HISTÓRICAS     

    Espejo del alma  

Acabábamos de reunirnos en la Plaza de Mayo para averiguar de qué se trataba 

(y  seguimos esperando a los 200 años inútilmente), cuando Joseph Murphy 

publicó un libro, en Londres, donde escribió: “El dentista emplea un espejito de 

aumento para examinar los dientes, con el cual puede descubrir una caries antes 

de que sea visible o de que lo sepa el paciente, y en esta etapa suele ser 

perfectamente curable.” (Y seguimos esperando año tras año inútilmente que los 

pacientes acudan a la revisación periódica.)

También en Londres, tres décadas más tarde, James Snell rápido describía: “Hay en venta espejitos para uso de los dentistas, los que consisten de un trozo de espejo tamaño de una media corona, pero ovales; están encastrados en un receptáculo de plata, que se mueve sobre dos pivotes centrales, o tiene bisagra doble, una para bajar o subir el espejo; otra para unirlo a un mango de unas dos pulgadas, que se pliega todo y lo hace portátil.” Snell prefería usar una superficie muy pulida de acero y lo calentaba para que no se empañara. “Con el gran aumento, el dentista puede eliminar las partículas más minúsculas de materia extraña...”

Así fueron los primeros pasos registrados, dice Richard A. Glenner, pero, como con la rueda,  no sabemos quién fue el que quiso meter un espejito en la boca en vez la nariz (o el halímetro). Y si el rostro es el espejo del alma, ¿de qué tamaño tendrá que ser el espejo que refleje ese rostro para captar la más mínima partícula de lo que debiera ser extraño al alma (maldades, vicios, egoísmos, falta de solidaridad)?

                                                          Dr. Horacio Martínez

 

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