HISTÓRICAS     

  Los charlatanes de entonces

Los charlatanes de entonces y los charlatanes de ahora no difieren más que en el tiempo, porque los hábitos y sistemas son similares. Un par de botones podrán servir de muestra de que la historia se repite, o de que nunca se vio progreso del ser humano (¿y declinación?).

 

Vale aclarar que en mi país (Argentina) usamos el término “charlatán” con una amplitud que abarca a los chopras y bucayes y las seudo medicinas alternativas (que las hay buenas y serias) y a quienes hablan hasta por los codos aunque no pretendan vendernos nada y también a los parlanchines de la política que nos venden bienestar y nos dan miserias y los videntes que nos venden espíritus y nos suministran trucos, etc. Es decir, charlatanes mucho más allá del truchimán de feria

 

Los charlatanes en USA

 

En el país de la libre empresa, muchos de sus estados autorizan el lucimiento de las caripelas de dentistas -- ellos y ellas -- en guías, ómnibus y carteles publicitarios callejeros o marquesinas propias. A los falsos médicos y dentistas los llaman mountebanks y quacks, palabras cuyo origen explico en DIGRESIONES. Desde hace largos años vienen vendiendo medicinas que lo curan todo, incluido el dolor de muelas, sin tener la más mínima noción de cómo empiezan ni terminan las enfermedades. Estos curiosamente llamados remedios “patentados” surgieron con fuerza en los siglos XVII y XVIII, en Gran Bretaña y sus colonias, como los EE.UU. La venta mercantil sigue vigente en manos de Médicos con precio (Revista Noticias -9-8-08), nombre que los visitadores dan a los médicos con abultado recetario y deseos de abultada billetera. Hoy, en la República Argentina. [Ver más en GREMIALES]

Por ese entonces, se difundieron productos como el Carminativo de Dalby, el Elixir de Daffy o el Bálsamo de Vida de Turlington, los primeros en crear una marca, un envase y mercadeo masivo, ya no el elemental monta-en-banco que se subía a una tarima a pregonar su patent medicine. No se quedaban atrás el resto de los europeos, que llegaron a vender Agua de Colonia como un curalotodo o mentida panacea, como hicieron Giovanni Maria Farina y muchos otros.

Los productos mencionados mantuvieron su presencia y aspecto por más de 100 años y les fueron surgiendo imitadores, en su mayor parte provenientes de Gran Bretaña y su ex colonia. En 1830, la lista de líquidos espejitos de colores totalizaba nada menos que 1300 “específicos.”

Desde comienzos del siglo XIX, las marcas extranjeras fueron siendo reemplazadas por norteamericanas (home-grown), como estaba ocurriendo en el resto del mundo. A veces, como el burro flautista de la fábula, acertaban por casualidad con algo de cierta utilidad, como el Bálsamo de Turlington, que todavía hoy se ve en las farmacopeas del RU y de USA como Compound tincture of benzoin. Del mismo modo, decía alguien que mil monos tecleando al azar podían rescribir el Quijote. Productos conocidos entonces, como la Reanimating Solar Tincture, del “Dr” Sibley, que podía restaurar la vida, o el Cordial Balm of Gilead, que decía curar hasta la gonorrea y el onanismo (!), eran con frecuencia alguna bebida espirituosa con algunas hierbas para darle otro gusto y que se vendían por un equivalente de u$s 100 actuales.

La mayoría de las medicinas no tenían ingredientes eficaces, mientras algunas contenían morfina o algo así, que hacía al  paciente sentirse mejor aunque no lo curaba de nada. A veces, si incluían mercurio, plata o arsénico, podían ayudar con algunas  infecciones, como la corteza de árbol que contenía ácido salicílico (aspirina), o la quinina útil para la malaria.

Intrusos en nuestra profesión y sacamuelas vocacionales no faltaron nunca, incluidos herreros diestros en el manejo de sus pinzas. De algunos sacamuelas parisienses ya he hablado en números anteriores de Universo Odontológico, incluido el más famoso de todos ellos, el Gran Thomas. Hay más.

 

Sacamuelas de París

 

Los sacamuelas más famosos de París, como Jean Thomas, se instalaron en el Puente Nuevo y sus inmediaciones, lugar de gran tránsito. Uno de muchos se llamaba Cornier y era, además, director de una “troupe” que actuó con Molière en el Chateau de la Grange y arrancó los dientes de un poeta llamado Sibus delante de una muchedumbre aterrorizada. Otro fue uno llamado César

Pero de lo más famoso de ese siglo XVII fue un tal Tabarin, quien disputó el prestigio con su gran rival Desiderio de Combes, o barón de Grattelard (Rascapanceta). Tabarin llegó a París con sus tarimas y su hermano Mondar, que vendía los remedios, y pronto se destacó por su desparpajo y destreza, como decía la canción: Si tiene los dientes gastados / debes recurrir a las pomadas, solventes, / opiata y  romero / que encontrarás en casa de Tabarin. Orgulloso de su trabajo no se sentía disminuido por distribuir remedios en público, y consideraba gran honor subir al “teatro”. Ya mencioné en U. O. cómo se combinaban muy bien las dotes teatrales y la charlatanería (como hoy no falta quien cobre más por la “cafetería” y no faltan quienes lo paguen, ¡benditos ellos!).

Tal proliferación de sacamuelas charlatanes, que incluyó nombres como Rodin –no esculpía -- , los Brioche –no se comían – o Arnaut, Mangin y muchos más, llevó al médico y poeta Sounet de Courval, a escribir su Satyre contre les charlatans et pseudo-medecins empyriques.

 

Notables charlatanes, que no lo fueron

 

Sabios que en este mundo fueron soportaron que les endilgaran el inmerecido nombre de charlatanes, como Louis Pasteur (1822 – 1895), el insigne microbiólogo que confirmó la teoría del origen infeccioso de las enfermedades, creador de tantas curas reales, como la primera vacuna para la rabia y procesos como la “pasteurización.” Fue acusado de charlatán en múltiples ocasiones.

O como Ignaz Semmelweis (1818 - 1865), el austro-húngaro que descubrió que el alto número de fatalidades por la fiebre puerperal podía ser drásticamente reducido con lavarse las manos en las clínicas obstétricas. Con semejantes ideas revolucionarias fue echado de varios hospitales y tildado de charlatán, objeto de burlas.

La hipnosis, practicada bien por muchos odontólogos, reconoce a Franz Anton Mesmer (1734–1815) como descubridor de lo que llamó magnétisme animal y se recuerda como mesmerismo. Del  desarrollo de sus ideas, James Braid (1795–1860) inició la  hipnosis en 1842.

Hubo un charlatán tan charlatán que mereció un entretenido  libro, John R. Brinkley (1885–1942), de quien podrá enterarse más quienes lean la sección dedicada al LIBRO DEL MES). Pero ésta ya es otra historia.

                                                                                H. M.

                                                                     VOLVER