septiembre 2011

La inmoralidad pública

 

La mala hierba de la inmoralidad pública creció por todos los ámbitos del país, porque encontró muy bien preparado para ella el terreno hueco de nuestra fantasía y de nuestra desidia, abonado copiosamente con la basura de la mezquina y bastarda política intervenida por los caciques y regada de continuo con las lluvias desprendidas de las nubes del desbarajuste administrativo, como con validez universal dice en su libro, La inmoralidad pública, el paleontólogo y escritor español Lucas Mallada.

En realidad, es un pequeño libro (80 págs) con grandes opiniones, como el de Hessel (cuyo ¡Indignaos! comentamos en el editorial que sigue a éste), poca cháchara y mucha sustancia. Éste que suena tan actual y local es parte de un libro mayor de Mallada que tituló Los males de la patria y fue escrito hace 130 años.

Otro parrafito parrafón dice: Hoy los negocios suelen prepararse de manera que desde el principio al final se falsean los compromisos adquiridos, y a expensas del Estado, o por mejor decir, de los pobres contribuyentes.”

 

“Desde los jefes más respetables y dignos de los partidos políticos, hasta el obrero más infeliz (…) todos tenemos noticias de miles y miles de fraudes, malversación de caudales y estafas.

 

Y para que no me vengan con que no predico con el ejemplo, cierro recordando a los lectores que todo eso pasa en muchas partes y en todos los niveles, incluidas las asociaciones odontológicas. Sólo espero que los jóvenes se indignen, que no agachen más la cabeza, que saquen las guampas y arremetan contra los capitostes de las instituciones y contra los mercaderes de la salud indignándose con ideas originales como mostraron los “indignados” europeos y los árabes rebelados y los islandeses gandhianos.

                                                                                  Horacio Martínez

Nota: el editorial que sigue ya apareció en junio, aquí completado con datos del autor y más citas

Nota II: Nota quizá demasiado personal. Es que escribo lo que me sale del carozo, no de la piel de este fruto que soy de mis vivencias y lecturas. Sólo quiero hacer aquí muy mías las palabras de Jorge Luis Borges, en el 25° aniversario de su viaje al parnaso: Es más lo que he leído que lo que me ha pasado. Pero claro que una de las cosas más importantes que pueden pasarle a un hombre es el  haber leído tal o cual página que lo ha conmovido, una experiencia muy intensa, no menos intensa que otras.  Así viví yo páginas de Miguel de Unamuno o James Joyce. Pero esto viene a cuento, primero, perche mi piace; segundo, porque en este segmento editorial se comentan dos pequeños grandes libros, de los que cambian la humanidad, y, tercero, porque me indigna que gente que dispone de espacios de gran audiencia para editorializar no los utilice o los reserve para propagandas o, peor, para pavadas.

Sí, estoy indignado, y lo digo.

Y a usted, lector, ¿no lo indigna nada?

 

                                           Dr. Horacio Martínez

 

 

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¡Indígnense! ¡Comprométanse!

 

La indignación es el combustible de la resistencia, la única manera de oponerse al deslizamiento que está alejando al hombre de los principios democráticos hacia la supremacía del dinero por sobre todo.

Cuando la maestra dice “bah, para lo que me pagan” y el odontólogo piensa “bah, por los aranceles que me reconocen” ellos también están otorgando supremacía al dinero. Cierto que debiera ganar más la docente y tener honorarios justos el dentista, pero antes deben indignarse en vez de someterse, de bajar la cabeza y de procurar “salvarse” cada uno con su familia. Deben comprometerse por un mundo mejor para todos, sin injusticias de ningún orden. (Deben, sí, deben comprometerse, para que algún día su vida y su existencia hayan alcanzado alguna trascendencia.)

Esto me surge de ¡Indígnense!, un librito (por número de páginas) o librazo (por el mérito) escrito por Stéphane Hessel, un viejo de 93 años, un joven sin edad de los “indignados” que están floreciendo entre la juventud europea y la de algunos países árabes. Su mensaje, en esencia, propone abandonar la indiferencia y el sálvese quien pueda, para empezar a cambiar las cosas, sin violencia.

En breves meses vendió más de 800.000 ejemplares en Francia, más una cantidad de traducciones, y se constituyó en el mayor fenómeno editorial francés en muchos años y de enorme repercusión en Alemania, sobre todo.* Escribió Caparrós: Sucede, muy cada tanto, que un libro deja de ser un libro y se convierte en acto cívico. En la Argentina sucedió en los ochentas con Nunca Más, en los noventas con Robo para la corona de Horacio Verbitsky, en los ceros con Argentinos de Jorge Lanata [el de entonces, no éste].  

En un cuadernillo, donde no hay palabras superfluas, ni retórica estetizante, ni digresiones, subraya, como la peor de las actitudes, la indiferencia del “no puedo hacer nada, me las arreglo solo”. Así, se pierde un componente esencial del ser humano: la facultad de indignación, y su consecuencia, el compromiso”.

