HISTÓRICAS     

                 

 

 

                         

De la Medicina del Siglo XVII y de cómo la veía y juzgaba el notable dramaturgo 

Jean Baptiste Poquelin, o sea, Molière

En el s XVII, el juramento médico condenaba específicamente la extracción de cálculos urinarios, por los graves problemas, como castración, que causaba este tipo de cirugía. Se dejaban las operaciones a los curanderos, que extraían hasta la piedra de la locura (ver octubre), que realizaban operaciones oftálmicas y dentales, más con temeridad que con pericia. Poco a poco, en el mundo de la medicina, quedaron por una parte los médicos, o verdaderos doctores, y los cirujanos, barberos que practicaban la cirugía, capaces de cortar el pelo, extraer muelas o sajar abscesos. Estos "barberos sacamuelas" realizaron las llamadas cirugías menores, entre las que se encontraba la ya mencionada extracción de la piedra de la locura...
     Los cirujanos más o menos serios intentaron discriminar a rivales potenciales como nuestros antecesores barberos, representantes del escalón quirúrgico más bajo (al que también perteneció Ambrosio Paré). Esto tiene mucho que ver con que el ejercicio de la medicina del siglo XVII permitía que muchas afecciones, salvo las de evoluciones espontáneas favorables y algunas de tipo quirúrgico, culminaran con la muerte del enfermo, a veces precipitada por la propia agresividad del tratamiento.

La formación universitaria de los médicos debía pasar por varias etapas hasta la obtención de la "licencia legendi,” licencia para enseñar y ejercer las distintas carreras, que tenía validez universal siempre que la universidad tuviese permiso papal o imperial para otorgarla, únicos dos poderes que podían dar el título. Acudían a sus consultas luciendo togas y bonetes negros, montados en mulas negras y se creían "dueños y señores de la naturaleza desplegando una imperiosa y ambiciosa actitud de ser artífices de la curación del enfermo".

Desde el edicto del Concilio de Rheims (1131), los clérigos quedaron inhibidos para practicar la cirugía. Ésta quedó en manos de un grupo de prácticos que en 1210, bajo control clerical, formaron el Colegio de San Cosme en París, del que formaban parte los cirujanos de "toga larga", cuya preparación era más teológica que científica. En forma paralela existían los barberos cirujanos, carentes de preparación universitaria, que vestían “toga corta” y ejercían como sacamuelas,

"El sacamuelas" París, finales siglo XVI.

 tonsuradores, barberos, extractores de piedras, talladores, curadores de hernias, sangradores, extirpadores de cataratas, inmovilizadores, enderezadores de huesos o ventoseros, muchas veces en forma itinerante para escapar de los reclamos de sus clientes. La cirugía, por el hecho de implicar una actividad manual, era menospreciada por los clínicos. Sin embargo su tarea parecía dar mejores réditos que la de médicos.

El examen clínico consistía en una somera exploración de la piel y las cavidades accesibles, el control del pulso y temperatura y del estado del sensorio junto a la determinación de las características organolépticas de las excretas. En el habla profesional se utilizaban, con harta frecuencia, expresiones latinas y términos técnicos cuya incomprensión por parte de los legos ironizó Molière.

Los tratamientos consistían en prescripciones "farmacéuticas" de efectos aleatorios y algunas veces perjudiciales. Eran muy frecuentes las  sangrías, clísteres, purgas, eméticos, jarabes, pócimas, ungüentos, pomadas y otras formas farmacéuticas.

Molière pudo sentir, en "carne propia", la naturaleza y efectos de los tratamientos que utilizaban los médicos, pues padeció desde 1655 una enfermedad respiratoria crónica que varios autores consideran como una tuberculosis pulmonar. Las recaídas de este proceso lo alejaron en varias ocasiones de su quehacer actoral y lo obligaron a repetidas consultas en las que seguramente pudo apreciar la conducta profesional de los galenos, que en su caso, como era previsible, fueron inútiles. Así devinieron sabroso alimento del genio moliéresco en algunas de sus obras más conocidas

Molière los hace actuar en forma jocosa y desopilante, mostrando la precariedad de los fundamentos del arte médico y sus terapéuticas extravagantes. Presenta cómicas disquisiciones de la teoría de "los humores" y comentarios festivos sobre los tratamientos en risivas consultas plagadas de latinajos, un lenguaje críptico que nadie alcanza a comprender, y propuestas que sólo difieren entre sí en el número y composición de las lavativas, la vena utilizable para la sangría o la frecuencia con que ellas deben efectuarse así, como el sabor y aspecto de los jarabes, pociones o brebajes, todo anodinos.

En medio de ese humor negro de Molière se advierte la crítica a la pretendida infalibilidad del saber, el comentario cáustico sobre las formalidades de las prácticas y su efectividad. Discute la trascendencia que el médico se atribuye, ataca la sumisión que debe prestar el paciente en cumplimiento de las prescripciones, reprueba la obsecuencia con los colegas distinguidos, impugna el secreto excluyente del saber profesional y  en general muestra a los médicos con un desplante que aún muchos siguen luciendo.

                                             

Las agudas pullas de Molière eran públicas denuncias de las características dominantes de la época, la arrogancia del saber ante un paciente indefenso, que sólo tenía obligaciones y ningún derecho. Jerarquizaba así la necesidad que tiene el paciente de ser escuchado y comprendido, con el papel humanitario que debe desempeñar el médico al servicio de su paciente.

Más de tres siglos después de Molière, esos mismos defectos  denunciados por su arte siguen presidiendo la práctica médica y la odontológica.

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