HISTÓRICAS     

   LOS DIENTES DEL EMPERADOR

  A mí me gustaría que al recordarme tengan presente la belleza de mis dientes, como ocurrió en vida con el gran Napoleón, de quien dijo el capitán Maitland: “los ojos son de un gris claro, los dientes son buenos”, por los cuales habría quedado fascinada una dama de Tolón (Michelet) y lady MacCollum señaló sus “buenos y blancos dientes, aunque pequeños”.

En 1806, el Emperador nombró dentista oficial a Dubois-Foucou, quien ocupó el cargo hasta 1814. No supo este colega tratar muy bien al hijo del Emperador, quien tuvo una infancia de grandes padecimientos dentarios. Trasladado a Viena, allí fue atendido por el célebre Carabelli (tubérculo), dentista oficial de la Corte.

En 1816, Napoleón padeció un flemón ocasionado por un tercer molar, que lo hizo sufrir y que, por fin, fue extraído en el mes de octubre (Godlewski). Por la misma época, sus encías sangraban y estaban edematizadas; considerando la escasez de consumo de vegetales y de frutas frescas no sería raro que hubiera padecido escorbuto. De él dijeron luego (Senhouse, Bunbury) que tenía “dientes villanos y mal cuidados” y en el examen médico postmortem, el Dr. Gaillard señaló “tres incisivos excesivamente blancos bajo el labio superior un poco levantado del cadáver imperial”.

Es curioso que durante toda su vida pública haya sido amigo de un dentista, François Joseph Talma, quien nunca se ocupó de su boca ni se interesó por otra boca que no fuera la de un escenario. Y es una pena que no haya concluido su vida con más suerte, ni con la dentadura. ¿Faltaría entonces el noble criterio preventivo actual? En el museo Carnavalet es dable ver un cepillo de dientes de Napoleón, y en la Malmaison está el empleado por Josefina.

     (L. J. Cecconi, La famille imperiale et ses dents, 1969)

 

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