julio 2008

                             

Cultura y libertad

 

Se nos ocurrió que estos párrafos de un valioso y muy extenso y recomendable trabajo de José María Marco podían muy bien llenar esta sección con unas ideas que merecen la atención de los gremialistas (?) de la odontología.

 

En Occidente, durante mucho tiempo, la cultura se opuso al estado de naturaleza como la civilización se opone a la barbarie.[i] Gracias a la cultura, o a la civilización, los hombres se emancipaban de los instintos y de las pulsiones, y accedían a un estado nuevo en el que era posible la convivencia pacífica y la libertad. [..] Para Montesquieu (Lettres persanes, 1721), para Oliver Goldsmith (Citizen of the World, 1762) y para José Cadalso (Cartas marruecas, 1774), el conflicto entre naturaleza y civilización, perdió parte de su virulencia. El hombre accede a su verdadera condición gracias a la cultura. Es la cultura, o la civilización, lo que revela la ley natural de la humanidad, que le permite ser libre. Al humanizarse, el hombre es capaz de elevarse por encima de su propia cultura y comprender a quienes parecen inferiores o distintos por su lengua, sus costumbres, sus tradiciones o su religión.

Los ilustrados del siglo XVIII empezaron a concebir la posibilidad de relacionarse, como iguales, con otros hombres de otras culturas. Incluso pueden tomar distancia de la suya propia, comprenderla e incluso criticarla desde la perspectiva de la razón. La razón, que permite acceder a los principios de la ley natural, permite también relativizar la propia civilización, que ya no determina el comportamiento completo del ser humano. Algunos hombres entrevieron entonces la posibilidad de una cultura universal, cosmopolita y tolerante. […]

[El]individualismo no era contradictorio con el espíritu cosmopolita de la Ilustración. Este espíritu sobrevive en el liberalismo –político, económico e incluso estético- que se enfrentó al nuevo campo de la libertad sin romper con la convicción de que existe una ley natural que rige el comportamiento de todos los hombres. Para John Stuart Mill (Representative Government, 1861) el gobierno propio de la democracia liberal no era adaptable a cualquier circunstancia, pero se puede despertar en la gente la simpatía y el deseo hacia él y, aunque la gente suele hacer mejor aquello a lo que está acostumbrada, siempre es capaz de aprender cosas nuevas.[ii] 

[…] El poder destructivo de la Razón divinizada convertía al hombre en un animal despiadado para los demás hombres. […] Así que se refugiaron en las tradiciones culturales como quien se agarra a una tabla en un naufragio. La cultura propia, las tradiciones transmitidas por el pueblo, la sabiduría colectiva, la religión, serían la barrera que serviría para frenar la temeridad del hombre nuevo, sin raíces, que amenazaba la civilización. Frente a la divinización de la Razón, que había demostrado su capacidad de destrucción, [los Románticos] divinizaron la cultura. Las civilizaciones fueron comparadas a árboles, obra de la naturaleza, que nadie es capaz de crear y que no responden a ningún proyecto racional

 

                      Tengamos presente hoy más que nunca, las palabras de ¨Martín Fierro¨ Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera.. porque si así no lo hicieran los devoran los de ajuera

                                                  

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