Comienza Hessel su mensaje urticante así: “Les deseo a todos, a cada uno de ustedes, que encuentren el motivo de su indignación. Es invalorable. Cuando algo indigna como a mí me indignó el nazismo, uno se vuelve militante, enérgico y comprometido”. “El joven estudiante que fui fue muy marcado por un condiscípulo un poco mayor, Sartre. (…) Sartre nos enseñó a decirnos: ‘Ustedes son responsables en tanto que individuos’. Era un mensaje libertario. La responsabilidad del hombre no puede entregarse a un poder ni a un dios. Al contrario, uno debe comprometerse en nombre de su responsabilidad como persona”.

Este vínculo con Sartre lo habrán encontrado nuestros lectores en más de uno de mis editoriales y es que sigue siendo absolutamente actual su propuesta contra la hipocresía y contra el “tramposo”. Sigue Hessel:

“Es cierto que las razones para indignarse pueden parecer hoy menos claras, o el mundo demasiado complicado. ¿Quién manda, quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas esas corrientes que nos gobiernan. Ya no tenemos que lidiar con una pequeña elite cuyas acciones entendemos. (…) Pero hay, en este mundo, cosas insoportables. Para verlas hay que mirar, buscar. Yo digo a los jóvenes: busquen un poco, van a encontrar.

¡Indígnense!, como se está viendo en España, por ejemplo, es un acto cívico contra las diferencias entre ricos y pobres, el trato a los inmigrantes en USA y Europa, el deterioro del medio ambiente negado por la poderosa globalización financiera, enemiga del. Estado de bienestar logrado modestamente por algunos, propugnado por Obama e iniciado en la Argentina (mi ejemplo preferido, el subsidio para embarazadas).

¿Qué hacemos los dentistas? ¿Qué hacen los jóvenes? ¡Indígnense, caramba! ¡Comprométanse, pusilánimes! ¡Háganse sentir los jóvenes, que viejos como Hessel hay pocos! Los mismos mercados que originaron la crisis se erigen ahora en temibles jueces ante los cuales deben inclinarse los estados, dice Augusto klappenbach. ¿Qué queda de aquellos sueños democráticos en los cuales se suponía que era el voto de los ciudadanos el que debía decidir la orientación de la política, incluyendo la política económica?

Hay razones para indignarse y comprometerse cuando se ve que ha aumentado significativamente el número de personas que se niega a considerar que el capitalismo encarna una ley inmutable de la naturaleza; que considera irracional que el producto del trabajo productivo vaya a parar a las manos de especuladores con capacidad de decidir su destino; que gane más un patético personaje televisivo que un médico de urgencias; que menos de la cuarta parte de la población mundial coma tres veces al día, tenga agua corriente, luz eléctrica, atención médica y educación; y que la distancia entre quienes hacen la historia y quienes la padecen no deje de crecer. Y todo ello en una época en que, por primera vez en la historia, existe un desarrollo productivo que haría posible superar estas desigualdades. Probablemente quienes se plantean estas cuestiones y conservan su capacidad de indignación sean los compradores del librito de Hessel (o sus lectores en la Web).

 

¿Sería posible la creación de un movimiento de la comunidad médica y odontológica que convoque a quienes comparten la indignación y que aproveche las posibilidades de comunicación en Red? No espere de mí el colega un modelo alternativo antes de indignarse por la situación actual. No es cierto que antes de poner en cuestión un estado de cosas es necesario tener preparadas las respuestas a todos los problemas que la sustitución del estado actual traerá consigo. Ni es válido el negativismo (a veces, interesado) de los dirigentes odontológicos actuales. Los cambios históricos cruciales comienzan por una creciente insatisfacción, como la que precedió a la toma de la Bastilla, sin esperar a tener preparado un programa para la República naciente.

¡Vamos los jóvenes! ¡No sean carne de cañón para los mercaderes de la salud! ¡Indígnense! ¡Comprométanse! Sin violencia, con el terrorismo de la no-violencia, vuele el espíritu de Gandhi sobre las almas aún frescas.

 

                                                              Dr. Horacio Martínez

 

*Algunos detalles de vida:

Stéphane Hessel nació en Berlín en octubre de 1917

Tenía 22 años cuando entró en la École Normale Supérieure, el templo de la intelligentsia.

Estuvo en campo de concentración y sobrevivió.

En su casa, Duchamp, Picasso, André Gide se caían a cenar.

En marzo de 1944 se tiró en paracaídas sobre Francia. La Gestapo lo detuvo cuatro meses más tarde, lo torturó, lo mandó a Büchenwald para ser ejecutado, y sobrevivió.

Después de la guerra se volvió diplomático

Participó en la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos

Fue embajador y socialista de Mitterrand, quedó viudo a los 68, se casó a los 72 con su amante de décadas, escribió sus memorias en un francés muy elegante.

 

 

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