Sodoma y Gomorra

No puedo tener la osadía de juzgar a nadie, absolutamente a nadie, aun cuando vea un mundo que bien merecería ser juzgado por un Ser Superior, tal como recayó el juicio y la condena sobre la degeneración, corrupción y animalidad de los habitantes de Sodoma y Gomorra. Sanción innecesaria si hubiera un arrepentimiento general, incluido el propio, y cada cual confesara el pecado padre de todos los pecados, el pecado irredimible, el que abochornaría al propio Belcebú por no haberlo ideado, el individualismo salvaje entronizado en el corazón de la globalización. Y el lenguaje apocalíptico editorial que aquí se utiliza avergonzaría a cualquier redactor de no tratarse del único apropiado para tamaño atentado a la esencia divina o moral del ser humano.

Si no faltan recursos naturales en el mundo para abastecer a la humanidad entera hasta su plena satisfacción, no hay razón para que existan cientos de millones de seres hambrientos, niños deformados por la desnutrición, adultos desesperados, mendicantes o delincuentes. Desde sus cómodos divanes rellenos de monedas fuertes, los contemplan indiferentes, o con asco, los que tienen lo propio y lo ajeno, lo que necesitan y lo que les sobra y aun lo que desperdician.

Si sobran dineros en el mundo para generar carreras armamentistas cristianas, musulmanas, judías, y de otras cuantas religiones, no hay razón alguna para que existan cientos de millones de sobrevivientes con apenas lo justo para no padecer hambre, aunque sí están privados de la mejor atención de la salud, de la mejor educación, de unos pocos placeres. (En la Argentina, más de la mitad de quienes padecen un infarto no reciben un tratamiento adecuado, según qué tipo de cobertura médica tengan, si la tienen. Ni hablemos, entre odontólogos, de lo que hacen los mercaderes con la salud bucal.)

Si son justos los reclamos de los ahorristas estafados porque sienten desgarrado el derecho a la propiedad privada cuando se les restringe el acceso al dinero ganado con trabajo, o no, no es menos justo el reclamo de los piqueteros por estar privados de cualquier propiedad y derecho, incluido el derecho a trabajar y ganar honradamente el dinero. En ambos casos, sólo se movilizaron cuando se sintieron tocados ellos mismos y no movieron un dedo por el otro ser humano con otros problemas. Y sería interesante preguntar  -con respuesta evidente- qué diría un ahorrista si le dieran la oportunidad a él solo de recuperar sus dinerillos y qué diría un piquetero si le dieran a él solo la oportunidad de un trabajo y, en las dos situaciones, nada para los demás.

Si un dentista denigra el trabajo de otro (en “digresivas” hay un ejemplo italiano y otro español) o si se ofrece para trabajar –mal- en un servicio social o si se aferra a un cargo societario y ni hablar si soslaya la ética profesional, no está siendo peor ni mejor que ningún otro hombre, está simplemente demostrando una vez más el dominio infernal del individualismo salvaje, la más colosal creación del Gran Diablo, tan infernal que ni siquiera el más devoto de los católicos siente necesidad de confesarlo como pecado.

Si una comunidad racial o religiosa sufre una matanza devastadora con destrucción de decenas, millares o millones de seres humanos (armenios, judíos, musulmanes, cristianos), nadie podrá dar una razón válida de por qué callaron las demás comunidades, prontas a quejarse, lerdas para la condolencia, pues no existe otra razón que la del egoísmo del corazón del hombre que hoy es un lobo para sus hermanos lobos. El puñado de buena gente solidaria que existe en todas las comunidades no constituye más que la rara excepción que confirma la regla universal del individualismo.

Si el plomero norteamericano es indiferente al desempleo del plomero argentino, uruguayo, brasileño, si el agricultor europeo, subsidiado en su medio de vida por los gobiernos proteccionistas, es indiferente al desamparo del productor agropecuario del resto del mundo; si los productores que tiran a la calle leche o frutos, porque no les satisfacen los precios internacionales o locales para sus productos, son indiferentes a los niños que desfallecen porque les falta lo que ellos desprecian, no se puede pensar más que en el monstruoso individualismo que crece y se realimenta en el seno de las almas decadentes con una evidente subversión de los valores.

La corrupción reinante en el mundo, que afecta aun a casas reinantes, no es sino el resultado de poner por delante el interés personal en desmedro del bien común, y la voluntad de perpetuarse en parlamentos, órganos judiciales, poderes ejecutivos, organizaciones profesionales, es sólo el deseo de prolongar indefinidamente el usufructo de esos beneficios individuales. Y arroje la primera piedra sólo aquel que nunca haya sobornado a un agente de policía o del gobierno o nunca haya pagado para conseguir una entrada o mejor ubicación o, en fin, cualquiera de los pequeños delitos que nos van inmunizando contra los más grandes, propios y ajenos.

Editorializar presupone proponer alguna solución para que tenga algo de validez la escritura. Para resolver la globalización del individualismo salvaje sólo puedo pensar en un milagro que transforme las almas o esperar una gran explosión atómica que destruya las sodomas y gomorras universalizadas para recomenzar desde cero.

                                                                           Horacio Martínez

P. D. Con gusto recibiremos en nuestro Correo otras propuestas y las difundiremos.

 

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