HISTÓRICAS     

    

Historia de las enfermedades infecciosas

 

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Marc Chagall y un beso

 

para introducirnos en esta deliciosa forma de, decían, contagiarse caries.

 

 

 

 

 

 

En 1962, Sir MacFarlane Burnet, premio Nobel de Fisiología y Medicina 1960, señaló en las primeras líneas Burnetdel prefacio de         su muy difundido libro Natural History of InfectiousDisease quea veces se siente que escribir sobre enfermedades infecciosas es casi como escribir sobre algo que ya pasó a la historia”.  

 

Todos conocemos por experiencia las enfermedades infecciosas. Generación tras generación, las autoridades han tenido que enfrentarse come mejor han sabido con los problemas prácticos que plantea este tipo de enfermedad, y, en tanto, los sacerdotes, los filósofos y, en fin, los científicos se esforzaron en la tarea, quizá más dura, de interpretarla de acuerdo con las concepciones de la época. Durante la mayor parte de la historia, los hombres han tenido durante las epidemias y otros aspectos de las enfermedades infecciosas una curiosa actitud, mezcla de teoría errónea y de sentido común, muy aprovechable.

En el terreno práctico, debemos recordar que ya en la Edad media se conocía perfectamente el carácter contagioso de algunas de las enfermedades fácilmente diagnosticables, como la peste y la lepra, y se tomaban medidas, planeadas lógicamente para impedir o reducir las epidemias. Como ejemplo, puede citarse la institución de la cuarentena por los venecianos en 1403, y se remonta a los tiempos clásicos la observación de que existe una asociación entre la enfermedad y la suciedad de 1as ciudades y la falta de higiene personal.

A1 principio, las ideas teóricas eran bastante fantásticas, pero desde Hipócrates es notorio el deseo casi general de sustituir por alguna causa más inmediata la explicación atribuida a venganza divina por los pecados humanos. Parecía evidente que la infección pasaba de una persona a otra por el aire, y  por una asociación natural de ideas se llego a la conclusión de que la propagación de la infección era análoga a la difusión en el aire de los olores desagradables procedentes de las heridas sépticas o de loa cadáveres. Desde las épocas más remotas, la putrefacción especialmente la de los cadáveres humanos insepultos ha sido considerada como posible origen de enfermedades.

A principios del siglo XIX, que los desagües en malas condiciones, es decir, los malolientes originaban la fiebre tifoidea y disentería E incluso en 1890 sin ir más lejos, los epidemiólogos más preparados consideraban que las epidemias de peste, gripe o fiebre amarilla pudieran deberse a la difusión de material gaseoso procedente de los venenos del suelo, venenos cuyo origen normalmente se atribuyó a la putrefacción. Se sabía que el origen del material infectivo tenía que encontrarse en los organismos primeramente infectados, que por lo tanto serían responsables de la propagación de la epidemia, pero buscaron la génesis de ésta en las peculiaridades del suelo y del clima.

 

KOCH PASTEUR

 

Gracias a los descubrimientos de Pasteur y Koch, pareció que el misterio de las enfermedades infecciosas se había resuelto para siempre. Los “flujos, fiebres intermitentes, manchas y eccemas”, por no mencionar otras pestilencias más importantes, se originaban por el ataque que las bacterias o microorganismos parecidos llevaban a cabo contra el organismo. La nueva ciencia bacteriológica proporcionó un gran impulso al proceso de higienización de las condiciones de vida de la humanidad: el cual, al memos en Inglaterra, había comenzado unas décadas antes. Ahora existía una base racional para las demandas de suministro de agua potable, los proyectos de alcantarillado, la reglamentación de la leche y de los alimentos puros, la prevención del exceso de población, etc.

Los métodos antisépticos y sépticos  revolucionaron las técnicas médicas y, principalmente, las quirúrgicas. Desapareció 1a fiebre tifoidea y la mortalidad infantil descendió raudamente; proliferaron los cirujanos, libres del miedo de la sepsis, y en varias zonas de los trópicos, vitales para la economía, desapareció la fiebre amarilla, el paludismo. Todos estos triunfos, auténticos triunfos, recibieron la publicidad que merecían. La investigación médica, y especialmente la bacteriología, se convirtieron en profesiones eminentemente meritorias.

