HISTÓRICAS     

  Penetrando en Luis XIV

 

 Veremos aquí cuán “penetrante” fue la medicina de tres sucesivos Premiers Médecins du Roi en tiempos del Rey Sol (1647 a 1711), quien habría nacido con dos dientes. Quedó la crónica de la salud y de los tratamientos médicos y dentarios de Louis XIV en un texto editado en 1862, por J.A. Leroi, que ya no se conseguía más; por suerte para los curiosos de la historia, será posible pasearse de deposición en deposición, de purga en purga, de enema en enema, ¡pero de reyes!, porque ha sido reeditado: Stanis Perez, Ed., Journal de santé de Louis XIV. Écrit par Vallot, Daquin et Fagon. Grenoble, France: Éditions Jérôme Millon, 2004. 445 pp.

Lástima lo que omiten sus autores los tres médicos reales Antoine Vallot (1652-70), Antoine Daquin (1670-1692) y Guy-Crescent Fagon (1693-1711), pues no dicen nada de la muy activa vida sexual del rey, a lo que no se habrán atrevido, ni de la famosa fístula anal que en 1686 padeció Su Majestad, quizá porque fue curada por un médico rival, el cirujano Félix. En cambio, incluyen cantidad de panegíricos al rey y de promociones personales por sus valiosísimas intervenciones.

El texto es una historia de la medicina que gira en torno del cuerpo de Luis XIV. Su salud no era tanta como decían quienes no eran sus médicos, pero éstos se las compusieron para mantenerlo lo mejor posible y para escribir sobre ello sin entrar en los latinazos burlones que  su contemporáneo Molière endilgaba en el teatro. Sólo algunas recetas en latín. Actuaron más progresivamente y no se apoyaron como sus predecesores en Galeno o Hipócrates.

Creían en los beneficios de una “sopa purgante” que, cuando administrada al Rey, actuaba once veces en ocho horas, tras lo cual él se sentía “algo fatigado” y se retiraba temprano. Como dijo el historiador W. H.  Lewis, "comenzamos a comprender la propiedad de la observación cínica de que Luis XIV resistió el cuidado de sus médicos por más de 77 años."

El Rey invirtió muchas de sus energías en la persecución y conquista de mujeres. Su matrimonio con Marie Leszczynska produjo muchos hijos, sin que Luis XIV dejara de ser persistente y notoriamente infiel. ¿Habrá afectado esto el hecho de que ella tuviera dientes feos, negros y partidos, lo que se habría debido a su hábito constante de comer chocolates, o por ser petisa y gorda? Algunas de sus amantes, como Madame de Pompadour y la ex prostituta Madame du Barry, son muy conocidas y sus aventuras con las cinco hermanas Mailly-Nesle están bien documentadas. Con los años, adquirió una manifiesta debilidad por las jovencitas, de las que mantenía varias en lo que se conoció como el Parque de los Ciervos (tema tratado como novela histórica por Norman Mailer).

Pero los clísteres, jeringas utilizadas para administrarle enemas, aparecen muy frecuentemente en las pinturas y caricaturas de los siglos XVII y XVIII, de características decididamente escatológicas. La pasión de Luis XIV por las enemas se hizo merecedora de un satírico dibujo del holandés Romeyn de Hooghe, en el que se ve al Rey Sol, identificado por una explosión solar en su cabeza, sentado sobre un globo terráqueo, empalado en una gran jeringa de clísteres. A falta de un recipiente, el producto generado se desparrama sobre todo el globo y la mayor parte le toca a Holanda y varias ciudades alemanas. Con esta escena, alude a acontecimientos que precedieron al nacimiento de Pierre Fauchard, los ataques franceses, la guerra junto a los ingleses e indica que sus enemas y su incontinencia emporcaron el planeta.

A Luis XIV le encantaba comer y de ahí el famoso “remedio” (eufemismo por enema) del que se burló Moliere y también Cervantes lo había hecho y Claude Villiers's (L'Apoticaire de qualité, 1670). Más de 300 sirvientes preparaban sus comidas diarias y su administrador (protagonista de un filme francés), que los dirigía y probaba los alimentos, habría inventado la salsa “mayonesa” y terminó suicidándose por un fracaso culinario. Los 30 platos de una cena eran ingeridos en silencio por él y su familia, mientras calladitos los observaban los cortesanos.

Por fin, el s. XVII pudo ser conocido en medicina como el “siglo de los clísteres”, de las enemas, pues hubo una verdadera manía en todos los niveles sociales. En verdad, clíster es una palabra anticuada por enema, la administrada con una jeringa enorme, de largo pico rectal y émbolo impelente. La práctica se remonta a tiempos de los antiguos egipcios y quizá haya generado el temor de algunos pacientes a las jeringas (no faltan interpretaciones psicoanalíticas ad hoc). Como hubo objeciones a mostrar el culo, los médicos propusieron diversos diseños y ya en 1688 existió una jeringa de “autoservicio” patentada por Regnier de Graaf.

En llegando al fin, creo evidente que esta nota histórica ha cumplido con su título y ha tratado con penetración un aspecto de Luis XIV.

                              Horacio Martínez

                                             VOLVER