HISTÓRICAS     

  El gran charlatán…

 

En ocasión de darme una vuelta por algunos de los pocos puentes que teníamos en París en 1720, acerté a pasar por el Pont Neuf, que no era tan nuevo como pretendía. Me encontré allí con la teatralidad del gran Thomas. Fue algo diferente, muy diferente a la charlatanería que conocíamos, comenzando por que escondía su naturaleza real de chirurgien detrás de una máscara de charlatán de feria. Era de los que ejercían al aire libre, él allí, en el Pont Neuf, sin ser expert pour les dents, en el camino de paso de medio París. Era descomunal, enorme, con la fuerza de un Hércules y vozarrón de Júpiter que se hacía escuchar hasta la orilla opuesta del Sena. Vivía en la isla de Nôtre Dame. Lo recuerdo con su deslumbrante traje escarlata, plaga do de oro por todas partes, coronado con un gigante tricornio poblado de plumas de pavo real. Una ristra de dientes colgaba de su cuello, para que, al ver el larguísimo sable que lucía a un costado, nadie confundiera su actividad.

Desde lejos, cuando se instalaba en la plataforma de su afamado carro, detrás de una balaustrada, se le veía un sol resplandeciente que le brillaba en medio del pecho. Del dosel que lo protegía colgaban un enorme molar de tres raíces y una campana que un ayudante repicaba vigorosamente en el momento oportuno (cada vez que realizaba una extracción), si no fuincionaba una orquesta de dos músicos.

En una ocasión muy especial, cuando nació el Delfín, que fue en septiembre del 27, él organizó un banquete popular que la policía prohibió por no haber pedido permiso. Lo sustituyó en un par de semanas con una marcha triunfal a Versalles para verlo, lo que se permitió a cualquier persona. Él montaba un caballo soberbio, recubierto por una gualdrapa azul, sembrada de flores de lis plateadas. Portaba un casco de plata con un “gallo cantor”, o gallo victorioso, de alas desplegadas, que pesaba cerca de dos kilos, y le cubría el pecho una coraza de plata. Lo precedían los dos músicos y un portaestandarte. Lo seguía una muchedumbre delirante. Fue apoteótico. Aun maravillado ante su ingenio, no me hacía sentir bien un despliegue que me parecía más propio de charlatanes del mercado, de los que abundan en las ferias. Los mismo s que le hicieron padecer crueles desgracias al médico Guy Patin, fallecido antes de mi nacimiento, las cuales lo llevaron a escribir que éramos todos unos “misérables coquins presque tous arracheurs de dents...”

El pobre Thomas falleció hace tres años, en 1757. Y aquí estoy yo, ahora, recordándoselo a mis colegas del 2003. Porque quien no se interesa por la historia corre el riesgo de repetir experiencias erradas, que lo dijo Voltaire

                                     Dr. Horacio Martínez

 

                                             VOLVER