HISTÓRICAS     

  Dientes... de León, de jabalí, de Asterix, los druidas y mucho más en esta breve historia de lo acontecido (sobre todo, dental) en una ciudad francesa desde Vercingetorix hasta el siglo XIX

 

Con títulos así, casi sobra el texto, si no fuera un buen ejemplo de cuánto jugo tiene la pulpa de nuestra historia, desde la Lugdunum frecuentada por Asterix y Obelix hasta la República. En varios breves parágrafos leerán hasta una receta famosa, y sabrosa.

 

Lugdunum -.Julio César no anduvo en guerras contra Asterix y Obelix, sino con los irreductibles galos y su bravo Vercingetorix, que no eran de historieta, y tras los fieros combates ordenó a su lugarteniente Munatius Plancus que fundara, en el año 43 aC, la ciudad que llamaron Lugdunum, allí, en las tierras que lo vieron hacer escala más de una vez.

Antonio rigió luego las Galias sin nunca haber puesto un pie en esas tierras, y siguió Octavio, que primero delegó en Vipsanius Agrippa que fue el gran organizador, hasta que él mismo, ya Augusto, acudió a Lugdunum en el 16 aC. Reafirmó todo lo hecho por su delegado administrativa y financieramente y tras dejar mucha obra partió para luchar con los germanos en el 13.

A Octavio lo sucedió Nerón Claudio Drusus, segundo yerno de él, quien fue padre de Claudio (1 de agosto de 10 a. C., Lugdunum), futuro emperador (41-54), quien permaneció los años 39-40 en su ciudad natal. Fue precedido por Calígula y seguido por Nerón. Claudio fue, dicen, no muy despierto [leer Yo, Claudio, de Robert Graves], culto pero débil, de saber y de buen sentido, y nunca bien querido en Roma, quizá por su origen provincial. Esta condición hizo que concediera muchos beneficios a sus conciudadanos y también libertades; al  punto que dio un famoso discurso en el Senado romano para que se hiciera un lugar allí a los galos.

 

Si esto es antes de entrar en tema, ¡cómo será cuando empiece a hablar!

 

Escribonius, dentista.- Ocurre que nuestro tema es siempre la salud, incluida la precaria de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, que fue atendida y mantenida por su médico personal y dentista Scribonius Largus, quien lo acompañó en la conquista de Britania.

En el año 47, a requerimiento de Gayo Julio Calisto, liberto del emperador, Scribonius compiló una de las primeras farmacopeas: una lista de 271 prescripciones (De Compositione Medicamentorum), suyas en la mayor parte, aunque reconoce una deuda con sus predecesores eminentes. Su terapéutica, la de ese entonces, no cambió demasiado antes del s. XVII. La obra no tiene pretensiones de estilo y contiene muchos coloquialismos. La mayor parte fue transcrita, sin citar la procedencia, por Marcellus Empiricus en De Medicamentis Empiricis, Physicis, et Rationabilibus, c. 410), obra de gran valor para la corrección del texto de Largo.

 

Scribonius, electricista y humanista.-  Curiosamente, fue Escribonio uno de los primeros en introducir la electricidad como terapia: "Para eliminar inmediatamente y curar un dolor de cabeza, por prolongado e intolerable que sea, se coloca una raya [eléctrica] en el lugar que duele, hasta que cesa el dolor y la zona queda entumecida."

Algunos pasajes de su trabajo hacen que se lo haya considerado uno de los precursores del humanismo médico y muy citado en cuestiones de ética médica, pues entendía su actividad como una profesión (professio, en el sentido de "vocación"), con la obligación moral de un comportamiento virtuoso del médico: "buen varón, perito en la medicina, pleno de misericordia y humanidad" (vir bonus, medendi peritus, plenus misericordia et humanitas)

Bromean André Robert y François Emptoz diciendo que entre las raíces  de Lugdunum y la corona  del emperador Claudio se conjugan los dos elementos anatómicos necesarios para formar el diente de Lyon. Buen juego de palabras para entrar por fin en tema, con Lyon, ex Lugdunum, y el “diente de león,” y los remedios preconizados desde entonces contra los dolores de dientes. Sin la ciencia y las cocciones del druida.

 

 [Pero como me encantan las digresiones, invito al lector a las de este mes para enterarse de qué es el diente de león (suena en francés igual que la ciudad de Lyon).]

 

¡Y qué consejos! Para prevenir los problemas dentarios, juzgaban importante tener siempre algo de coral, un collar, un anillo. O, a falta de ello, la casita de los caracoles, algo menos eficaz.

