HISTÓRICAS     

                 

 

             Los dientes de los britanos romanos

Para no parecer excesivamente “dientosos,” antes de hablar de defectos dentarios, quizá vendría al caso refrescar un poco nuestros conocimientos de lo que fue la época romana en Britania, a la que pertenecen los dientes mencionados. 

                   

Julio César invadió Britania en el 55 a.C. y regresó al año siguiente para dominar a los habitantes nativos denominados britanos. Éstos conservaron su libertad política y pagaron tributo a Roma durante casi un siglo. En el año 43, se inició la conquista sistemática de Britania por el sucesor de Calígula, Claudio (a quien tan bien retrató Robert Graves en dos novelas históricas). Aulus Plautius con un ejército singularmente bien equipado de unos 40,000 hombres desembarcó en Kent y avanzó hacia la actual Londres. El propio Claudio acudió, con lo que fue el primer emperador reinante del siglo que cruzó los mares. En tres o cuatro años, todo al sur del Humber y al este del Severn había sido directamente anexado o confiado como protectorados a príncipes nativos.

Geográficamente, Britania consistía de dos partes:

(1) las comparativamente llanas tierras bajas sur, este y centro, adecuadas para la agricultura y en fácil intercambio con el resto del imperio romano;

(2) el distrito constituido por las montañas de Devon y Cornualles, Gales y el norte de Inglaterra, regiones marcadas por desfiladeros y valles profundos, montañosa y difícil para los ejércitos, igual que para los fines pacíficos de la agricultura.

Las tierras bajas fueron el escenario de la vida civil, con ciudades, pueblos y casas de campo. Mientras que en las altas de Gales no había casi vida civil, ni se hallaban poblaciones hacia el N de York o al O de Monmouthshire.

Septimius Severus hizo de ellas dos provincias, Superior e Inferior. En el siglo V, había cinco provincias, de las que es poco lo que se sabe. Los fuertes romanos dejaban todo fuera de los muros: altares para los ocasionales adoradores, baños públicos y casas para las esposas de los soldados y para seguidores de los soldados.

En fácil contacto con el imperio romano, en las tierras bajas del S y E de Bretaña se desarrolló una vida civilizada en la que se extendió la cultura romana, fue la Britania romanizada. Las ciudades fueron pobladas por ciudadanos  romanos, generalmente ex legionarios. La civilización romana fue aceptada por los britanos, casi con  entusiasmo. Alentados quizá por amistosos romanos y guiados por sus nobles comenzaron a hablar latín y a usar los recursos materiales de la vida romana civilizada y aun a considerarse miembros británicos de Roma.

Los britanos romanizados comenzaron a ser numerosos y brotaron ciudades como Dorchester (Durnovaria) y Silchester (Calleva), separadas por corta distancia. Estaba ésta dispuesta a la manera romana, con edificios  públicos a la romana, igual que las casas y el uso de los baños públicos. Esto se tornó común hacia el siglo III y, a comienzos del s IV,  los artesanos y constructores británicos, junto con sus telas y granos fueron famosos en el continente. Fue probablemente en ese momento en que llegó a su mayor altura la prosperidad de esta provincia romana y fueron de esa época los restos humanos cuyas dentaduras estudiaron Brook AH y Smith JM (Eur J Oral Sci 2006 mayo) en su trabajo Hypoplastic enamel defects and environmental stress in a homogeneous Romano-British population.

Los AA estudiaron 178 cráneos con la dentadura superior y/o inferior intactas. Pertenecen al Museo Británico y fueron excavados en Dorchester, la ciudad romana Durnovaria, provenientes de los siglos III a V. Los cementerios britanos romanos se encuentran a unos 500 m del asentamiento en Meadoside Piece y a unos 700 m al NE de Queens Mill, más otras doscientas sepulturas registradas de las que 70 fueron excavadas, con una sola cremación del s III. La ubicación corresponde al punto en que el río Thame confluye con el río Thames. Es un cementerio cristiano y está ordenadamente dispuesto.

Los hallazgos corresponden a 70 individuos varones, 43%, y a 76 mujeres. En 32 casos, el género no pudo ser determinado. Trece eran de adolescentes y la gran mayoría adultos. Para este trabajo se consideró sólo la hipoplasia de esmalte, según criterio de la FDI.

El examen histopatológico se hizo a 5 caninos, 4 con hipoplasia y 1 macroscópicamente no afectado, señalados por el Museo. Hubo un 37% con hipoplasia adamantina, con 1 a 14 dientes afectados, de los que 40% en varones y 30% en mujeres.  El tipo de hipoplasia más frecuente fue el de surcos horizontales (30%), con 6,2% de fositas y 6,7% de grandes áreas sin esmalte y ásperas (Fig. 1). En los cráneos se observó que los dientes más afectados eran los caninos, seguidos por los incisivos y últimos los segundos molares. En un 82% se presentaron en las caras vestibulares.

Microscópicamente, el esmalte era prismático con evidencias de perturbación de la formación en las áreas de los defectos macroscópicos (Fig. 2). Había numerosas e irregulares líneas de Retzius incrementales, y las microrradiografías mostraban áreas subsuperficiales de radiolucidez, indicativas de hipomineralización, más amplias zonas de dentina interglobular debajo de esos defectos y un espécimen con marcadas líneas incrementales de Owen en dentina. Se estima que el origen de los defectos se sitúa entre los 2 y los 6 años de edad.

