Tierra de bueyes            noviembre 2001

 

                No soy de un pueblo de bueyes, cantaba Miguel Hernández, y qué gusto sería cantarlo  nosotros con igual vigor. Pero llegará la hora, llegará el día en que los trabajadores de la salud podremos hacerlo, podremos liberarnos del yugo temido y podremos partir esa carga opresora en las espaldas de los empresarios de la enfermedad, como toros bien machos. (Incluidas las hembras de sólidos ovarios que nada tienen que envidiar a los toros.)

                Los bueyes mueren vestidos / de humildad y olor de cuadra [...]la agonía de los bueyes / tiene pequeña la cara, / la del animal varón / toda la creación agranda. Humillados y oliendo a cuadra (bosta), viven y mueren los bueyes. ¿Con qué cara -pequeña- miran a sus hijos y justifican su cobardía? ¿Les dicen que es por traerles el pan? Seguramente, los hijos, que nacen toros, leones, águilas, hasta que los castran,  les gritarían que prefieren alzar al cielo una cabeza orgullosa que bajarla vergonzosamente a comer los mendrugos de los mercaderes de la enfermedad.

                Si hasta las vacas, amenazadas sus crías, emprenden feroces galopes que no hay animal fiero que pueda detenerlas. Los bueyes, no. Con la testuz baja, humillada, soportan y callan. Los trabajadores de la salud no pueden constituir un pueblo de bueyes en la tierra de los héroes que emanciparon América del español conquistador y del inglés  pirata. Cuando estén prontos a someterse, a callar, a mendigar, a dejar que se destruyan las bocas argentinas, tengan presentes los versos de Hernández a los verdaderos hombres: “vais de la vida a la muerte, / de la nada a la nada: / yugos os quieren poner / gente de la hierba mala, / yugos que habréis de dejar / rotos sobre sus espaldas.”

                Miguel Hernández murió en la cárcel, donde escribió las famosas Nanas de la cebolla, dedicadas al hijo que no tenía otra cosa para comer y habría de estar orgulloso de su padre, que murió fiel a sus ideas. (Viene a mi memoria la actitud de un presidente de Monrovia para quien todos sus enemigos eran “comunistas” aunque fueran radicales o socialistas. Quede aquí constancia, por si algún “presidente” (o alguno de sus alcahuetes) se animara a insinuarlo, que cuando defiendo los derechos humanos de los trabajadores de la salud no es porque sea comunista, porque no lo soy, ni marxista, ni leninista, “ni lo quiero ser”. (Que si alguna vez un ismo me atrajo fue el anarquismo de mi adolescencia, ¡feliz quimera!)

                Vamos a unirnos, ¡vamos, colegas!, con un solo interés, con una sola bandera, la del hipocrático fin de mejorar la salud del pueblo y exigir que nos respeten una subsistencia honrosa, para no pasar de la vida a la muerte como bueyes, sino como leones. “...las águilas, los leones / y los toros [mueren] de arrogancia / y detrás de ellos, el cielo / ni se enturbia ni se acaba.”

                Con la tenacidad del Mahatma Gandhi, con la unión mansa de un pueblo, derrotaremos al chupasangre. Como ellos. Mejor que como leones que alzan sus feroces zarpas. Impondremos la fuerza de la razón y de la solidaridad, dentro de la democracia. Sólo entonces cabrá decir con Hernández: “Si me muero / que me muera con la cabeza muy alta.”

                                                                                                        Horacio Martínez                                                                                              

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