HISTÓRICAS     

        Dientes y supersticiones

Descubrió historias maravillosas, además, sobre las joyas. Pedro de Alonso (Clericalis Disciplina)  menciona una serpiente con ojos de jacinto [ver misceláneas] real, y en la historia romántica de Alejandro, se dice que el Conquistador de Ematia halló en el valle del Jordán víboras 'con collares de esmeraldas reales  en sus lomos.' Había una gema en el cerebro del dragón, contaba Filostrato, y 'ante la exhibición de  letras de oro y una toga escarlta' el monstruo podía ser lanzado a un mágico sueño y matarlo. De acuerdo con el gran alquimista, Pierre de Boniface, el diamante torna invisible a un hombre y el ágata de la India lo hace elocuente. La calcedonia aplaca la ira y el jacinto provoca sueño y la amatista despeja los vapores del vino. El granate espanta los demonios... Leonardus Camillus vio la piedra blanca que extrajeron del cerebro de un escuerzorecién matado, que es un certero antídoto contra venenos. Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray

 

El origen de las supersticiones reside en el esfuerzo del ser primitivo por explicar la naturaleza y a sí mismo, los fenómenos que observaba, y en el deseo de manipular el azar y favorecer la suerte y quizá alterar el futuro.

Que las supersticiones vienen de lejos, no cabe duda. Ya Hammurabi nos enseñaba cómo debíamos rezarle al gusano de la caries para que no nos atenazara con el dolor. La caries es producida por un gusano que por maldición divina fue condenado a vivir en los dientes y las encías podridas.

Desde los tiempos de papá Fauchard, los sabios tienen plena conciencia de que los gusanos no tienen nada que ver con la caries, pero la superstición persiste casi al día de hoy, si no al pasado siglo. En Inglaterra lo imaginaban con aspecto de anguila, En el Norte de Alemania lo vestían de colores, rojo, azul y gris.

Desde la Antigüedad, el Medioevo y aun el Renacimiento, cada era tuvo supersticiones y mitos conectados a los dientes.

Los egipcios los adoptaban como recursos contra la odontalgia. Se valían del ratón, por ejemplo, que era un protegido de Ra y capaz de burlar la muerte: una mitad suya (muerto, obvio) era aplicada al diente dolorido mientras aún estaba caliente (el ratón). También los griegos apelaban al ratón (no de PC como nosotros), al que junto con un par de colegas (del ratón) usaban contra el mal aliento: sin sus intestinos, los incineraban, junto con una liebre, los mezclaban con agua, y se frotaban los dientes, supongo. Un buen abrasivo.

Etruscos y romanos también eran gusaneros y acusaban al asqueroso bicho de los dolores (aunque hay constancias de soluciones más prácticas para los problemas dentarios).

En la Edad Media, prevalecía aún la teoría del gusano y tenían varios recursos para deshacerse de él. Elija, colega, su tratamiento: dientes de ajo en la oreja, laxantes, ampollas en la piel de la cara o, más “razonable,” colocar un alambre candente en el endodoncio o volcarle un ácido.

La dentición.- La dentición, a la cual dedicamos más de una mención en este número de U.O., significaba en África, Madagascar e India, peligro cuando la criatura llegaba con sus dientes puestos. Podía costarle que lo mataran.

Los romanos lo veían como un signo positivo y al nacido con dientes lo llamaban Dentatus. Los rumanos, aún hoy, creen que cuando a un bebé le salen los primeros dientes de leche, el padre debe frotarlos con una moneda de plata, que le regalará después, para evitar que sufra halitosis durante su vida. Y, además, creen (Credinţe şi superstiţii româneşti, După Artur Gorovei şi Gh. F. Ciauşanu (Ed. Humanitas, 2012) que si un bebé ve su imagen reflejada en un espejo antes de cumplir un año, le crecerán los dientes con dificultad; que si un bebé llora durante el bautizo, no es bueno balancearlo entre los brazos pues, de lo contrario, se le caerán pronto los dientes; que si un hombre frota con un dedo los dientes de un muerto y después los propios con el mismo dedo, no sentirá malestar alguno en su dentadura jamás; que quien come pan roído por ratones, nunca sufrirá dolor de dientes; que el mejor remedio para el dolor de dientes es colocar sanguijuelas en las encías. Esto los rumanos de hoy, no los romanos de ayer.

En Japón, hoy, creen que si se te cae un diente de abajo debes lanzar tu diente hacia el tejado de tu casa. Si por el contrario se cae un diente de arriba deberás subir al tejado de tu casa y lanzarlo desde ahí. Si no lo haces así, atraerás la mala suerte.

En Andalucía, hoy, para que los flemones desaparezcan hay que darse friegas en el antebrazo con aceite y saliva, oprimiéndolo sucesivamente con los dedos desde la muñeca al codo. Después se dobla el pulgar de la mano derecha, en forma de gancho y se lo coloca bajo los dientes de arriba, se impulsa hacia arriba y así se abre la boca nueve veces.

Y siguen las supersticiones varias y persistentes.

                                                                H. M.

                    

                                                                                                       VOLVER