Al final de la segunda guerra mundial se podía asegurar que se habían resuelto casi todos los problemas prácticos relativos a las enfermedades infecciosas.

El éxito de la penicilina durante la guerra, en el tratamiento de las heridas infecciosas, inicio una nueva fase en la revolución que había comenzado en 1935 con la aparición de las sulfamidas.

A partir de 1946, ha habido un flujo constante, casi turbador, de antibióticos nuevos y otros fármacos antibacterianos, especialmente de algunos que son activos contra organismo inmunes a la penicilina, como el bacilo de Koch.

La influencia de esas nuevas drogas en las enfermedades infecciosas ha sido, en conjunto, completamente beneficiosa, a pesar del mucho uso indiscriminado que se ha hecho de ollas y los accidentes ocasionales que se han producido. Actualmente, casi no es exagerado decir que ningún niño o adulto previamente sano morirá de una infección bacteriana o protozoaria si se le traslada a un hospital adecuadamente equipado antes de que la infección haya lesionado irreparablemente sus tejidos.

Aun en los países relativamente subdesarrollados, la aparición de nuevos insecticidas y los correspondientes métodos para su uso han hecho posible la erradicación de la mayor parte de las enfermedades producidas por insectos. En 1950, se desterró el paludismo, quizá para siempre, de los Estados Unidos, y el tifus no tuvo un papel importante en la guerra gracias a la combinación de la vacunación preventiva y de las perfectas medidas contra la infestación de piojos.

En muchos aspectos, se puede pensar que la primera mitad del siglo xx marca el final de una de las más importantes revoluciones sociales de la historia y la virtual eliminación de las enfermedades infecciosas como un factor significativo en la vida social.

 

 

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Historia de las enfermedades infecciosas

 

http://lh6.ggpht.com/-zYYg8MPLUn8/SXIJWbjmIOI/AAAAAAABqqs/smG-PLQ6cQ8/Chagall%25252C%252520Birthday%2525201915.jpg?imgmax=640Marc Chagall y un beso para introducirnos en esta deliciosa forma de, decían, contagiarse caries.

En 1962, Sir MacFarlane Burnet, premio Nobel de Fisiología y Medicina 1960, señaló en las primeras líneas del prefacio de su muy difundido libro Natural History of InfectiousDisease quea veces se siente que escribir sobre enfermedades infecciosas es casi como escribir sobre algo que ya pasó a la historia”.

Todos conocemos por experiencia las enfermedades infecciosas. Generación tras generación, las autoridades han tenido que enfrentarse come mejor han sabido con los problemas prácticos que plantea este tipo de enfermedad, y, en tanto, los sacerdotes, los filósofos y, en fin, los científicos se esforzaron en la tarea, quizá más dura, de interpretarla de acuerdo con las concepciones de la época. Durante la mayor parte de la historia, los hombres han tenido durante las epidemias y otros aspectos de las enfermedades infecciosas una curiosa actitud, mezcla de teoría errónea y de sentido común, muy aprovechable.

BurnetSir Macfarlane Burnet

En el terreno práctico, debemos recordar que ya en la Edad media se conocía perfectamente el carácter contagioso de algunas de las enfermedades fácilmente diagnosticables, como la peste y la lepra, y se tomaban medidas, planeadas lógicamente para impedir o reducir las epidemias. Como ejemplo, puede citarse la institución de la cuarentena por los venecianos en 1403, y se remonta a los tiempos clásicos la observación de que existe una asociación entre la enfermedad y la suciedad de 1as ciudades y la falta de higiene personal.