Instalado el dolor, para tenerlo a raya además de la raya (eléctrica), se ofrecían una gran variedad de ungüentos y de opiatos mezclados y cocidos de extrañas maneras y con elementos no demasiado atrayentes o directamente disgustantes para nuestro sentido de higiene: desde infusión de miel y cerebro de liebre hasta orina hervida, sin omitir insectos que aplastados dan desagradable olor y son recogidos de hojas de malva, macerados en vino, o quizá las arañas confitadas en aceite de rosas para tópicos.

No faltaban los excrementos de pájaros, sangre o crestas de gallos, aceite de cipreses de cementerios. Todavía en 1550, Amrboise Paré, que tan bien describió los dolores dentarios y realizó las extracciones, no vacilaba en prescribir junto a la esencia de clavo de olor, la introducción en el diente dolorido de ajo muy caliente, o el echalote que preferían otros. Hoy, en Lyon, como en Buenos Aires, se llama dientes a los componentes de estos vegetales.

 

El viejo Fauchard .- Y como no podía olvidar a Fauchard, diré que para combatir  el fuego de las encías, recurría al cerebro de liebre o la médula ósea o aun a la grasa de un gallo viejo o a su  cresta recién cortada para frotar las encías del niño enfermo.

También preconizó Fauchard un opiato que incluía cuerno de ciervo, marfil, pie de carnero, madera de romero, costra  de pan (de cada uno dos onzas), todo quemado y reducido  a carbón, y un largo etcétera incorporado en suficiente cantidad a miel rosada.

En lo específicamente lionés, Robert y Emptoz dan una  primera receta simple: el jarabe de clou de porte (llave de puerta), versión deformada de cloporte (o bicho bolita, insecto de la madera), que tendría un veneno anestésico. La segunda es más complicada y un poco menos atrayente: tomar una manzana pequeña entre los dientes y meter la cabeza delante del horno hasta que la manzana esté cocida: ¡el dolor de dientes estará curado! Le reconocemos que es bastante radical el método, pero aseguraban los cronistas de la época que el enfermo nunca más sentiría nada.

Otro recurso lionés es menos agresivo y particularmente recomendado por Guignol (ver más abajo): gargarismos de vino para el dolor de muelas, extracto de sarmiento, un específico único. Con aguardiente quizá; con agua el buche sería rechazado por el paciente lionés: L’eau qui mouille les grenouilles n’a jamais mouillé mes dents [¡El agua que baña las ranas jamás bañó mis dientes!]

 

Verdugueando.- Semejantes tratamientos solían terminar en extracción. Para peor, a lo largo de siglos, la extracción de uno o más dientes se mantuvo como castigo corriente para faltas y delitos, de lo cual es  testimonio el documento siguiente surgido en sitio muy próximo a Lyon:

En el mes de mayo de 1391, el Rey Carlos VI (el Bien Amado) confirmó los privilegios de los habitantes de la ciudad de Vienne, en el Delfinado. Entre estos privilegios, el Rey ordenó que a quien entrara en las viñas o en los huertos ajenos para causar daños, se obligara a repararlos y, a su elección, pagara una indemnización de 3 sueldos 6 denarios o se le arrancara un diente (Côtes Rôties-Condrieu).

 

Aires de renovación.- Desde el s. XIV, los más eminentes espíritus sintieron el deseo de reemplazar las viejas enseñanzas e instruirse, educarse, adquirir una cultura médica más completa. Guy de Chauliac, otro hijo de la gran Lugdunum simboliza el cambio. Fue autor de un tratado en latín traducido como La grande chirurgie ou L’art du Barbier, donde se ve por primera vez el  nombre de chirurgien dentiste y donde deploró que un arte que debía estar reservado a los médicos fuera ejercido por charlatanes. Guy de Chauliac (c.1300-1370), ejerció en Lyon, y después en Avignon donde sirvió a tres papas : Clémente VI, Inocencio VI y Urbano V, de 1342 à 1370. Falleció en Lyon.

 

El primer lionés impreso.- .Un libro del célebre Lanfranc, que lo escribió en Lyon, fue impreso en Lyon,  su Chirurgia Parva, traducido en 1490 por Guillaume Yvoire. Fue uno de los primeros libros de medicina publicados en francés en esa ciudad.

