La “viveza” argentina.

Los titulares de un matutino del día patrio decían: dentistas facturaban por prestaciones inexistentes. ¡Qué vivos, no! Hace un tiempo, argentinos sanos compraban autos importados para discapacitados, a precios especiales. ¡Qué vivos, no! Casi todos los días leemos de una viveza así, de privados y de estatales, de empresas extranjeras y de funcionarios nacionales. Funcionarios como los de la Obra Social del Poder Judicial que estaban en combinación con los dentistas. ¡Qué vivos todos, no!

En realidad, no es que violemos las normas, ni siquiera creemos en ellas. Las normas no existen para los argentinos vivos, que están esperando la aparición de una ley para ver dónde tiene una grieta para filtrarse por ahí. Pasa en todos los niveles de la sociedad. No es mejor la señora bien que pasea el perro sin recoger sus inmundicias que el cartonero que ensucia sin necesidad la calle de la que vive. ¡Son vivos, no! No es mejor la 4 x 4 de vidrios oscuramente polarizados, que están prohibidos, que el viejo camión que inunda de gases tóxicos la ciudad “de los Buenos Aires.”  ¡Son vivos todos, no!

¿Sigo? No. ¿Para qué? Si usted conoce bien todas las vivezas de los vivísimos argentinos. Mi orgullo nacional no llega al punto de creer que solamente los argentinos somos así, como que príncipes europeos u orientales se han visto envueltos en vivezas similares (por millones de dólares, claro). Lo que pasa entre nosotros es que hay un porcentaje muchísimo mayor de “vivos” o transgresores o delincuentes. Elija un nombre.

¿Y los dentistas son peores? No. Son como todos. Desde el que rapiña pacientes hablando mal del dentista anterior hasta el que miente un poco en su declaración de prestaciones o hasta el que se combina con la OS para estafar a los trabajadores de ese sindicato, el que sea. Y las organizaciones que reúnen a los mercaderes de la salud saben esto, y como ellos también son “vivos” pagan poco… ¡porque total los dentistas van a trampear! El cuento de la buena pipa, de nunca acabar, de yo hago trampa porque mi vecino lo hace, yo coimeo al agente de policía porque el otro hace lo mismo, y procuro infiltrarme en una fila por si no se dan cuenta los giles. En fin  ¡qué vivos somos, no!

Hasta estamos seguros de que no hay un Dios que repara lo que la justicia ignora, porque Dios, Alá, Jehová, seguramente no nos ve, ni se da cuenta de que nuestra conciencia sigue aún más sucia después de confesarnos. Los ateos y agnósticos, ni esto. Nadie crea que como autor de este editorial me pienso impoluto, como que soy argentino y porteño; pero no soy inconsciente, tengo plena conciencia de nuestros vicios y por eso puedo denunciarlos y sentir vergüenza ajena por el regalo que en el Día de la Patria nos hicieron los diarios.

Sólo me preocupa que los artículos editoriales, para cumplir alguna finalidad debieran proponer soluciones y, en verdad, no veo soluciones a corto plazo. A europeos y norteamericanos los reventaron a multas descomunales hasta que aprendieron a no arrojar papeles en la calle, por ejemplo; pero a nosotros, con lo vivos que somos, qué nos van a hacer si ya sabemos a quien coimear para zafar de la multa o sabemos que quien pone las multas se vale de ellas para coimear.

De todos modos, liberal auténtico como soy, no conservador de prebendas, amante de las libertades democráticas, pondría tolerancia cero para quien pega afiches en las paredes o las ensucia con declaraciones políticas o de amor, para quien no respeta al peatón y dobla atropellando a los desprevenidos paseantes. Tolerancia cero, multas enormes, cárcel, quizá para el tricentenario hayamos mejorado. Porque para este bicentenario, apenas dentro de tres años, me bastaría con que los dentistas vivos estén presos por estafa o defraudación o como se llame eso de sobrefacturar y el inventar prestaciones.

 

          Dr. Horacio Martínez

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