HISTÓRICAS     

                 

 

                    Historia del agua francesa,

 universal, ¿y fluorada?

 

En Lutecia, tras la caída del imperio romano, también cayeron en ruinas los dos acueductos que la alimentaban. Los parisienses no tenían más agua para beber que la del Sena, no más pura que la del Ganges y sí menos santa, o la de algunos pozos llegada por dos acueductos, el de Belleville y el de Saint-Germain-des-Prés, que en 1553 aportaban apenas 300 m3 de agua por día, un litro por habitante. A fines del s XVI, no había más que 16 fuentes públicas, todas sobre la orilla derecha. Por siglos, la población pudo contar nada más que con el agua de lluvia recolectada en los techos y conservada en cisternas, algunas con arena para filtro.

Para colmo, se otorgaban concesiones exclusivas que reducían aun más el agua disponible para los carentes de influencias. Enrique IV redujo esas prebendas en 1598 y, en 1606, aprobó una bomba que elevaría el agua del Sena a un reservorio sobre el Pont-Neuf, que recibió el nombre de Samaritano.

Después, en 1613, con fondos de impuestos a los vinos de las aduanas internas, se instaló un reservorio en el sur de París y se abrieron más fuentes, la mitad para el público. Nuevas bombas, en 1670, algo aumentaron el caudal disponible. Sólo en 1745 hubo proyectos científicos para el filtrado del agua, incluso en el domicilio. Los hermanos Périer, en 1773, importaron de Londres una máquina para elevar el agua a la colina de Chaillot y, desde allí, distribuirla. Las familias populares se contentaban con el agua que les llegaba gratuitamente, aunque aleatoriamente, en las bocas públicas.

Los baños eran cosa rara y los parisienses, como Pierre Fauchard, se abastecían de los portadores de agua caliente que la instalaban en una bañera en un cuarto y después de usada se llevaban todo. Había duchas públicas.

Si se tiene en cuenta que los vidangeurs, vaciadores de pozos ciegos, volcaban en la vía pública la parte líquida que transportaban y que por las calles llegaban hasta el Sena, se entiende la importancia de un buen filtrado. Ya Hipócrates definió que el agua potable debía ser límpida, ligera, aireada, sin olores ni sabores sensibles, clara y pura, blanda o dura, de la que depende la salud.

El agua para beber se clarificaba en vasijas de barro cocido poroso. En la República Argentina todavía estamos esperando que los concesionarios franceses quejosos cumplan con las disposiciones de la Ley de Fluoración de las aguas de consumo. Desde la Dirección Nacional de Odontología, nos dijeron que aun aportándoles el flúor exigían 3 millones de dólares anuales para prestar este servicio obligatorio.

                                              Horacio Martínez

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