HISTÓRICAS   Un jubilado de 1400 años

                                                                                          Se  lo conoció a fines del s.XX, aunque floreció en la primera mitad del s. VII d.C. Si este buen cristiano viviera hoy, ya estaría recibiendo los beneficios de la jubilación. Había alcanzado entre 65 y 70 años y cabe imaginar que los beneficios jubilatorios por aquel entonces en Lepcis Magna eran similares a los actuales en la Argentina, pues su dentadura estaba en tan mal estado como la de cualquier afiliado del PAMI.

Lepcis Magna, sobre el Mediterráneo, en el actual territorio de Libia, comenzó por depender de la metrópolis Cartago y luego de Roma. Sobresalió durante el mandato de Septimio Severo, que había nacido en ella, y después con Diocleciano que la hizo capital tripolitana. Sobrevivió a los vándalos y declinó a partir de la invasión árabe y ya en el s. X, no quedaban restos urbanos visibles. Hasta que, a comienzos del pasado siglo, arqueólogos italianos y franceses la rescataron.

Allí, en 1995, en el área de las llamadas Termas de Levante, se encontró una gran ánfora que contenía el esqueleto en posición fetal de un matusalén (para su época) del cual se conservaban bastante bien los restos dentarios. Como cualquier furioso bruxómano moderno, activamente dedicado a gastarse los dientes, este leptino se había comido las coronas dentarias. Claro que, en su caso, no habrá sido por estrés sino muy probablemente por partículas muy abrasivas, silícicas o fitolíticas, presentes en sus alimentos.

La vida era difícil, y más por la reciente conquista árabe (c.643 d.C), pero nuestro leptino alcanzó una edad respetable para tal época, con signos evidentes de enfermedad periodontal, con algunas raíces íntegramente denudadas y cubiertas de tártaro. Los dientes se le gastaron al punto en que en algún momento habrá estado masticando prácticamente con las raíces. Sin embargo, en la mayoría de las piezas, no llegó a perforar ninguna cámara pulpar, aí, en unas pocas. También padeció una caries cervical y un regio quiste de casi 2 cm que abarcaba los dientes 12 a 14, y que había  generado una fístula palatina de algo más de ½ cm de diámetro.

Es mucho más lo que se sabe de este hallazgo, según lo narrado por Francis Janot y André Laronde (Inform Dent, jul 97), pero no es de mayor interés para el odontólogo o el paciente casual que lea estos datos. Vale, sí, saber que los padecimientos odontológicos no son producto exclusivo de nuestra civilización. Bastante habrá sufrido este habitante recuperado de la Lepcis Magna con un proceso voluminoso y fistulizado como el que reveló el examen dental. La magnitud del sarro en su dentadura revela que no debe de haber conocido más higiene que la de algún mondadientes rudimentario.

Persisten en nuestra sociedad las percepciones negativas de la profesión que hemos abrazado. No es raro que un paciente nos espete (¿o espute?): “Doctor, no lo tome como personal, pero, sabe, ¡odio los dentistas!” Se conoce pero no se reconoce el progreso de la profesión. Aún parecería que no se hubiera descubierto la anestesia, ni los criterios conservadores y estéticos. Con estos 1400 años desde la historia dentaria del jubilado de Lepcis y los varios miles anteriores desde los antepasados de la Edad de Piedra, mucho agua ha corrido y todavía deberemos esmerarnos mucho para superar la opinión del público. No por nosotros mismos, sino por la salud bucal, para que dentro de algunos miles de años no descubran restos del tercer milenio con la dentadura con “picaduras” y “piorreas”. Espero que se cumpla la profecía de E. Dolnick,  periodista norteamericano, quien en 1988 escribió:

“El dentista temible está destinado a convertirse en sólo otro estúpido estereotipo (clisé) como el del científico loco o el del sabio distraído.”

 

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