HISTÓRICAS

    ¿De qué cepillo me hablan?

 

            Si alguien quisiera perpetuar la imagen del dentista en un tríptico - como los que pintan santos, pero sin pretender que lo seamos -, podría consagrar el panel de la izquierda al dentista que ostente como símbolo un cepillo de dientes y el de la derecha a otro colega que blanda un torno. La guerra y la paz. El amor y el odio. La maldición del dolor y la bendición de la salud. Y varias antinomias más podrían ocupar el panel central principal.

            La imagen dual nos acosa, por un lado nos aman, por el otro nos odian, por un lado nos tienen en alta estima, por el otro los dibujantes con pretensiones de cómicos nos pintan peores que el dentista que tan cruelmente personificó Steve Martin en “La pequeña tiendita del horror”. Sin embargo, en julio de 1987, una encuesta Gallup, en los EE.UU., ubicó a los dentistas segundos por honestidad y normas éticas, por sobre médicos, clérigos, profesores, banqueros y abogados. Cómicos o siniestros frente a honestos, ¿dónde está lo cierto?

            En EE.UU., ven honestos a los dentistas porque saben que los de ese país han hecho todo lo posible por erradicar las principales enfermedades dentarias. Los esfuerzos colectivos de los más de 200.000 miembros de la Asociación Dental Norteamericana y los individuales de cada uno de ellos han logrado forjar esa imagen. Téngase en cuenta que la mitad, por lo menos, de los niños entre 5 y 17 años jamás tuvieron una cavidad de caries. Según Harald Löe, es el comienzo del fin de una enfermedad que ha perseguido a la humanidad. Pero allá y acá los comediantes no encuentran graciosa esta imagen y prefieren la del dentista sádico o payaso y perpetúan así una idea que ya debiera haberse esfumado de la mente colectiva. Esta idea que persiste al hablar de la odontología, por lo general cambia al hablar del propio dentista, que ése sí es una maravilla. No comprende este laudador que, aparte de los méritos personales de cada uno, la “mano de oro” de ese profesional se debe al indiscutible progreso de la odontología. Pero volvamos - colega o paciente - a la higiene que nos redime.

            La historia de la higiene dental se remonta muy lejos en el tiempo, pero a no asustarse que no soy historiador y me aburro si me vienen con historias. Pero me imagino al pintor de las cuevas de Altamira pintando bisontes y limpiándose los dientes como podía, por ejemplo, digo, con  pelos del bicho ilustrado. Más acá, puedo representármelo al narigón de Ovidio dando consejos a las jóvenes casaderas o simplemente a la pesca: “¿A qué recomendaros que no dejéis por negligencia ennegrecer el esmalte de vuestros dientes y que todas las mañanas debéis lavar vuestra boca con agua limpia?” Pero aclaraba: “Censuro que [...] que limpiéis vuestros dientes delante de testigos.”(Ovidio, L.II, l.129 y 149)

            Desde el agua pura al vino, desde lo que se le ocurra que pudo usarse como dentífrico a la orina, desde el dedo a un paño a algún cepillo, todo se viene usando (o debiéndose usar sin hacerlo), desde antes de María Castaña, y todo lo iremos viendo en sucesivas notas. Comenzaremos con un implemento que Mahoma recuperó y que figura en el Corán y sigue siendo usado por millones de seres humanos en el mundo. Se trata del siwak o miswak, que ya los romanos habían copiado y fue conocido en Occidente como “varita para mascar”, “varitas de fibras” o “lápiz de fibras” y tiene pleno arraigo en Oriente.

             El palito de mascar es un tallo, ramita o raíz de determinadas plantas al que se le da forma de pincel, masticando un extremo o golpeándolo. Tiene ventajas e inconvenientes y su uso es vasto: se emplea en casi todo el Medio Oriente, Pakistán, Nepal, India, Malasia y África, donde se lo prefiere por razones culturales, mientras que en otras partes es porque los más pobres no pueden comprarse un cepillo moderno. Eligiendo bien la planta se logra un gusto aceptable, varias cualidades físicas y producción de espuma. Mahoma lo adoptó cuando estaba en cierta decadencia su empleo, hacia el año 543. En su lecho de muerte, pidió a una de sus esposas que le preparara el siwak; dice uno de sus historiadores: “Ni la proximidad de la muerte impidió al profeta pedir el siwak, porque es la cosa más elegante que uno puede usar...”

            El libro sagrado del Islam indica que el siwak debe ser tomado entre el meñique, el mayor, el anular y el índice, con el pulgar apoyado apuntando hacia el penacho, como para poder hacer rotar el palillo entre los dedos o para cepillar todas las caras dentarias, casi a la manera individual indicada por la prevención. En caso de conversión al islamismo es conveniente anotar el método descrito. Las costumbres indican su empleo por 5 a 10 minutos, más de los que se toman nuestros pacientes.

            Algunas de las maderas usadas contienen flúor (más prevención), y algunos alcaloides, silicio, aceites esenciales, tanino, resinas, gomas y otras sustancias que benefician a la boca y también al apetito, la digestión y los movimientos intestinales. Además, entre esas plantas (Diospyros, Garcinia, Gaultheria, Rutaceae, Aegles, Daniellia, etc), hay las que tendrían un efecto contra el cáncer y disminuirían la sensibilidad a ese mal. Como los palillos en cuestión se descartan después de su uso, o se les corta la porción usada, serían más higiénicos que el cepillo moderno.

            El doctor Charles G. Johns (1928) informó que los hindúes utilizan este palillo antes y después de las comidas, además de por las mañanas. Se lo llama denthakole en Samskritha y dantuwan en Urdu. En su próximo viaje a la India, puede recolectar ramitas de estas hierbas (el Nim, o Milia Azederach, y el Mangoe, o Mengifera Indica) y pasarlas por la aduana paralela, para no tener que dar explicaciones. Cada día se usa una ramita nueva.

            Los doctores Sen Nakahara y Kuninori Homma, de Japón, informan que en su país el palillo de mascar, llamado fusayoji, se hizo popular después del siglo XVI, llevado por los monjes budistas desde la India y pasando por la China. A los escarbadientes los llaman yoji, pues la primera sílaba significa sauce y la segunda quiere decir rama. El fusayoji es una ramita con penacho en la punta; el otro extremo lo emplean para cepillar la lengua. Las mujeres usan ramas tiernas y suaves para no despintarse el ohaguro, el tinte oscuro con que cubren sus dientes para estar más hermosas. Y pensar que acá nos matamos aclarando los dientes.

            Y el cepillo de dientes ya es otra historia. ¡Hasta la próxima cepillada!

                                                           

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