En el s. XVII comenzó la emancipación de la cirugía con los maestros cirujanos locales que formaron los primeros dentistas, y los recibidos en París supieron imponer su capacidad profesional. Formaron a su vez a otros que continuaron la enseñanza artesanal. Hacia 1792, esto habría de paliar un poco la excesiva libertad profesional y las lagunas de la ley del 19 ventoso del año IX, en una ciudad de 150 000 habitantes, donde, entre 1785 y 1789, ejercían sólo  tres expertos dentistas recibidos.

 

¿Así quién podía atenderse la boca? Como que existían dos artes dentarios: el de los nobles, los burgueses, los comerciantes, en fin, quienes tenían los medios y se atendían con los cirujanos que habían estudiado el arte de curar y de extraer los dientes; y el de los otros, que sólo les cabía confiarse a los empíricos y charlatanes que oficiaban al aire libre, junto al Pont du Rhône, como los de París junto al Pont Neuf.

Un solo ejemplo de charlatán: el del italiano Gorla, en cuyo tablado del quartier Saint Jean, actuaba su hija, Marquise, quien habría de pasar a la troupe de Molière, y terminaría en la cama de Racine, de quien tuvo una hija.

 

De changador y tendero a dentista y marionetista.- Hubo no muchos dentistas lioneses, pero los hubo serios y autores de tratados interesantes, de los cuales el más curioso sería Laurent Mourguet, dentista y marionetista

 Nacido en 1769, trabajó en las sederías como « canuto », que es como llaman en Lyon a obreros de la seda, como obrero portuario en los muelles del Saona. Pasó después a las ferias a vender mercancías y allí observó a nuestros antepasados que, al son de tambores, les extirpaban las muelas a los confiados espectadores. Le gustó. Y se dedicó a eso. Como no existía la anestesia, Mourguet montó un pequeño teatro de marionetas inspirado en el teatro italiano (Arlequín, Polichinela y los otros personajes de la commedia dell'arte), con cuyas bufonadas y las consiguientes risas buscó sofocar las manifestaciones de los sufrimientos más vivos.

Concibió en 1808 su propio personaje, Guignol, contestatario, impertinente, guaso, de un comportamiento muy parecido al de los canutos, de nariz respingona, algo ceceoso y de ojos plenos de malicia. Fue tanto su éxito que en 1804, abandonó los forceps por las marionetas, con la colaboración del père Thomas, comediante muy amigo de la botella, que había inventado el personaje de Gnafron, zapatero lionés, con una nariz roja que testimoniaba su amor por el beaujolais. Más tarde, Mourguet agregó una mujer, la Madelón.  

 

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Guignol

 

Laurent Mourgue dejó el arte dentario por el teatral. Se retiró a Vienne, donde creó un nuevo teatro y murió en 1844.

La odontología puede recordarlo por cómo cuidó a los otros, por su atención al dolor y su enfoque de la profesión que lo hacen un precursor de la odontología psicosomática.

 

Una receta de la cocina lionesa:la salade lyonnaise.”

Ingredientes para 4 personas:  4 huevos;  200 g de panceta ahumada [8 tiras de “bacon”]; 400 g de pissenlits (hojas de diente de león, o, si no, escarola o endivia); pan; dientes de ajo;  ciboulette  [4 cucharadas de echalotes bien picados]; aceite de oliva; vinagre de vino; mostaza de Dijon. Puede agregarse tomate.

Trozar y lavar bien el vegetal verde. Preparar una vinagreta con mostaza. Cortar el pan en cubitos. Saltear la panceta en tiras en sartén no adherente; retirarla y cortarla, en frío, en trocitos. Cocer el pan en la grasa liberada [o en manteca], con el ajo picado. Panceta y pan se dejan sobre papel absorbente.

Entretanto, hacer los huevos pochés, con la técnica preferida para que no se desparrame la clara. Una manera es hervir agua con algo de vinagre, partir cada huevo en una taza y con ésta trasvasarlo al agua hirviente. En 1 min a 1,30, se retiran los huevos con cuidado y se los pone en un bol o colador a escurrir. [Algunos los hacen blandos para que la yema escurra en la ensalada; otros prefieren hervirlos unos 10 minutos y picar las yemas y mezclarlas con la ensalada.

Se coloca el vegetal en un plato, bien seco, y se le rocía la vinagreta. Si se eligió agregar tomate, es el momento de sumarlo cortadito. Se agregan, calientes, la panceta y el pan frito (croûtons) y se corona todo con un huevo aún tibio. Se puede decorar con la ciboulette. Servir enseguida.

 

No me diga, amigo lector, que no se puede contar la  historia “con buen gusto.”

                                                                                H. M.

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