A1 principio, las ideas teóricas eran bastante fantásticas, pero desde Hipócrates es notorio el deseo casi general de sustituir por alguna causa más inmediata la explicación atribuida a venganza divina por los pecados humanos. Parecía evidente que la infección pasaba de una persona a otra por el aire, y  por una asociación natural de ideas se llego a la conclusión de que la propagación de la infección era análoga a la difusión en el aire de los olores desagradables procedentes de las heridas sépticas o de loa cadáveres. Desde las épocas más remotas, la putrefacción especialmente la de los cadáveres humanos insepultos ha sido considerada como posible origen de enfermedades.

A principios del siglo XIX, que los desagües en malas condiciones, es decir, los malolientes originaban la fiebre tifoidea y disentería E incluso en 1890 sin ir más lejos, los epidemiólogos más preparados consideraban que las epidemias de peste, gripe o fiebre amarilla pudieran deberse a la difusión de material gaseoso procedente de los venenos del suelo, venenos cuyo origen normalmente se atribuyó a la putrefacción. Se sabía que el origen del material infectivo tenía que encontrarse en los organismos primeramente infectados, que por lo tanto serían responsables de la propagación de la epidemia, pero buscaron la génesis de ésta en las peculiaridades del suelo y del clima.

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Robert Koch


 

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Louis Pasteur

Gracias a los descubrimientos de Pasteur y Koch, pareció que el misterio de las enfermedades infecciosas se había resuelto para siempre. Los “flujos, fiebres intermitentes, manchas y eccemas”, por no mencionar otras pestilencias más importantes, se originaban por el ataque que las bacterias o microorganismos parecidos llevaban a cabo contra el organismo. La nueva ciencia bacteriológica proporcionó un gran impulso al proceso de higienización de las condiciones de vida de la humanidad: el cual, al memos en Inglaterra, había comenzado unas décadas antes. Ahora existía una base racional para las demandas de suministro de agua potable, los proyectos de alcantarillado, la reglamentación de la leche y de los alimentos puros, la prevención del exceso de población, etc.

Los métodos antisépticos y sépticos  revolucionaron las técnicas médicas y, principalmente, las quirúrgicas. Desapareció 1a fiebre tifoidea y la mortalidad infantil descendió raudamente; proliferaron los cirujanos, libres del miedo de la sepsis, y en varias zonas de los trópicos, vitales para la economía, desapareció la fiebre amarilla, el paludismo. Todos estos triunfos, auténticos triunfos, recibieron la publicidad que merecían. La investigación médica, y especialmente la bacteriología, se convirtieron en profesiones eminentemente meritorias.

Al final de la segunda guerra mundial se podía asegurar que se habían resuelto casi todos los problemas prácticos relativos a las enfermedades infecciosas.

El éxito de la penicilina durante la guerra, en el tratamiento de las heridas infecciosas, inicio una nueva fase en la revolución que había comenzado en 1935 con la aparición de las sulfamidas.

A partir de 1946, ha habido un flujo constante, casi turbador, de antibióticos nuevos y otros fármacos antibacterianos, especialmente de algunos que son activos contra organismo inmunes a la penicilina, como el bacilo de Koch.

La influencia de esas nuevas drogas en las enfermedades infecciosas ha sido, en conjunto, completamente beneficiosa, a pesar del mucho uso indiscriminado que se ha hecho de ollas y los accidentes ocasionales que se han producido. Actualmente, casi no es exagerado decir que ningún niño o adulto previamente sano morirá de una infección bacteriana o protozoaria si se le traslada a un hospital adecuadamente equipado antes de que la infección haya lesionado irreparablemente sus tejidos.

Aun en los países relativamente subdesarrollados, la aparición de nuevos insecticidas y los correspondientes métodos para su uso han hecho posible la erradicación de la mayor parte de las enfermedades producidas por insectos. En 1950, se desterró el paludismo, quizá para siempre, de los Estados Unidos, y el tifus no tuvo un papel importante en la guerra gracias a la combinación de la vacunación preventiva y de las perfectas medidas contra la infestación de piojos.

En muchos aspectos, se puede pensar que la primera mitad del siglo xx marca el final de una de las más importantes revoluciones sociales de la historia y la virtual eliminación de las enfermedades infecciosas como un factor significativo en la vida social.

 

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