HISTÓRICAS  

ESCARBADIENTES, ¿SÍ O NO?

Los españoles se mostraban con un palillo en la boca para hacer ver que habían comido, aunque la bolsa vacía no les hubiera permitido ni ver comida. El escarbadientes conoció usos menos vanos, vivió épocas de esplendor y lujo y también tiempos en que fue denigrado y vilipendiado. Los invitamos a conocer los altibajos que en su muy larga vida experimentó este instrumento de alivio de las presiones insoportables en las encías.

Ya el hombre primitivo, el neandertaliano Homo habilis, se escarbó restos de bifes (aunque no de brontosaurio) hace 1,8 millones de años. Como que a sus dientes se les ven los surcos provocados por el frote con palillos hechos de ramitas que tenían abrasivos adheridos.

Prehistóricos más coquetos, de Suiza y Francia, usaban juegos de instrumentos unidos a un aro: un pequeño limpiaorejas, un pequeño tenedor de dos dientes para limpiarse las uñas y rascarse y un fino puñalito que era el mondadientes  En Ur (3500 a.C.)  y en las sepulturas asirio-babilónicas aparecieron juegos de toilette con esos mismos elementos. Muestran la importancia que daban a la higiene dental (¿o sólo después de muertos?).

Por Medio Oriente, India, China, Japón y Asia toda se popularizaron unas ramitas aguzadas,especie de cruza con cepillo dental (el siwak), adoptadas por la religión musulmana (ver envío anterior de U.O.).Y las chinas llevaban aretes de bronce con escarbadientes del mismo metal colgándoles.

Los hebreos, los griegos y los romanos usaban escarbadientes de maderas, plumas, pajas (karphos, es griego para mondadientes, y significa hoja de paja.), juncos y también bronce, hierro, plata y oro. Los griegos solían andar con el lentisco en la boca, como su vecino. Con uno embebido en veneno y ofrecido después de una cena, fue asesinado Agatocles, tirano de Siracusa, en 289 a. C..

En Roma, el mondadientes (o dentiscalpium) estaba de moda entre las damas. Según Marcial, cuyos epigramas se hincaban más que el palillo, la madera más usada era el lentisco, o “árbol del mondadientes”, que segrega el pegajoso “mastic”. Hasta le dio nombre. “El lentisco es lo mejor; / pero si falta el lentisco, / con una pluma podrás, / cuando quieras, ser servido.” (L. XIV, ep. 22). E hizo mofa de un tal Esculano: “Ese que afectando aseo / excava sus entreabiertas / mandíbulas con extremos / de lentisco; ese Esculano / te hace de su engaño objeto, / pues no tiene un solo diente / que limpiar con tal esmero.”

Plinio Segundo aconsejó las espinas del puercoespín (Historiae Mundi), sin mencionar el lentisco, pero escandalizado con las plumas de buitres, que daban mal aliento.

Para el autor de Buenas Maneras Cortesanas Tannhauserianas (Innsbruck, 1393), escarbarse los dientes en la mesa era tan vulgar como estornudar y moquear en la mano allí. Los buenos modales según un manual para el cuidado de los bebés (The Babee’s Book, c. 1475), incluyen que los niños no se escarben la nariz, ni los dientes, ni las uñas.

Pero nada menos que un rey, Jacobo IV de Escocia, compró (1488)  “dos mondadientes de oro con cadena”. Para adoptar la costumbre de Europa continental de llevar los palillos colgados del cuello. Su hijo, menos sabio y más elegante, Jacobo V de Escocia, prefirió “una caja de plata para el cinturón para llevar los mondadientes”.        

En el año 1545, en Londres, Thomas Raynalde, prolijito él,  recomendaba escarbarse los dientes hasta que no quedara nada de carne que pudiera pudrirse entre los dientes. Lo mismo que Ambrose Parey, famosísimo médico, quien en 1579, a la romana, indicaba el lentisco muy abundante en el  Languedoc.

William Shakespeare, en un monólogo sobre la vanidad, escribió: “Ahora vuestro viajero, él y su mondadientes en el sitio de honor de la mesa, y cuando mi noble estómago esté satisfecho, entonces me succionaré las muelas y catequizaré a mi mondado petimetre.” (Rey Juan, acto I, escena I). Y su Benedick, deseoso de demostrar que no ama a la mujer que sí ama (Mucho ruido, pocas nueces), afirma que haría cualquier cosa antes que tener una charla de tres palabras con esa arpía, como ir a buscar un palillo al punto más distante de Asia.

En Inglaterra, en 1602, William Vaughan aconsejó emplear mondadientes de marfil, plata u oro, pero retirándose para su uso. Otro dramaturgo isabelino, Thomas Dekker (1572-1632?),  aconsejaba lo contrario: hacerse ver con una pluma o un instrumento de plata en la boca. Quizá por la misma razón de los españoles, para que los demás creyeran que habían comido algo, como se ve en el Quijote.

