HISTÓRICAS     

 ¡Fuera las Mujeres! 

La decencia y las buenas costumbres no consienten que una mujer sea dentista, por lo menos según los dentistas de la Comunidad de Cirujanos de San Cosme... en el París de 1740, cuando yo me iniciaba en la profesión.

Ese dictamen antifeminista fue emitido por los brillantes colegas de entonces como consecuencia del pedido de Marie Madeleine Calais de ser admitida tras pasar de manera sobresaliente el examen ante los Señores Cirujanos de San Cosme, quienes la aceptaron por unanimidad.

Venía esta muchacha de un aprendizaje de tres años con Claude Geraudly, cirujano dentista muy apreciado, amigo de Fauchard e integrante de una de las logias masónicas más importantes. Posteriormente, había permanecido a su lado otros cinco años como ayudante, sin que a nadie se le ocurriera cuestionarla por razón de su sexo.

Los discriminadores fueron nuestros brillantes colegas -en fin, que nada diferían las Comunidades de entonces de las Asociaciones de hoy- que elemmantemente (c’est à dire, con paso cansino de elefantes argentinos) consultaron al Procurador General y al Parlamento, porque no les cabían cosas nuevas en el estrecho cerebro y no había antecedentes de que una mujer pidiera autorización para el ejercicio profesional. Por si acaso, no lo permitieron. Sí, lo vi entonces, lo veo hoy, la imaginación y la inteligencia ausentes.

Los profeministas de entonces arguyeron que Mlle Calais había hecho el debido aprendizaje y pagado por él y había cumplido con el contrato, y aunque no se la tomara como ejemplo, su talento justificaba aceptarla. El Primer Cirujano del Rey, que por entonces era La Peyronie, quien reconoció la falta de precedentes y sostuvo que “no hay que olvidar la buena acción de procurar el pan a un número de mujeres (pues la imitarán otras)”.  Más divertida y ambigua fue la carta de M. Bachelier: “Os suplico queráis tener a bien continuar con vuestra protección, pues para descartar el pequeño escrúpulo de indecencia que parecéis tener, creo mi deber haceros observar que los hombres se acuestan todos los días sin que el bello sexo por ello s’effarouche. Así, esto bien puede autorizar a las jóvenes a tir! arse unos dientes algunas veces sin un escándalo notorio...”

El Parlamento emitió una disposición por la cual se la autorizaba el 12 de noviembre de 1740. Le di un beso en la mejilla para felicitarla. Hoy no me alcanzaría la trompa para besar a todas las colegas. ¡Benditas sean! ¡Adentro las mujeres!

Como homenaje, vaya un poema publicado hace siglo y cuarto en una revista inglesa:

Señora dentista, te digo con emoción / que me has robado el corazón; / de mis molares puedes dos tomar / sin que me oigas ni una vez quejar; / sácalos a tu propia dulce voluntad, / dolor no puede haber con tu habilidad. [...] Señora dentista, cuando diligente / me hayas sacado el último diente, / tómame edéntulo en tus brazos, / que para el futuro daremos pasos: / los dientes postizos serán para ti / trabajo y alegría para mí.

 

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