HISTÓRICAS     

                 

 

               Girolamo Cardano y el pecado de la verdad

 

Girolamo Cardano, sobresaliente en muchos aspectos de las ciencias, incluidas las ocultas, con demonios y todo, me llevó a convocarlo a esta “sesión” por algo que escribió en su Autobiografía:

 Reconozco como singular y como la más sobresaliente de entre mis faltas al hábito, en el que aún persisto, de una preferencia de decir por sobre todas las cosas lo que sé aunque resulte desagradable a los oídos de mis oyentes. Tengo concienca de ello, pero me mantengo voluntariamente en esa actitud, sin ignorar cuántos enemigos me crea esto.

Nació el 24 de septiembre de 1501 en Pavia, Ducado de Milán, y murió un 21 de septiembre en Roma. Cuando recibió el título de doctor en medicina en 1525, quiso incorporarse el Colegio Médico de Milán. El Colegio se negó a admitirlo, pese a que se había ganado el respeto de todos como estudiante excepcional, porque tenía reputación de conflictivo, de opiniones no convencionales, sin hipocresías, agresivamente planteadas con escaso tacto o consideración por las consecuencias. La excusa, que siempre la tienen los hipócritas, fue que era hijo ilegítimo de Fazio Cardano (renombrado profesor universitario de matemáticas) y de Chiara Micheria, viuda con tres hijos que después morirían en la peste que castigó a Milán.

                    

Sus conocimientos de matemáticas y una inclinación por ello lo llevó al juego, en el que casi siempre ganó por su memoria de las cartas que iban saliendo y quizá por estar incubando la primera versión de la ley de probabilidades que incluiría en su Liber de Ludo Aleae, terminado en 1563, publicado en 1663. En un principio no tuvo éxito en el ejercicio de la medicina y volvió al juego. Más adelante, llegó a ser un médico apreciado en toda Europa, considerado el más grande y requerido de todas partes. Sólo accedió a salir de Italia hacia Escocia, donde atendió a John Hamilton, Arzobispo de St Andrews, quien había sufrido de asma por años y sus ataques eran ya muy graves y estaba a la muerte. Dejó Milán el 23 de febrero de 1552 y volvió el 13 de septiembre dejando sano al prelado. Recibió por ello 2000 coronas de oro.

La fama, el ser querido por infinidad de pacientes de todas partes y el haber triunfado no le aliviaron el disgusto del rechazo del Colegio y escribió:

Las cosas que dan mayor reputación a un cirujano [¿al dentista también?] en la actualidad son sus modales, los sirvientes, la vestimenta, la viveza y la astucia, todo desplegado de una manera artificial e insípida...

En 1539, ante tanta presiones de sus admiradores, el Colegio modificó la cláusula sobre ilegitimidad y admitió a Cardano. Éste desarrolló una prolífica carrera literaria en una gran variedad de  tópicos: medicina, filosofía, astronomía y teología, aparte de las  matemáticas y de la medicina. Como en uno de ellos escribió a favor de Nerón – torturador de mártires – e incluyó un horóscopo de Jesucristo, estuvo unos meses preso por hereje. Aunque siempre había demostrado devoción católica, la Inquisición aprovechó que era un ciudadano prominente para castigarlo como ejemplo.

Ya libre, fue a Roma donde inmediatamente fue incorporado al Colegio de Cirujanos y el Papa le otorgó una pensión en reconocimiento por sus méritos científicos.

Por todo esto y mucho más se lo recuerda, incluidas dos enciclopedias de las ciencias naturales y aquí se lo cita por su valentía, porque la historia se repite y persiste el apoyo mutuo de los hipócritas y su rechazo a quienes proclaman la verdad a toda costa, esencia de las profesiones médicas y de la vida honesta.

                                              Horacio Martínez

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