HISTÓRICAS     

  La higiene dentaria en Francia, siglo XVIII

 “A no ser que los dientes estén muy sucios, muy raramente, se necesita usar las opiatas y los polvos; si no es así, si se tienen en buen estado, se puede esperar un par de meses sin usarlos. La necesidad de recurrir a ellos demuestra negligencia en el cuidado de la boca, lo cual puede suceder en invierno cuando el frío y las cortas mañanas vuelven perezosos a los jóvenes, que soslayan el aseo.” Por eso, decía Bunon, durante el invierno se formaba más limosidad y sarro en los dientes y porque no se purgaban los humores mediante la sudoración. (Robert Bunon, Ensayo sobre las enfermedades de los dientes, París, 1743)

El “limon” fue descrito por Pierre Fauchard. Esta limosidad o placa (ver El diente secreto, de Horacio Martínez) fue mencionada por el español Francisco Martínez en El Coloquio, en 1557.
Para Bunon, la placa endurecida constituye el sarro y hay que emplear dos o tres veces por semana las opiatas, que contaban con la opinión favorable de Fauchard, aunque no de otros autores.

Opiata es el electuario que lleva en su composición opio (antecedente de las pastas dentífricas). Electuario es una mezcla de compuestos disueltos en azúcar o miel. En odontología, las opiatas no llevan opio; como electuarios siempre tienen miel.

Aclaraba Bunon que cuando el sarro está muy duro, no hay opiata que sirva y no hay otro remedio que recurrir a los dentistas. Recomendaba cuidarse diariamente la dentadura eliminando el “limon” (placa) con una pluma, enjuagándose con agua y frotándose los dientes con el dedo, un paño, una raíz preparada o una esponja, sin olvidar la lengua, por supuesto, donde se acumula la limosidad. Lo habitual era aplicar la opiata con los dedos o con una esponja.
La dirección del cepillado debía ser de arriba abajo, en el maxilar superior, y de abajo arriba, en la mandíbula.

Fauchard recomendaba que se hiciera la opiata en una olla bastante grande, porque la masa crecía muchísimo durante la fermentación y se debía remover con espátula de madera. A pesar de los cuidados, la masa en los pucheros se enranciaba y adquiría olor y sabor poco agradables.

 

Tratamiento del sarro

Todas las civilizaciones conocieron el sarro, o tártaro, u odontolito, o tova, en el español de Quevedo, al que  diferenció Jacques Croissant de Garengeot , s. XVII, llamando tártaro al sarro blando y tuf al duro y consolidado. [Paracelso (1493-1540) lo había llamado “piedra de los dientes”, Zahnstein.]
Pierre Fauchard habla de él extensamente y lo mismo Geraudly (quien describió un tártaro gigante que unía ambos maxilares), Bourdet y Bunon (que lo dividió en negro, que provenía de la bilis quemada; amarillo, de un “humor pituitario” y amarillo-marrón, que era constitucional). Algunos pensaron que tenía su origen en los alimentos o en la falta de higiene o en ambos.
Fauchard se inclina más por la “saliva viciada”, que actuaría sobre los restos de alimentos. Bourdet, en el mismo sentido, dice que el “limon” se forma de restos pegajosos de los alimentos sobre los que actúan la saliva viciada, las malas digestiones y el aire espeso de los pulmones y ciertas pituitas”.

 

Técnicas de detartraje

 En el siglo XVIII, para quitar el sarro, recrudeció el  uso de instrumentos y ácidos, como ya lo recomendaba Jacques Guillemeau (1550-1613), cirujano de Enrique IV de Francia, que usaba el buril pero también el agua fuerte. Pero no a la  vez. Aparecieron por ese entonces elixires y aguas llamados soberanos (quizá por el agua regia), que disolvían el sarro y también el esmalte.

Bunon se rebela contra estas sustancias: “Ni aguas, ni polvos, ni opiatas pueden disolver el tártaro cuando se incrusta en los dientes.” “Estropean el esmalte y causan tremendas irritaciones en las encías” (Cuidados fáciles para la limpieza de la boca y conservación de los dientes,1760)
 

Pierre Fauchard, en su El Cirujano Dentista (1728) dedica un capítulo al tartre y al tuf, y también chancre (chancro o cancro), dando tres causas: 1) alimentos depositados entre los dientes y junto a la encía, el limon (limosidad) que luego se seca; 2) el aire exhalado; 3) la saliva cargada de sales y materias terrosas. Se deposita por capas, como sedimentos, más en la mandíbula que en el maxilar superior. Se previene con una vida adecuada, evitando las causas que lo producen y limpiándose los dientes cuando haga falta.

Fauchard, como todos en su época, se hacía fabricar el instrumental en las cuchillerías. En París existían los mejores artesanos de  esos instrumentos (Charrière  y otros) que se exportaban a toda Europa. PF criticaba a quienes tenían muchísimos para impresionar al público, no porque fueran útiles. Y también a los instrumentos de oro de Dionis, pues oro y plata no son bastante duros para desprender el sarro y sirven a lo sumo para mangos.

Fauchard disponía de cinco instrumentos: el “boca de asno”, usado para hacer muescas y mortajas; el “pico de loro”, con la punta curvada como el pájaro; el “buril de tres caras”, algo más largo  que los buriles de los grabadores; el “cortaplumas de cortante convexo”, de lámina más larga que los cortaplumas corrientes, y el “gancho en Z”, para la cara interna de los incisivos inferiores. Se aguzaban con piedras y un poco de aceite. Una vez usados, debían limpiarse y secarse cuidadosamente para que no se oxidaran.  El detalle del uso de los instrumentos abultaría demasiado acá y aparece en su libro.


Antecedentes de los cepillos de dientes


En el siglo XVIII, Francia fue la nación rectora en higiene dentaria. Además, en París sobre todo, se hacían las mejores opiatas, aguas y licores para enjuagarse y combatir el mal aliento.
Sólo se discutía si lo mejor era usar un paño, un cepillo con cerdas orgánicas de puerco, jabalí, tejón, etc. o raíces desmembradas a lo chino.  Las de malvavisco eran arrancadas con los tallos, que se cortaban y metían en agua caliente y se ponían en un jarabe de miel, vino y azúcar. Se dejaban varios días en esto y después se secaban y guardaban para usarlas. Para Geraudly, autor de esta receta, mejor eran las raíces de alfalfa, con un procedimiento semejante.

 El siglo XVIII significó el ocaso de los “bastones de coral” que eran unos objetos cilíndricos finos, hechos de sustancias calcáreas y goma arábiga que les daban elasticidad. Las  rugosidades que se generaban terminaban perjudicando los dientes.
Sin embargo, los “bastones de coral” seguían vendiéndose en la España del siglo XIX. En cuanto al cepillo dental, describimos algo de su historia ya en Universo Odontológico, en “históricas”. Sólo agregaremos, para terminar, que Fauchard rechazaba los cepillos y prefería la esponja.

                                           Horacio Martínez

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