abril 2009

               

Decíamos ayer (editorial RAOA #2, 2007)

 

Cuando hace un año leímos un editorial de la RAOA nos quitamos el sombrero (¡chapeau!) porque nos ilusionamos ante un escrito meritorio (pese a un par de horrores ortográficos) y que parecía prometer la siempre esperada y nunca llegada acción firme de la AOA en la defensa (estatutaria) de sus asociados.

Pasó un año. Leímos otro editorial, esta vez sobre la crisis, sin los elogios al gobierno del artículo anterior, con ruego a los socios de no dejar de pagar cuotas y cursos, y, lo que es más importante, sin absolutamente ningún anuncio de que hubieran hecho algo, un mísero algo, un cachitito de algo a favor de los colegas que reconocían mal pagados y abusados.

Decían ayer (pero sólo decían, no hicieron nada), en la AOA:

Nadie en forma individual o grupal puede competir con corporaciones privadas o mixtas que aportan millones de dólares en la hotelería de sus sanatorios y poniéndose de acuerdo imponen aranceles y normas de trabajo en nombre de que “eso es lo que paga el mercado”, sabiendo que ellos son los formadores de precios de “su mercado”.

 

Los sindicatos se quejaban de que en los ’90 no hubo aumentos de sueldo y perdieron afiliados, por lo tanto no estaban en condiciones de elevar los aranceles profesionales.

 

Los sistemas prestadores de salud, salvo honrosas excepciones, a pesar de haber aumentado varias veces la cuota a los afiliados, mantienen lejos de la realidad los valores de las prestaciones. Sin ponerse colorados, desconocen el reclamo de las instituciones, pero pactan con el gobierno un aumento del 22% porque los insumos y los sueldos (los de ellos, no los de cualquier profesional médico, odontólogo o bioquímico) se fueron a las nubes. Como si fuera poco está saliendo un decreto a su medida para que puedan pagar las deudas impositivas en plazos generosos. En muchos casos ese aumento y ni hablar de la “ayudita” financiera llegó a los profesionales para compensar lo perdido.

 

Todo lo que se logre para que pueda brindarse buena salud es válido. Pero los que manejan el 80% de las prestaciones fuera del sistema estatal (sindicatos y prepagas), quienes además, constituyen una salida valiosa para el estado, para quien la Salud dejó de ser importante desde hace años, deberían pensar que sin el trabajo diario del profesional en su consultorio, en el sindicato, o en el sanatorio nada sería posible.

 

En Argentina cada vez son más los pacientes que presentan una credencial para recibir atención, no importa al segmento social al que pertenezca. Esto hace que cada vez sea mayor el número de nuevos egresados que esperan el turno para ingresar a la corporación, en el caso de que alguien se jubile, se canse o sea despedido hábilmente por no cumplir las normas pactadas o por haberse rebelado.

 

¿Y el Estado? La Salud a nivel hospitalario en todo el país, sin excepción, deja mucho que desear. Falta de insumos, infraestructura deficiente, turnos a largo plazo, bajos salarios aumento de la demanda por el corrimiento social hacia abajo.

 

El Estado, como en los países avanzados, debe reconocer que los profesionales de la Salud también son trabajadores. Que también a ellos la inflación real o virtual los afecta. Que las instituciones que los representan deben ser respetadas como los son los sindicatos y escuchar sus opiniones con atención en las escasas reuniones a las que son invitadas. No es justo que se esté pensando (por ahora sólo éso) en una ley que regule la medicina prepaga y ni una institución de prestadores pueda opinar sobre los honorarios que deberían cobrar los que sólo ven pasar el resultado del negocio.

 

Nadie quiere ganar lo que no es justo. Nadie pretende que le aumenten sus honorarios en forma tal que se escape de la media. Lo que se exige es que se respete la dignidad, los conocimientos, la dedicación, la actualización permanente.

 

En una palabra lo que se pretende es participar también de un país en serio. (Editorial de RAOA Nº2/07)

 

No puedo menos que volver la mente al pasado de la mano del gran Charles Dickens (ver digresiones) y sentir que nada cambia en la falta de respeto a la dignidad del ser humano. Entonces también, según pinta Dickens, había un humor prevaleciente de inquietud ante la devaluación de los valores contemporáneos y hasta la sensación de que nada podía cambiar. El buen hombre rico de otras novelas suyas, benefactor y casi Rey Mago ya no podía existir. Y hoy ni quiere. Ante la crisis, a lo sumo, nos enteramos de que los norteamericanos procuran disimular sus exageradas riquezas sin privarse de ellas ni hacer nada.

Como acá (acá ni siquiera la vergüenza). Como decíamos ayer. Como quizá debamos seguir diciendo mañana ante tanta perversa inercia.

                                                                                                                    H. M.

                      Tengamos presente hoy más que nunca, las palabras de ¨Martín Fierro¨ Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera.. porque si así no lo hicieran los devoran los de ajuera

                                                  

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