HISTÓRICAS     

   El intruso implantador...   

 Cuando en Francia Fauchard publicaba su pionera obra, en 1728, nacía un intruso en Inglaterra, un intruso implantador llamado John Hunter. Ni médico, ni dentista, ni nada. No le hablen de la OBE a este señor que en sus 65 años de vida llegó a adquirir una fama que ya le gustaría a los “mercadistas” y a los mercaderes.

Antes que él, pues los franceses estuvieron más adelantados que los ingleses en concepto de respeto al diente como de respeto territorial, Ambroise Paré, médico, ya había expuesto la posibilidad de los trasplantes dentarios, en 1564. No tenía la capacidad de mercadeo de los británicos y de sus colonias. En los periódicos de Albión y de Yanquilandia aparecieron avisos ofreciendo suculentos pagos a los donantes de sus dientes anteriores.

Hunter tenía un bien que escasea: materia gris. Como que se le ocurrió trasplantar un germen dentario humano¡al copete de un gallo! ¡Y se fijó! Un paso nomás de ahí a trasplantar e reimplantar dientes y a los modernos implantes. Cuando no se conocía el concepto de infección, él hervía el diente enfermo extraído antes de reimplantarlo. O, si no, lo quemaba con ácido sulfúrico, nítrico o lo que se le ocurriera. No quedaba un S. mutans ni por casualidad, claro.

Para los trasplantes, sugería tener a mano varios dientes disponibles para poder probarlos en el alveolo hasta encontrar el tamaño adecuado. Después, lo fijaba a los dientes vecinos con hilo de oro. Vaya uno a saber cuánto durarían esos dientes. Es de suponer que los pacientes opulentos que compraban dientes a los menesterosos o necesitados estaban dispuestos a repetir la experiencia cada tanto, con tal de estar coquetos.

Una buena para terminar: Hunter fue un precursor en prevención, en su libro la Materia extraña sobre los dientes, es decir, la placa. Aconsejaba comer frutas y ensaladas para que con sus ácidos “evitaran la formación de depósitos”. Lo que Natura da, no lo da Salamanca.

 

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