencia en el medio estudiantil y profesional fueron las del «Centro de Estudiantes de Odontología» y la de la «Asociación de Estudiantes de Odontología» (1914 a 1958).

«La Tribuna Odontológica», (1916-1978), fue una revista que marcó época en el periodismo odontológico ya que introdujo un estilo de gremialismo combativo junto a «Federación Odontológica Argentina», que asumen la protección de la jurisdicción profesional.

Otras publicaciones, como «Revista Dental» (1912), « Boletín Dental Argentino» (1919), «El Odontólogo» (1920), «El protésico dental» (1920), «El Dentista», expresan fundamentalmente el interés por divulgar novedades científicas y técnicas.

La defensa de los odontólogos la asume con fuerza «La Tribuna Odontológica», que aparece en 1916 con una frecuencia mensual. De lenguaje y escritura sencilla, clara, casi coloquial, su tono es de denuncia permanente; con comentarios críticos e irónicos que apuntan a proteger y reforzar los derechos de los odontólogos argentinos frente a todo lo que es considerado «intruso», (extranjeros, prácticos, mecánicos). Desde esta tribuna se apoya el accionar de la Sociedad Odontológica Argentina, denunciando el «Convenio sobre el ejercicio de las profesiones liberales» celebrado en el marco del Congreso de Derecho Internacional Privado (Montevideo 1899), al cual Argentina adscribe.

La ética es esgrimida con insistencia, en tanto protege un campo para quien tiene credenciales legitimadas. No es la ética de los profesionales y su práctica la que se observa y constituye objeto de comentarios por la prensa odontológica, sino la de los «otros»: «estudiantes inmorales» que «sacan enfermos de las clínicas públicas y mediante engaños los llevan a sus casas, para efectuar servicios odontológicos». Entre ellos se cuentan dentistas extranjeros, mecánicos y peluqueros.

La clientela que más se disputa está constituída por sectores adinerados: médicos, abogados, comerciantes, «gente chic» y hasta sociedades de socorros mutuos, la competencia se revela verdaderamente feroz y el Consejo de Higiene de la Pcia. de Sta. Fe es denunciado como inoperante y complaciente por la prensa odontológica y por las organizaciones gremiales frente a las irregularidades planteadas. La intención de instalar consultorios en el «barrio de casas alegres» (Pichincha) por parte de algunos odontólogos, es descalificado y desalentado moralmente. Esto encuentra alguna explicación en el hecho que los odontólogos se representan a sí mismos como una élite, aspirando a pertenecer al grupo que constituye la clientela «chic» por la que se compite.

La respuesta de algunos miembros pertenecientes al Círculo Odontológico de Rosario que nuclea a la mayoría de los dentistas (15 «legales»), frente a los «irregulares» cobra ribetes casi grotescos dado que utilizan los mismos recursos de aquellos a quienes recusan. Miembros de esta organización exhibían la siguiente publicidad cinematográfica «La gente chic, concurre al consultorio dental de la calle Salta n°... atendido por los doctores MKM y F;. Extracciones a dos pesos. »

La persecución al ejercicio ilegal tiene visos de verdadera cruzada nacional, editoriales y solicitadas lo anuncian como un combate que convoca al «Círculo Odontológico y la Asociación Dental Argentina» fusionados. Se denuncia que más de un 45 % de los que ejercen en la Capital están en condiciones ilegales, se reclama el cumplimiento de la ley en ejercicio y la represión y castigo para los que la violan. Estos insistentes reclamos, son a la vez un llamado a la movilización del conjunto de los odontólogos que más de una vez son caracterizados como pasivos.

Tras cada avance obtenido en cuanto al reconocimiento y legitimación de la profesión, se abren nuevos flancos para los odontólogos dado que la profesión médica mantiene poderes de legitimación, exclusión y control de ciertas prácticas más allá de que estas cuenten con la acreditación profesional correspondiente. Valga como ejemplo lo que es denunciado con ribetes de ironía «Los odontólogos que desean inscribirse en el Cuerpo Médico Escolar, deben presentar un certificado de buena salud, una comprobación de su título y un testimonio de buena conducta...todo ello certificado por un médico. »

Una fuerte tradición artesanal por un lado y la continuidad de políticas clientelistas, por otro, fueron capaces de cohesionar un mercado que abarcaba prácticamente al conjunto de la población y de provocar la emergencia de un movimiento gremial, que tuvo hasta alrededor de 1920, mayor presencia en cierta prensa odontológica que en las propias asociaciones.

 

    

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