HISTÓRICAS     

El odontólogo ¿o dentista? en la historia

 

No faltan colegas argentinos que se ofenden si les dicen “dentista” y pienso en los pobrecitos colegas norteamericanos que deben arreglarse con “dentist” porque ningún genio anglófono impuso el neologismo “odontologist.” No tenemos más mérito ni nos odian menos por adjudicarnos el nombre de odontólogos que por ser dentistas. El famoso cantor de las cosas nuestras, Bernard W. Weinberger, escribió un comentario muy oportuno sobre las prácticas en los tiempos primitivos: Si un diente debía ser extraído,  se le aplicaba un simple golpe… procedimiento que por cierto habrá generado enemistades.  Al hombre nunca le gustó que un miembro útil y ornamental de su organismo fuera rudamente arrancado de su alvéolo […] y aunque admitiera la necesidad, no existiendo medios para curarlo, de todos modos no podía sentirse agradecido con el operador.

En tiempos romanos los sacamuelas fueron llamados, dentatores, dentispices o edentarii. cavadenti en Italia, arracheur de dents en Francia, Zahnbrecher en Alemania, y, claro, dentistas. Para poner un poco de orden  en la nomenclatura dental, la Asociación Dental Norteamericana publicó una obra concienzuda, escrupulosa, minuciosa, enjundiosa, que su sesudo autor George Denton denominó The Vocabulary of Dentistry and Oral Science (Vocabulario de la dentistería y la ciencia bucal, ADA, Chicago, 1958).

 Atesoro una frase de él que los escritores de dentistería deberían tener muy presente (en cualquier idioma) antes de largar neologismos muy sueltos de cuerpo. Dice: El más sobresaliente de los principios deseables [en la formación y uso de palabras] es el criterio del uso estándar. Una palabra, para ser considerada de uso estándar, debe tener uso nacional, uso presentebuen uso [el de los buenos hablantes]. En los neologismos, no se puede contrariar las normas básicas de la lengua; p ej, no se puede escribir “nanoresinas,” porque se debe duplicar la  R para que suene fuerte.

Nos recuerda Denton (p. 89) que dentista deriva del latín dens, que significa “diente”, más la terminación que indica ocupación (artista, oculista, novelista). Curiosamente, la derivación dentistería desde la ocupación es única: no existe, p ej, la oculistería. Antes de Pierre Fauchard y su Chirurgien Dentiste (1728), en la Edad Media se decía en latín dentator y en francés dentateur; pero los italianos ya usaban dentista de donde habrá pasado al francés dentiste. Quien quiera conocer toda la serie de nombres que se nos han aplicado puede acudir a Lawrence Parmly Brown (Appellations of the dental practitioner, Dental Cosmos, 1936).

No cambia mucho el fondo de la denominación si en vez de usar la raíz latina para nuestro título vamos a la griega y decimos odontólogo, que sigue ahí el diente y no la boca, que está en estomatólogo.

Ya Marx (Groucho) anotaba – riendo, claro – en su autobiografía: Ahora el dentista se hace llamar odontólogo. Y Denton comenta que ha habido intentos de sustitución con términos más elegantes o altisonantes (como si un oftalmólogo fuera menos por decirse oculista) y dice que no han prosperado. Claro, eso en inglés, pero en los descendientes sudamericanos de los aristócratas españoles y su reluciente orgullo, floreció y se afianzó el odontólogo. Lo que es yo, yo estoy muy contento de ser dentista (aunque mi diploma diga “doctor en odontología”).

                                           H. M.

                                           

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