Sir John Harrington, en 1624, como buen lord inglés, prefería que los palillos fueran de marfil, cuerno de ciervo, plata pura u oro. Estos palillos merecían estuches de no menos categoría, que los hubo de oro, marfil, carey, plata y madera con incrustaciones de plata u oro; así consta en varios registros de joyeros y avisos de la época. En el s. XVIII, Mortimer, en su Art of Husbandry (1707), seguía aconsejando el uso de palillos, y Pierre Fauchard advirtió que debían evitarse los de hierro o cobre, como muy perjudiciales, y sostuvo que lo mejor son las plumas de media caña.

Los lujos monárquicos de otrora se mantienen hasta nuestros días, según Graham Greene (El factor humano): “Para eso llevo siempre un mondadientes”, dijo Percival. Sacó una cajita de Cartier de su bolsillo. “Lindo, ¿no? Dieciocho quilates. Mi padre lo usó antes que yo.”

 

En Francia, s. XVI, Rabelais describió a su gigantesco héroe Gargantúa escarbándose por culpa de una muela cariada que le afectó “...el nervio de la mandíbula, con lo que le ocasionó un fortísimo dolor y comenzó a gritar rabiosamente. Para buscar algún alivio hízose traer su limpiadientes (cure-dents).”

El mal aliento según Pierre Dionis, 1733, se combate escarbándose los dientes con pallillos o plumas, para que la comida no se descomponga entre los dientes.

Giovanni de la Casa, obispo y poeta toscano, es recordado sobre todo por su libro sobre las buenas maneras cortesanas, Galateo (1558), donde escribió que “cuando se retira el mantel, no es decente sacar la caja de mondadientes”. Y: “al alzarse la mesa, lucir un mondadientes en la boca, como el pájaro lo lleva para hacer el nido, o ponérselo detrás de la oreja, no es un procedimiento muy elegante”.

En el Quijote, que lo tiene todo, leo: “Y después de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes...” Volviendo a lo de disimular la pobreza: “¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos!”

Thomas Berdmore (1768) publicó un tratado de patología dentaria con una crítica más racional y actual al uso del mondadientes, de metal o de madera : “Tienden a lesionar los tejidos gingivales, causando su retracción y que los intersticios se amplíen. Por consiguiente, se aloja aún más comida entre los dientes y se impone más el uso del palillo.” Hacia la misma época, R. Wooffendale (Practical Observations on the Human Teeth, 1783) apoyaba el uso de escarbadientes para limpiar entre los dientes y en las cavidades de caries y se oponía a los de metal; prefería una pluma aguzada de tamaño adecuado.

En 1937, en The New Etiquette, Margarey Wilson decía irónicamente: “El único destino moderno para los escarbadientes es clavarlos en los bocadillos de los cocteles.” Y ni siquiera los hubiera recomendado para bocadillos si hubiera conocido el trágico fin de Sherwood Anderson.

El escarbadientes, en su versión actual industrializada, nació en los EE.UU., en 1869, cuando Charles Foster creó una máquina que producía en un minuto la cantidad de palillos que un obrero manual realizaba en un día entero. Se instaló en Strong, Maine, por la madera propicia de sus abundantes abedules blancos, la que así se convirtió en la “capital mundial del mondadientes” y contribuyó a las buenas maneras recomendadas por George Washington: “No se limpien los dientes con el mantel, la servilleta, el tenedor o el cuchillo.”

Epílogo

Hemos visto que siempre tuvo detractores y seguidores y que puede ser comedia o tragedia su uso, según le vaya a cada cual. Y, si no, que lo diga el escritor norteamericano Sherwood Anderson, quien en un crucero de placer a América del Sur, se tragó un mondadientes al comer unos entremeses. Sufrió una perforación del colon sigmoideo y peritonitis y, cuando pudieron llevarlo a un hospital en tierra, falleció, en Colón, Panamá, en 1941.

En cuanto a estos riesgos, baste saber que se publicó una estadística según la cual sólo entre 1979 y 1982, hubo en los EE.UU. 8176 lesiones por año, por causa de los escarbadientes. Hay casos registrados de toda variedad de lesiones graves y fatales, como obstrucciones de uréter, perforaciones de colon sigmoideo, perforación posterior de la faringe y en las regiones más remotas e inimaginadas del cuerpo humano.

Los defensores demostraron beneficios para las encías. Sus detractores -aparte de los daños generales por ingestión- se opusieron señalando que el objetivo real de la higiene es la eliminación de la placa microbiana. La placa por sobre la encía puede ser barrida por el palillo y por el hilo dental, pero sólo éste elimina la que está por dentro de la encía. ¿De qué sirve la polémica si hasta el hombre de las cavernas encontró la manera de escarbarse el bife incrustado en el espacio interdentario?

                                                                                    Dr. Horacio Martínez

   

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