julio 2002      

           

            ¿Qué pretendemos ser?

 

Hace largos años, me preguntaba “¿Soy como yo creo ser o como los demás creen que soy?” Como seres humanos, los dentistas no diferimos de los demás, ni en cualidades ni en defectos; nos colorean todas las gamas del espectro, y enmarcarnos con un solo color sería tan injusto como con cualquier otra actividad.

Abundan las definiciones y descripciones de dentistas en el arte y en los medios de comunicación. Por lo general, no son halagüeñas, más bien todo lo contrario; lo cual sería como un desquite de los receptores de odontología con respecto de sus dentistas. En 1982 (El Cooperador Dental, en-jun), me preguntaba a mí mismo: “¿Es por casualidad que los humoristas se vienen ensañando con nosotros desde hace tanto tiempo? ¿O es que el humorista se limita a poner en tono de caricatura la dura verdad?” Quizá falta una buena comunicación, quizá nosotros mismos seamos la causa del temor. Conócete a ti mismo.

Siendo Director del Journal of the American Dental Association, Roger Scholle señaló que una encuesta en USA mostró que los dentistas de por allá habían perdido en cinco años la mitad de sus pacientes, la mitad de los cuales se habían alejado porque (a) algunos trabajos habían debido ser rehechos; (b) el tratamiento había sido doloroso en algún momento; (c) había sido insatisfactorio; (d) el profesional no se había mostrado amistoso; (d) etcétera. Entonces, volviendo a la frase inicial, ¿cómo somos realmente, como nos vemos o como nos ven?

Nos ven como generadores de violencia y de acciones desagradables, aun cuando no sean dolorosas. El dolor esperado, junto con el dolor que trajo al paciente a nuestra consulta, determinan que esto sea lo recordado por sobre el alivio que les brindamos. Por estar incluida en la consulta una amenaza de violencia o una de dolor o simplemente de impotencia (ante la figura del “padre malo”), la imaginación nos viste con los peores ropajes. Dijo S. Poirier: “Los temores creados por la atención dental alientan a muchas personas a ver a los dentistas como malos, sádicos, tontos o ineptos -para justificar su propia ansiedad o culpa. Hay una necesidad de racionalizar, de trivializar lo que nos resulta más amenazante, para ‘probarnos’ a nosotros mismos que no se puede reducirlo a algo ilógico” (Bull Hist Dent, abril, 1987).

Pero es ilógico. Mirando desde un contexto cultural, dice Theodore Ziolkowski, los dientes pueden ser caracterizados por tres atributos principales: pueden ser origen de grandes dolores, pueden funcionar como símbolos de potencia [y la extracción como generadora de impotencia] y pueden contribuir a la belleza. Por lo tanto, digo, cuanto pueda tocar esos atributos  sería considerado como amenazador, y ahí caemos nosotros sin comerla ni beberla. Sin embargo, los pacientes nos seguirán necesitando, como un mal necesario, pues como dice Irwin Mandel, en forma de ley de Murphy aplicable a las bocas: “Las cosas dejadas a sí mismas irán de mal a peor.”

Nosotros sabemos lo “buenos que somos” (¿lo somos?), pero no basta, hay que demostrarlo. Algo así como el padre que declara un gran cariño por sus hijos y no se lo hace sentir con palpables señales de afecto. Pese al buen concepto que el público norteamericano tiene de sus dentistas, a fines del 89 la ADA emprendió una campaña de mejora de la imagen pública de la profesión. Entre ellos, hay colegas que se ofenden si no les dicen doctor, como al médico; entre nosotros, hay quienes se ofenden si no les dicen ‘odontólogo’ y los tratan de ‘dentistas’. Quizá debiéramos cuidar menos las formas y más los actos. Quizá menos enorgullecernos de nuestros méritos personales y más de los adelantos de la odontología toda, con los increíbles progresos logrados. En fin, que se transluzca que nos interesa más la salud bucal que el beneficio personal. Una encuesta Gallup, en USA, 1987, ubicó a los odontólogos en segundo lugar entre siete profesiones, en cuanto honestidad y normas éticas, por delante de médicos, docentes, banqueros [¡obvio!] y abogados.

Las organizaciones profesionales podrían hacer mucho por ayudar al público mejorando el concepto de los profesionales, para alentar el cuidado preventivo, para aumentar la concurrencia, en fin, para que se produzca un bumerán de recíprocos beneficios. Ahora bien, para que el especialista en RR.PP. pueda mejorar la imagen de una persona o de un conjunto de personas es preciso que cuando éstas se miren en un espejo la imagen reflejada sea tan honesta como la del mágico espejo de la madrastra de Cenicienta. No se es mejor que la imagen reflejada. Con bastante razón, algún lector podría argüir que la gente opina mal de la experiencia odontológica, aunque no de su dentista (hasta el día en que el más mínimo detalle le haya desagradado). Hasta podrían hacerlo por una cuestión casi folklórica, sencillamente porque hubo siglos de historias dolorosas y macabras que quedan en la memoria social.

En el mes de junio, con el Dr. Emilio Bruzzo, señalábamos al dentista que habla mal al paciente del dentista que lo trató antes. Esto es escupir al cielo. Para colmo, tantas veces es mentira y sólo un intento de ganar un paciente a costas de un colega. Pierde la profesión toda, incluido el odontólogo falto de ética, pues el paciente lo incluirá entre los cuestionables. Y éste es apenas un ejemplo. Así como los argentinos tienen que ganarse el derecho a tratar de ladrones y coimeros a políticos, empresarios, banqueros, pues mal pueden hacerlo si han pagado coimas, de cualquier monto, así también tenemos que ganarlo los odontólogos comportándonos con respecto de los pacientes tal cual, y ni más ni menos, que como indica el código de ética y las leyes pertinentes (por ejemplo, sobre publicidad personal, tratamientos únicos y demás mistificaciones).

 La pregunta inicial quizá deba modificarse así: “¿Soy como quiero que crean que soy? ¿O no me lo creo ni yo mismo?” Una respuesta honesta, ante la imagen del sincero espejo, podría lograr transformaciones mágicas en la profesión... y en la Argentina.

                    Dr. Horacio Martínez - Dr Emilio Bruzzo

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