Esta elevada frecuencia de hipoplasia en los britanos romanos está de  acuerdo con los resultados de otras poblaciones primitivas (Edad de Bronce). Todo lo cual es considerablemente superior a lo observado en los británicos modernos. Como en los antiguos britanos los defectos suelen ser bilaterales y en varios dientes, sugeriría que los defectos fueron causados por una alteración general, no un daño local. Las enfermedades que pudieron ocasionarlos pudieron matar a muchos, como lo indicaría la elevada tasa de mortalidad infantil en esa población, en el área del Poundbury contemporáneo (Dorchester, Dorset).

A esas enfermedades habría contribuido el bajo nivel nutricional de aquellos britanos, por sus deficiencias en proteínas, calcio, vitaminas, y elementos vestigiales esenciales. Además, se halló un alto contenido de plomo, quizá derivado de las vasijas en que bebían.

A esta gente estudiada por Brook y Smith se la consideraba partícipe de la cultura romana y ajena a los pueblos bárbaros. En ese marco  general de la vida britana romana, por el origen de los cráneos, las ciudades que nos interesan son Dorchester y su vecina Silchester.

A ellas se podía llegar desde Londinium (Londres), rica e importante, por haber sido el centro  de un sistema de caminos, además de asiento financiero de la  provincia, como lo prueban los notables hallazgos producidos. Los caminos, básicamente cuatro, irradiaban de Londres, con un quinto oblicuo. Por esos caminos y sus ramificaciones, los romanos proveyeron comunicaciones adecuadas a todas las tierras bajas de Britania.*

Los edificios de Silchester pueden darnos una imagen de aquellas ciudades britanas romanizadas. Eran, para comenzar,  el foro, que en medio de la ciudad abarcaba unos 90 por 20 metros, con columnas corintias, paredes con frescos, mármoles y estatuas. Allí estaban las autoridades locales y la justicia, y traficaban los comerciantes y se reunían los ciudadanos.

No podían faltar los templos, que eran dos, pequeños y cuadrados. Y una iglesia cristiana, de la que no hay muchas evidencias, pero que tenía el plano básico de las iglesias cristianas primitivas, tipo “basílica”. Antes del año 420, el porche solía estar al este y el ábside al oeste, donde se ubicaba el altar.

Los baños públicos estaban algo al este del foro, inicialmente de unos 50 por 25 metros, después ampliados..

Las casas particulares de Silchester eran de dos tipos. Tenían dos hileras de habitaciones, con un corredor a lo largo, o tres corredores e hileras de cuartos, que formaban tres lados de un patio cuadrado. Las casas de campo de toda Bretaña eran similares, del tipo celta adaptadas a la usanza romana. En Silchester  (etimología celta, “ciudad en el bosque”), probablemente no había más de 70 u 80 casas, con amplios espacios intermedios.

Las industrias no eran numerosas, con hornos para tintorería y refinerías de plata, y quizá una panadería. La riqueza era básicamente de origen agrario. Las calles estaban pavimentadas con gravilla y tenían hasta casi 9 m de ancho, cruzándose en ángulos rectos como las de Buenos Aires.

Entre los objetos hallados, en su mayoría pequeños, se encontraron monedas, vasijas, vidrio de ventanas y botellas, adornos de bronce, herramientas de hierro, pero pocas piezas notables. Los cementerios estaban fuera de los muros y algunos (como arriba mencionamos) han sido explorados. Es notable la ausencia de rastros del arte celta. Como ocurre en otras ciudades  britanas romanas, cuyo privilegio y romanización las distinguían porque todos sus ciudadanos, aun clases bajas, hablaban latín, vivían a la romana con elementos romanos y, aunque no grandes, eran testimonio del poder de asimilación de la civilización romana en Britania.

El fin romano se inició a comienzos del s IV, cuando se estableció un sistema de defensas costeras contra los piratas, y, alrededor del año 350, los ataques fueron más comunes y terribles, también de los irlandeses y pictos. Al término de ese siglo, Magnus Maximus retiró tropas de Bretaña y otros después siguieron el ejemplo. A comienzos del siglo V, la conquista teutona de la  Galia separó a la isla de Roma. Pero quedaron los romanos. Y los britanos romanos fueron dejados librados a sí mismos, en una posición debilitada. Sus fortalezas estaban en el norte y oeste, mientras los bárbaros germanos atacaban por el este y sur. Al parecer los britanos fueron desplazados del este hasta casi la frontera con Gales. Los sajones, si bien no podían hacerse fuertes tan al oeste, podían sí impedir que los nativos volvieran a las tierras bajas.

Así se entiende el cambio generado, donde el elemento  celta, nunca totalmente extinguido se mantuvo en esas montañas y, como la mayoría de las formas bárbaras, se reafirmó con refuerzos provenientes de Irlanda y desafió los remanentes de la civilización romana. Reapareció la lengua celta, así como el arte celta para encaminarse hacia las formas nuevas medievales.

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* N de la R. Los famosos caminos romanos se hacían según estos lineamientos: hecho el trazado, los soldados excavaban una acequia a cada lado, para drenaje. La tierra removida se acumulaba en el centro y se la apisonaba. Se buscaban y cortaban piedras de los alrededores para ensamblarlas en varias capas hasta establecer una capa que soportara el paso de los carros de guerra. La superficie era combada para el desagote. Cuando los romanos se fueron, los caminos se deterioraron y aunque algunos siguieron en uso hasta 1745, nadie se ocupó de mantenerlos.

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