HISTÓRICAS     

                 

 

             Don Miguel de Cervantes, hijo de dentista

Es corriente ver cuántos pescadores de perlas recogen las más valiosas en el inagotable venero cervantino. Con razón, pues abundan en sus obras las referencias a nuestro quehacer. Y esto ha dado que pensar. Por ejemplo, los Dres. Antonio del Valle A  y M. Romero indagaron el porqué de tanta mención y hasta aparente conocimiento y desembocaron en un trabajo que titularon Cervantes, padre de Don Quijote e hijo de un dentista (J Dent Res 2006 ag;85(8):701) en el que concluyen que Don Rodrigo de Cervantes debió de ser dentista de su época.

El progenitor del progenitor de Don Quijote y Sancho vivió en Alcalá de Henares, en el casco viejo de la ciudad. Allí casó con Leonor de Cortinas Sánchez, una rica heredera, y no vivieron todo lo mal que algunos creen. Don Rodrigo era de ascendencia cordobesa y también gallega. Fue lo que entonces se llamó cirujano, un poco más que el simple barbero y mucho menos que médico o dentista de hoy, pero era común que endosara sanguijuelas y que hiciera parir dientes. Como después su hijo, estuvo preso varios meses; sus bienes fueron embargados y debió huir de los acreedores en 1556. Se dirigió a Córdoba para recoger la herencia de su padre, Juan de Cervantes.

El licenciado Juan de Cervantes llevó una vida a veces desequilibrada y tormentosa, llena de incidentes, aunque de evidente buena reputación e influencia política, con cargos importantes. Su suegro, el bachiller y médico cirujano Juan Díaz de Torreblanca, padre de Leonor Fernández de Torreblanca, era un hidalgo no sólo rico sino respetado en su ambiente. Tuvo una vida acomodada. Quizá conoció a su nieto, cuando Rodrigo de Cervantes llegó a Córdoba en 1553 y Miguel tenía seis años.

Su abuelo murió en menos de tres años Su hijo Andrés fue Alcalde de Cabra, en Córdoba. Su otro varón, padre de Don Miguel, procuró formarse como médico-cirujano. Fue cirujano sangrador, o barbero cirujano (como el padre de Murillo), que la cuestión no estaba muy bien delimitada.

Los médicos y cirujanos se concentraban en las grandes ciudades. Los campos se encontraban desprotegidos, en tal magnitud que, en 1603, Felipe III autorizó el ejercicio de oficios paralelos a la medicina.

Las autorizaciones eran estrictas para cada oficio. Los médicos solo podían formular polvos y tabletas purgantes y los barberos sangradores únicamente podían intervenir con previa autorización de un cirujano llamado latino, que sólo podía recetar para uso externo.

Sin embargo, las diferencias que separaban a cirujanos y médicos eran mucho menos intensas que en el resto de Europa. Los cirujanos estuvieron en un peldaño inferior en la escala social, estaban en más baja posición económica que los médicos, y carecían, por regla general, de preparación académica. Los médicos prestaban servicios a los miembros de las capas sociales más pudientes, los cirujanos atender a los pobres de la sociedad. Por esta razón, el cirujano gozaba de un mayor reconocimiento entre las capas socioeconómicas menos favorecidas. Según Laín Entralgo, los médicos constituían el grupo aristocratizante y los cirujanos el democratizante.

Los facultativos de la cirugía se ocuparon de curar las heridas, efectuar amputaciones y otros procedimientos quirúrgicos; los médicos buscaban cura para los padecimientos internos. La cirugía permaneció en el dominio de las artes manuales que ejercían los maestros, por lo cual, en especial durante el s. XVI se los denominaba con ese título  Las tareas de los cirujanos, especialmente los que carecían de educación universitaria solían superponerse con las de los barberos; con herramientas más propias de éstos que de cirujanos.

Los médicos y los cirujanos latinos, estaban respaldados por títulos de las universidades de Alcalá y Salamanca. Los barberos sangradores colocaban sanguijuelas y extirpaban muelas. El Tribunal del Protomedicato, instituido por los Reyes Católicos en 1477 y reformado profundamente en 1617 por el rey Felipe III, reguló los exámenes de los aspirantes, luego de sus estudios universitarios. En el siglo XVII, esas ocupaciones gozaban de muy poca estima, como la de dentista hoy. Necesarios, pero no queridos. Los literatos y poetas como Quevedo y Lope de Vega, ridiculizaron el ejercicio en forma permanente.

En fin, que si el abuelo de Don Quijote fue dentista es algo que satisface nuestra curiosidad, pero ni quita ni pone corona de Príncipe de la Literatura a Don Miguel de Cervantes y Saavedra.

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