¡Qué me importan las historias!

 

La verdad, no me importa si Sarmiento o Rosas, si San Martín o Bolívar, ni quién describió la enfermedad de Fauchard o si en 1882 Friedrich Daniel von Recklinghausen dio su nombre a una neurofibromatosis.

Me interesa la gente, nada humano me es ajeno, y me conciernen las consecuencias de los actos y descubrimientos de aquellos seres insignes sobre los hombres de hoy.

¡Qué me importan las disputas entre unitarios y federales! Me despiertan curiosidad e interés cómo vivían mis compatriotas y  si algo cambió, si se aprendió algo, si las acciones de entonces fueron realmente una lección para las acciones de hoy.

Admirador como soy de Pierre Fauchard, más me toca que sus contemporáneos de la Ilustración hayan encendido la mecha de la libertad que alumbraría a la humanidad entera por todos los siglos. Más que Recklinghausen me afecta la posibilidad de modificar genes para curar la enfermedad hereditaria que describió.

No, no niego la historia. Pero qué me importa si tal institución odontológica fue peronista o tal otra fue gorila, si sus dirigentes pelearon en uno u otro bando. Qué importancia pueden tener esas minucias si la situación de nuestra profesión se sigue deteriorando, si cada vez se investiga menos y se publica menos (salvo alguna que otra tortura huera a algún perro) y, por sobre todo, si los cabecillas no han variado ni un ápice su indiferencia por la masa de la profesión, esos dirigentes que crearon su élite (grupo minoritario en una sociedad que tiene o se atribuye un estatus superior al resto de la profesión)..

¡No me vengan con historias! Denme hoy un dirigente odontológico que se interese por la degradación económica y científica de la odontología argentina, uno solo, por favor, y con esa palanca podremos conmover estructuras, conmocionar apáticos, configurar imaginaciones dormidas (o muertas) y mirar hacia un futuro mejor para el hombre sin nombre. Menos héroes, menos próceres, menos santos, y más humanidad, es mi ruego al destino.

Cuando el hombre desconocido pueda vivir en paz, en libertad, sin temores ni terrores, entonces prestaré oído a las poquedades de la historia e invitaré a homenajear a quien corresponda por haber inventado el espejito bucal o el sillón dental o el implante ya para entonces perimido.

                                            Horacio Martínez

 

Nada que ver (¿nada?): La historia de la humanidad, hoy, más que nunca, enfrenta una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación y a la absoluta falta de esperanza; el otro, a la extinción total. Quiera Dios darme la sabiduría para elegir acertadamente. Woody Allen Side Effects (1980)

Si el Señor Todopoderoso me hubiera consultado antes de embarcarse en la Creación, le hubiera recomendado algo más sencillo  Alfonso X (el Sabio)

 

 

                                    Horacio Martínez

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Dentista, oscuro enemigo

 

A quien me preste oído, vengo a hablarle de ese oscuro enemigo que es el dentista, de quien multitudes honestas dicen que los males y temores que causa lo sobrevivirán y si hace algún bien será pronto olvidado al salir del consultorio.

Si la gente de bien dice que el dentista es un ambicioso comerciante, no osaré discutir lo que dicen personas honorables. No importa que los verdaderos mercaderes de la salud les paguen cifras ínfimas por cuidar la salud bucal, por salvar dientes, por devolver sonrisas, si dice el público que es un sádico maligno, no puedo disputarlo siendo yo uno de esa grey. Cuando el dentista alivia el dolor y salva un diente en vez de quitarlo y coloca un implante que le rinde mucho más dinero, ¿está siendo ambicioso? Cuando aplica anestesia sin mezquinarla, ¿está siendo perverso? Cuando le pagan los mercaderes de la salud a los tres o cuatro meses, ¿está siendo interesado?

No hablo para negar lo que la buena gente dice, aunque los niños y jóvenes ya no padezcan los ancestrales temores de los adultos. Aunque éstos lo hayan querido alguna vez, como cuando los rescató de sus padecimientos sin causarles otros. ¿Qué importa lo que diga la realidad, si todos dicen que es ambicioso y malévolo?

No puedo evitar, sin embargo, que mi corazón esté con mis colegas vilipendiados y contra los mercaderes que procuran torcer su buena voluntad. Debo callar, no sin advertir que ese ser avieso, el dentista, cobra en una clínica menos que la empleada que hace la limpieza.

 Cuando acaben de leer esto y vuelvan a sus quehaceres, piensen que hoy la buena odontología es indolora y estética, y que, si algún pecado comete el colega que depende de los mercaderes de la salud, es sólo porque le tuerce el brazo la necesidad, lo obliga la norma no escrita y maligna de la empresa y lo premia una mísera zanahoria puesta delante de sus narices para que siga haciendo lo que hace mal contra su propia voluntad.

[Aportó infraestructura: Julio César. Acto III, esc. ii]

 

 

                                   Horacio Martínez

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