HISTÓRICAS     

      Mentiroso como arrancador de dientes

Por los albores de nuestra profesión,  cuando Fauchard estaba pronto a convertirnos en hombres de ciencia con su paradigmático libro de 1728, cuando los dentistas eran más burdos aún que los barberos, tal como ya lo vimos en pasadas históricas, acudían  a plazas y ferias y recorrían poblados para extraer dientes “sin dolor” y demás falsas promesas y panaceas y curalotodos que restablecían la salud dentaria y eran desde antídotos hasta  reparadores de impotencias. Merecidamente, fueron llamados charlatanes y dieron pie al proverbio aún presente en el francés: menteur comme un arracheur de dents. Allí también se engendró el pobre concepto que nos tiene a todos por ignorantes y mentirosos. ¡Absolutamente falso! ¿Verdad?

Verdad sería si hiciéramos honor a la herencia del Padre de la Odontología Moderna, que pretendió hacernos más sabios y modestos y honestos. La honestidad debía correr pareja con la sabiduría y dar a luz la modestia propia de quienes no necesitan sayos ajenos. Desde que nos hicimos "Experts pour les dents" gracias a papi, la transmisión del saber ya no se hizo exclusivamente por vía oral, de maestro a aprendiz, y aparecieron más obras de nuestra especialidad y la Académie Royale de Chirurgie dio cursos desde su creación en 1731. La onda llegó a otros países, pero nos limitaremos a Francia, cabeza de nuestra vocación en el mundo, con textos varios que ya vimos en otras históricas.

Hablando del s XVIII en Francia, podemos dividirlo  en tres partes históricamente diferentes, con referencia a la presencia de dentistas y de empíricos:

1.   1700-1750 : muy pocos expertos, muchos empíricos.

2.   1750-1791 : expertos y empíricos, más repartidos

3.   1791-1800 : se suman los cirujanos dentistas y los médicos dedicados a lo nuestro.

En 1776, la famosa Encyclopédie de la Ilustración da del  dentista esta definición: Cirujano aplicado especialmente a la cirugía de los dientes, a tratar sus enfermedades y a practicar las operaciones que correspondan en las partes anexas. Comentada con estas palabras aplicadas a esa “magnífica práctica que es la cirugía y, por tanto, la cirugía dentaria”: El oficio del cirujano exige una alianza entre el cerebro y la mano, un acuerdo perfecto entre el juicio intelectual y la habilidad manual. La acción queda aprobada por los resultados y deja escaso lugar a las hipótesis ad hoc y al salvamento a toda costa de los prejuicios teóricos.

Poco lugar queda con estos conceptos para quien en el día de hoy no sea más que un “arrancador de dientes” e “implantador de postizos,” digno del mote de “mentiroso,” incapaz de actuar de acuerdo con la evidencia científica más reciente. Vale, en consecuencia distinguir hoy como en el s XVIII entre el dentista empírico, charlatán de feria, y el cirujano dentista:

el primero, no hace más que seguir una rutina que carente del respaldo de la evidencia renovada puede devenir muy perjudicial  para quienes tienen el coraje de confiar en ellos en busca de reducir el costo del tratamiento [que no se molestan ni en leer nuestras esencias];

el segundo, profesa una odontología basada sobre la evidencia del momento (¿la mentira de mañana?), guiado por principios y hechos demostrables, en ejercicio de un arte de la cirugía que exige del profesional algo más que la mera acción de la mano [cirugía = trabajo con la mano]. Es importante subrayar que, de a poco, todo a lo largo del siglo, no cesó de aumentar el número de cirujanos dentistas que practicaban la profesión apoyados en los conocimientos teóricos aplicados al trabajo cotidiano.

                                           H. M.

 

  

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