HISTÓRICAS     

            La canción del rey loco y su dentista        

 

Se atribuye al dentista del rey Jorge III de Inglaterra, el haber sido el primero en poner por escrito que el azúcar es muy mala para los dientes. Y se adelantó a sus tiempos con esta observación: “Me inclino  a pensar que fumar es dañoso para los dientes.”

Tampoco le gustaban las maloclusiones y explicó  “cómo llevar los dientes desubicados a un orden bello:” “Pase alambre de oro desde los dientes vecinos de cada lado, de manera tal que presione lo que está fuera de línea.” También se podía hacer con una pinzas (escribió).

Sobre el mal aliento anotó: “El olor impartido al aliento por dientes podridos sucios es generalmente desagradable para los pacientes mismos y, a veces, extremadamente  ofensivo para los demás en una conversación de cerca.

Decíamos en UO, hace 8 años: “Thomas Berdmore publicó un tratado con una crítica racional y actual al uso del mondadientes, de metal o de madera;” dijo “Tienden a lesionar los tejidos gingivales, causando su retracción y que los intersticios se amplíen.”Además, en el mismo texto se opuso terminantemente al transplante de dientes.

Pero hablando en verdad, por aquellos tiempos, los dentistas podían ser muy malos para los dientes.

Si no, que lo diga John Boultbee, él y su mellizo Thomas conocidos artistas de fines del siglo XVIII, pintores de paisajes y retratos de la nobleza inglesa. John estaba al servicio del Rey Jorge III ¡y padeció las  consecuencias! Véase el siguiente documento.

Un día, en ocasión de residir el Sr. Boultbee en Windsor Park, el Rey [Jorge III] le dijo que estaba sufriendo por un dolor de muelas y que temía que fuera necesaria la extracción. El Sr. Boultbee simpatizó con el Rey, y le dijo que podía entenderlo muy bien porque él había estado padeciendo lo mismo. Un par de semanas después, el Rey decidió  que debía someterse a la operación y el dentista Real [Thomas Berdmore] fue mandado a llamar. El Rey tomó asiento en el sillón y todo estuvo listo. Súbitamente, tomo al dentista por la mano y gritó, "¡Alto! El Sr. Boultbee tiene un diente enfermo, ¡que se lo saquen a él primero!" Mensajeros partieron en busca de Mr. Boultbee y después de alguna espera  arribó acalorado y alterado al  Castillo, donde el Rey la explicó que primero tendría que dejarse sacar él la muela. En vano el Sr. Boultbee le dijo que ya no le dolía nada y que no le había sucedido por un buen tiempo, que, de hecho, ni siquiera necesitaba un dentista para nada. Fue todo inútil: el Rey se alteró muchísimo y, por  fin, el infortunado artista tuvo que sentarse y dejarse extraer un diente perfectamente sano. Juró que nunca más se compadecería por alguien con dolor.

Confírmese con la siguiente anécdota contada por Berdmore en su libro.

 

Frontispicio de 'A Treatise On The Deformities And Disorders Of The Teeth And Gums'

”Una joven de 23 años había ido al barbero dentista para la extracción del primer molar superior izquierdo. En un nuevo intento, el barbero le sacó el diente afectado junto con un trozo de maxilar grande, que incluía tres dientes vecinos.”

Considerado sobresaliente en Inglaterra, Thomas Berdmore, miembro de la Compañía de Cirujanos y dentista en comisión de Su Majestad el Rey Jorge III, el llamado rey loco, escribió ”A Treatise on the Disorders and Deformities of the Teeth and Gums and the Most Rational Methods of Treating Them” (Londres: James Dodsley ... and Becket and De Hondt, 1770). [N de la R. Salió recientemente a remate una primera edición con su cubierta original de cuero. La puja llevó el precio a £2,000.]

El patronazgo real hizo de Berdmore un hombre rico, de “amplia fortuna” y el más respetado experto en su campo. Habría nacido en 1740 y falleció el 7 de noviembre de 1785. Fue sepultado en Nottingham, en cuya iglesia de Santa María Virgen tiene una placa recordatoria de mármol. Allí consta que “adquirió una amplia fortuna por su profesión de dentista.


El arrancador de dientes, por Theodor Rombouts

Había pedido en su testamento que en la placa constara que ganó su dinero “arrancando dientes,” pero la familia lo consideró poco delicado. La fortuna adquirida le había permitido viajar y en la correspondencia de  Benjamín Franklin ha sobrevivido una carta de introducción donde describe la visita de  Berdmore a París.

 

 

La locura del Rey Jorge III y la eritrodoncia

 

Periódicamente, reponen en TV el filme The Madness of King George (1994), protagonizado por Nigel Hawthorne y Helen Mirren, dirigido por Nicholas Hytner. Se rememora allí, con extraordinarias actuaciones, la locura atribuida al rey de Inglaterra, oficialmente declarado loco por su caprichosa conducta y sus salvajes ataques. Llegaron a ponerle chaleco de fuerza y a encadenarlo a su sillón para reprimir sus desvaríos.

¿Pero estaba realmente loco?

Los psiquiatras Ida MacAlpine y Richard Hunter  se abocaron a revisaron los archivos médicos del rey y se encontraron con un signo clave: orina de color rojo oscuro, signo clásico e inconfundible de un raro trastorno de la sangre denominado porfiria.

Por otra parte, perdido en las bóvedas de un Museo de Londres, apareció hace poco un sobre que contenía unos cabellos humanos. Afuera decía: “Cabellos del Difunto Rey Jorge III.” Tan significativo fue este hallazgo que mereció un documental del programa de la BBC, Medical Mysteries. Como que aportó la posibilidad de resolver finalmente la duda prevaleciente hasta ese momento: ¿loco?

El análisis de esos pelos fue definitivamente esclarecedor. Y sorprendente: contenían arsénico, ¡300 veces más! de lo normal. El arsénico puede desencadenar la aparición de porfiria (como también el alcohol, algunas hormonas, ciertos medicamentos).

El término proviene del griego πορφύρα, porphura, que significa "pigmento púrpura," por referencia al color de algunos fluidos corporales durante un ataque. Se   atribuyen las descripciones originales a Hipócrates. La porfiria eritropoyética, que da orina color vino tinto en los pañales, origina característicamente la eritrodoncia (color marrón oscuro de los dientes, sobre todo los primarios, por la acumulación de porfirinas).

El hecho es que el arsénico puede estar presente en cremas para la piel y aun en los polvos para las pelucas de la época, pero nada de esto explica las enormes cantidades descubiertas.

Esos niveles masivos incomprensibles hacían suponer que el rey lo había ingerido generosamente durante un largo período. Lo único que hubiera coincidido con esto es una medicación muy común administrada a Jorge III para “controlar” su locura, un preparado confeccionado a partir de antimonio. La respuesta sobre aquellos polvos habría de aparecer en un almanaque de ese entonces: el antimonio, aun purificado, contiene cantidades significativas de arsénico. ¡El remedio causaba la enfermedad!

Toda una vida de arsénico acumulado en su cuerpo habría originado esos ataques, empeorados y prolongados por la medicina destinada a tratarlo.

La porfiria puede ser devastadora, mortal. En la forma aguda,  causa severo dolor abdominal, contracturas y aun ataques de tipo epiléptico. Curiosamente, la porfiria crónica se trata hoy con algo habitual entonces, flebotomías repetidas a las que se agrega administración prolongada de dosis mínimas de cloroquina, que es un antipalúdico

 

 

                                                                    H.M.

                                           

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