Salud y política

 “La medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina en gran escala.” Esto lo dijo el memorable patólogo Rudolf Virchow.* Un senador nigeriano, Olorunnimbe Mamora, comentó al respecto que si la política está destinada a servir un fin justo, debe incorporar los ideales y virtudes que hicieron de la medicina una vocación noble, honorable, responsable y respetada. ¿Recuerdan que alguna vez fue así y que también la odontología lo fue?

Si un médico o un odontólogo podían hacer la promesa solemne y formal de mirar a sus colegas como hermanos, entonces los políticos debieran ser los cuidadores de sus hermanos y ver a los colegas como servidores conjuntos del público. No está mal, ¿verdad? Quizá sea así en el país de Cocaigne, la tierra mítica de la abundancia y el ocio, donde no existen las penurias del ciudadano común.

En estas tierras, donde la palabra progresismo asusta y las cada vez mayores desigualdades son meras estadísticas para los conservadores, los políticos debieran aprender de los médicos y odontólogos de otrora (sí, hubo tiempos sin obras sociales ni prepagas degradantes), cuando se trabajaba en equipo por el bien ajeno, que sería el de los votantes.

Pero ahora, ¿sabe algún elector qué está eligiendo? ¿Está votando un programa o un nombre? Si el elegido pusiera algo más que vagas promesas y algún grado de carisma, si actuara como en otros tiempos los médicos, ¿no se convertiría en humano? No humanitario, que es como una caridad (o generosidad  con que se tapa la desigualdad y deja mucho más que los pies al aire, casi diría que destapa hasta las propias partes íntimas), humano, solidario con el resto de sus hermanos, como solían ser los médicos allá por los tiempos de Maricastaña.

Si los médicos y odontólogos volvieran a ser lo que fueron, si la gente pudiera acudir a la consulta sin desigualdades inhumanas, quizá los políticos podrían pensar en parecérseles y tratar el cuerpo enfermo de la sociedad, con tratamientos de fondo, no con caridades paliativas, no con planes miserables, sino con un trato parejo para todos y donde las distancias se acortaran. La igualdad nunca es absolutamente igual, no somos iguales todos los seres humanos, ni debemos vivir todos mal como pretendían los socialismos a ultranza, sino tener auténticas oportunidades de demostrar las capacidades y de vivir decentemente.

Como Virchow aclaró, “si la enfermedad es la expresión de la vida individual en circunstancias desfavorables, entonces una epidemia está indicando una perturbación masiva,” una epidemia se genera cuando la mayor parte de una sociedad humana está afectada por una enfermedad, ¿y cómo llamaría usted a esta desgracia actual de miseria, malnutrición infantil, pérdida de la posibilidad de ascenso social? ¡Qué enfermo hay que estar para saltar de la sartén al fuego, para huir del propio país para aterrizar, por ejemplo, en los EE.UU.!

Dentro de nuestra profesión médico-odontológica podemos contribuir al cambio. Mejor dicho, podríamos. Mejor aún, quizá podríamos. Pero haría falta lo que escasea, mujeres y hombres con uso firme y social de sus partes íntimas, que las pongan en juego para decir “no” al sistema, para votar programas en vez de caras, para tratar el cuerpo enfermo de la sociedad desde su etiopatogenia y no desde algún síntoma que alivia la conciencia y que no rescata de la mirada del Creador (o de una honesta introspección, si lo prefiere).

            Dr. Horacio Martínez

*N de la R: Rudolf Virchow, en 1847, a los 26 años, investigó una epidemia de tifus en Alta Silesia (hoy polaca) por pedido del gobierno berlinés. Concluyó que se debía a la “mala administración de la zona por el gobierno de Berlín,” y recomendó la instalación de una democracia plena, el uso oficial  del idioma local, la separación de la iglesia y del estado, y que las cargas impositivas recayeran en los ricos sustancialmente  [conozca el tenedor de Morton, en DIGRESIVAS], etcétera.

Los berlineses se quejaron de un informe que parecía más político que médico, y ahí fue donde Virchow contestó con la frase que abrió este editorial.

 

  Dr. Horacio Martínez            Dr. Emilio Bruzzo

 

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